EL PAíS › PANORAMA POLITICO

DEBUT

 Por J. M. Pasquini Durán

Sin poner el acento en la serie de circunstancias fortuitas que instalarán mañana al flamante Presidente de la Nación en la Casa Rosada, se desparramaron en la sociedad algunas módicas ilusiones, algo así como las expectativas que reciben al año nuevo, a pesar de la persistencia de tantos motivos para el desasosiego. La necesidad de esperanza es parte de la condición humana y a través de los tiempos quedaron registros de esos alborozos, fuesen o no justificados. Don Miguel de Cervantes Saavedra, autor de El Quijote, dejó su testimonio: “Todas las borrascas que nos suceden, son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, ya que no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”. Siglos después, Gabriel García Márquez escribiría sobre su Colombia: “Una patria oprimida que en medio de tantos infortunios ha aprendido a ser feliz sin la felicidad y aun en contra de ella”. Bien podrían aplicarse ambas sentencias a la descripción de estos días argentinos.
No faltan, por supuesto, los agoreros de ocasión, sobre todo en las dos puntas contrarias del arco político-ideológico. En ciertos círculos de la extrema izquierda éste será otro gobierno sin pueblo, “sirviente del imperialismo”, nacido de una ingeniería electoral tramposa. Son casi los mismos que auspiciaban la abstención, aunque sin mayor suceso ya que la mayoría de los votantes decidió elegir al candidato de su preferencia, incluido el prófugo Carlos Menem que resultó primero en el escrutinio provisional. También desde la extrema derecha se han levantado voces de anticipada condena. En estos casos, el principal argumento es que Néstor Kirchner sufrirá de escasa gobernabilidad, en especial si pretende modificar los establecimientos acomodados durante la década de los ‘90. Le reclaman al Presidente electo la producción de consensos que en su particular acepción, significa sentarse a la mesa de los poderosos.
En la misma dirección, aunque de orígenes diferentes, reclaman los que han sido adversarios y cómplices al mismo tiempo, ya sea porque pertenecían al duopolio partidario, ahora quebrado, o a sus satélites, en primera línea, por supuesto, los que temen perder el acceso a las prebendas que disfrutaron por sus cercanías con administraciones anteriores. Muchos de ellos piden consenso, aunque el significado se refiere sobre todo a los acuerdos intra o interpartidarios que puedan garantizarle la permanencia en los cargos que ahora detentan o los que ambicionan obtener durante las elecciones que durante casi todo el año se sucederán en casi todos los distritos. Ocurre que muchos veteranos profesionales de la política han leído la falta masiva de abstención electoral como una suerte de renuncia de la ciudadanía al objetivo de remover a fondo las representaciones institucionales, o creen que las defecciones de Raúl Alfonsín y Menem y el repliegue de Eduardo Duhalde, han agotado las intenciones renovadoras que inspiraron aquella consigna tajante: “que se vayan todos”.
Vale la pena repasar las intenciones de estas minorías sin la menor intención de enfriar los entusiasmos, sino de mantenerlos alertas a las dificultades y zozobras que acechan al porvenir inmediato, ya sea porque el gobierno pueda plegarse a ellas o, si hace caso de sus propios discursos, tuviera que resistirlas. Por lo pronto, hay que dejar en claro que gobernabilidad y consenso son términos que adquieren contenidos y sentidos según cómo y para quién se realicen. De momento, la gestualidad del señor K. mostró cierto grado de coherencia con sus mensajes de campaña, como quedó en evidencia en la formación del gabinete de debut, cuya mayoría de miembros llega por primera vez a esos niveles de la administración del Estado. Los que frecuentan la intimidad de losnombramientos y el armado consiguiente de los equipos auxiliares aseguran que todos están alumbrados por una voz de mando presidencial: que sean idóneos en lo posible pero que, sin falta, estén limpios de antecedentes de corrupción. No es una preocupación banal, por cierto, en un país donde la política, y los que la ejercen, nacen sospechosos y mueren culpables.
No hay mucho más, por ahora, para formular juicios terminantes y definitivos sobre las políticas públicas, ya que los anuncios conocidos tienen el mismo valor del sumario de un libro que no está escrito. De todos modos, que esas páginas estén en blanco tal vez sea la ventaja relativa de las actuales circunstancias puesto que queda abierta la posibilidad de escribirlas. Es una oportunidad para empezar otra vez por el principio y hacer de ésta una ocasión propicia para asumir conciencia de quiénes son y para qué sirven los protagonistas de la actual etapa, casi todos de una generación coetánea, más o menos jóvenes bajo la dictadura que maduraron en estas dos décadas de tránsito democrático. Como tantas veces se ha dicho en los últimos tiempos, las tareas que hay por delante son tantas y tan pesadas que terminan siendo indelegables, ya que nadie puede cargar solo con tanto peso. Dicho de otro modo: lo peor que pueden hacer los ciudadanos optimistas sería quedarse en la casa, a la espera de que su confianza no vuelva a ser defraudada. Aunque al gobierno pueda llegar a molestarle, tendrán que seguir los desfiles callejeros, así sea como simple ayuda memoria, a pesar que todo indica que para compensar la presión, aun la inercia, de lo establecido, hará falta acumular en el otro plato de la balanza la enérgica presión de las mayorías, único modo de equilibrar fuerzas.
Desde esta perspectiva, la gobernabilidad significa nada más ni nada menos que hacer buen gobierno, es decir a favor del bien común y de ampliar las oportunidades de bienestar para la mayoría. Las etiquetas pueden variar, pero hay asuntos elementales que definen los contenidos: el empleo, la alimentación, la salud, la educación, la vivienda, la justicia y la seguridad. En ese sentido, las obras públicas o las reformas fiscales no son objetivos que se agotan en sí mismos, sino instrumentos para satisfacer esas necesidades básicas de la población. Las apariencias, en esta época, caen al primer vendaval, como bien lo sabe ahora el gobernador de Santa Fe, Carlos Reutemann, que era el favorito para el bastón y la banda cuando el señor K. intentaba construir su propio tinglado para el 2007. La manifiesta inoperancia del gobernador para atender las desdichas provocadas por la inundación han servido para mostrar, por desgracia a un costo demasiado alto, que el destino salvó al país de otra formidable frustración.
Suele afirmarse, más que nada entre los que recién asumen tareas de gobierno, que nadie tiene magia para resolver los problemas de un día para el otro. El tan mentado gradualismo democrático implica, claro está, que no todo ni todos pueden satisfacerse con rapidez, pero en ningún caso impide marcar con nitidez el camino elegido, entre tantos turbios senderos que se ofrecen a la vista. Los salarios y las jubilaciones congeladas, el asistencialismo compasivo y el hambre tienen urgencias de respuestas efectivas y dignas, sin tiempo ni chances de esperar sentados que alguien cumpla con su deber y les tienda la mano. ¿Acaso se hará realidad el anuncio de Cervantes: “Que habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca”? Así sea.

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