EL PAíS › OPINION

Obviedades

Por Eduardo Aliverti

La “estabilidad” cambiaria de estos días, tras el temor inicial de que el dólar se disparara a las nubes, es un espejismo que en términos estructurales no define nada. El punto sigue siendo la disposición y capacidad –o no– del Gobierno para, mientras el capitán del “Titanic” se entretiene con los botes salvavidas, diseñar un salvataje popular en actitud ofensiva. ¿Cuáles son las noticias en ese sentido?
Algunos razonamientos de enorme simpleza parecen haberse perdido de vista. No se trata de que el dólar se mantenga, sino de qué poder adquisitivo van a tener cuántos argentinos para producir y comprar qué y a repartir entre cuántos. Lo que está en juego no es el valor de la moneda en términos de su resguardo en reservas líquidas. Si es por eso, los norteamericanos emitieron, a secas, decenas de miles de millones de dólares para reactivar su complejo industrial–militar tras el 11–S. Y nadie les preguntó si era papel pintado, ni el Fondo les exigió la diferencia entre emisión y respaldo. La ecuación es al revés: quiénes se verán favorecidos al cabo de cuáles resoluciones políticas, y de allí el valor de la moneda. Lo estipula el poder de decisión para favorecer a unos o a otros, y no la balanza fiscal o comercial.
¿Eso lleva a “vivir con lo nuestro”, sin importar el precio externo del valor de cambio? No. O no necesariamente. Es pensar primero en el interés nacional y general, para recién después adecuar las herramientas financieras y cambiarias. Expresado de un modo técnico apenas más preciso, quiere decir afectar las ganancias de los grupos de poder. Que paguen los impuestos que les corresponden. Que se controlen sus remesas al exterior. Suena consignista, pero no por eso menos apropiado. La economía no es difícil porque sus leyes lo sean, sino porque son muy pocos los que se atreven a desafiar la lógica del privilegio.
El gobierno de Duhalde no parece avanzar en esa dirección. Y cuando se quiera acordar de que no confió ni un poco en la movilización popular para enfrentarse a los tiburones, éstos se lo habrán deglutido.
De modo que la esperanza continúa depositada en esa multitud que, desde distintos intereses de clase, salió a la calle a partir de diciembre. Y en quienes puedan ser capaces ya no de interpretarla, sino de ejercer su representación concreta. Con los unos alimentando a los otros, porque de lo contrario se corre el riesgo de formar nuevas castas de políticos traidores del pueblo.
Pueblo. Esa palabra que volvió a cobrar algún sentido en este país, y que es la única esperanza de sí misma.

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