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Menem prometió cambios rodeado con los mismos

El candidato a presidente por el Frente por la Lealtad, Carlos Menem, se presentó ayer en el Hotel Presidente. Lo escucharon Luis Ferreira, Diego Guelar, Antonio Cassia y Paco Mayorga, entre otros.

 Por Diego Schurman

La nueva argentina que prometió anoche Carlos Menem no pudo evitar el color sepia. Y sobre esa contradicción navegó la presentación de su flamante plan de gobierno, que exalta, como si fuera ajeno a su doctrina, la mano dura y el alineamiento con los Estados Unidos, y promueve un “shock de confianza” a partir de la íntegra renovación de su equipo de trabajo, algo que por las caras que pulularon en el Hotel Presidente deja abiertas serias dudas.
Durante más de media hora de discurso, el ex mandatario quiso mostrarse como nuevo y Marca Registrada a la vez. Habló con la autoridad de más de diez años de gestión en la Casa Rosada, pero como si esa experiencia no tuviera nada que ver en lo que pasa en el país.
Prometió eliminar la corrupción. Lo vivó Luis Ferreira, el ex titular de la Oficina Anticorrupción que al asumir dijo que su función no era investigar a nadie.
Prometió el realineamiento estratégico con los Estados Unidos. Encontró la sonrisa cómplice de Andrés Cisneros y Diego Guelar, ex vicecanciller y embajador en Norteamérica en tiempos de relaciones carnales.
Prometió el pleno empleo y la recomposición del poder adquisitivo. Aplaudió el ex titular de la CGT, Antonio Cassia, un sicarlista testigo de la estampida de la desocupación de los `90, que alcanzó un record del 18,6 por ciento.
Hubo un guiño para Carlos Reutemann, al que considera de su lado pese a su “prescindencia”. Dijo que estudiará una propuesta de su “amigo” de aplicar “regalías agrarias” mientras se eliminan las retenciones. Y aseguró que el peso estará respaldado por dólares, que eliminará las monedas provinciales y que restaurará la autonomía del Banco Central.
Antes de lo previsible, con los discursos y las caras de siempre –Paco Mayorga, Roby Fernández, Kelly Olmos, Jorge Castro– hubo tiempo para lo grotesco. Por ejemplo, la entrada de Leopoldo Bravo en su silla de ruedas. El diputado sanjuanino parecía Moisés y los periodistas se convirtieron involuntariamente en el Mar Rojo, más para salvarse de alguna quebradura que por facilitar la enceguecida carrera del anciano hacia el estrado. En medio de la barahúnda, los hombres de seguridad accedieron finalmente a otorgarle un lugar. Pero no a su mujer. Les parecía un exceso de gentileza.
–Hace 38 años que estoy al lado de él, y nadie me va correr –toreó la señora y se aferró a la silla de ruedas como una garrapata. Nadie pudo, ni se animó, a moverla.
La recompensa llegó minutos después. Apenas ingresó al Salón Canciller, Menem rompió la rutina y se acercó a saludar al diputado y ex embajador en la Unión Soviética.
–Qué Dios lo bendiga –se agachó para el abrazo. A su turno, su hermano Eduardo Menem, Alberto Kohan y Juan Carlos Romero repitieron el gesto. Bravo levantó el pulgar en señal de victoria. La mujer les reía a los de seguridad. Almodóvar no lo hubiera hecho mejor.
Unos segundos antes había logrado acomodarse en las primeras filas Javier Mouriño. El ultramenemista –capaz de comparar a Menem con Cristo con el mismo desparpajo que John Lennon lo hizo de sí mismo con Jesús– había salido inyectado de la muchedumbre que pugnaba por entrar al salón. Finalmente se sentó a los resoplones y acomodándose el nudo de la corbata, como si hubiese pasado por un mal trance.
El locutor, para no ser menos que los presentes, se reveló más menemista que un cóctel de pizzas con champagne, Ferraris y relaciones carnales. Con su voz engolada, no dudaba en anunciar –y lo hizo numerosas veces– la presencia del “futuro presidente de la Nación”.
Escuchaba atento un auditorio entre Armani e Yves Saint Laurent que aplaudió la palabra “Perón” con menos entusiasmo que “Fuerzas Armadas”. La idea de garantizar la seguridad con el ejército encontró entre los más entusiastas a Mirta Pérez, adalid de la mano dura y compañera de fórmulade Alberto Pierri en la provincia de Buenos Aires. A falta de bombo, otro que batía las manos era El Tula, con una camisa roja fulgurante que desentonaba con el look de noche y aroma francés imperante.
Los palos fueron casi exclusivos para Eduardo Duhalde. Menem lo degradó llamándolo presidente transitorio y una retahíla de apodos más que lo trascendieron, como el de “profeta del odio”. Hubo tiempo para más: como criticar el asistencialismo y la limosna, en clara alusión al Plan Jefas y Jefes de Familia. Pero inmediatamente propuso reestablecer el Plan Huerta y el reparto de comida para los indigentes.
Tal es el encono con el Presidente, que el conspicuo Mariano Mera, hijo del fallecido ministro del Interior de Menem, alertaba a la salida que cualquier traspié que tuviera el acto de cierre en River, previsto para este jueves, lo tendrá a Duhalde como único responsable.

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El ex presidente y candidato a reincidir Carlos Menem estuvo junto a Juan Carlos Romero.
 
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