EL PAíS › OPINION

Una parte del mundo

Por Eva Giberti

Se comprende la sorpresa, la angustia y el desconcierto de la comunidad ante el episodio que protagonizó un adolescente en Carmen de Patagones.
También se comprende la necesidad de información periodística y el reclamo de explicaciones a los técnicos para encontrar algún motivo que nos permita entender los hechos. Pero avanzar hipótesis acerca de lo sucedido sin contar con los informes de los profesionales y sin los diagnósticos que provengan de quienes pueden analizar lo ocurrido estando en contacto con los protagonistas, arriesga conclusiones improvisadas. Lo cual no solamente confunde más aún, sino, además, no tiene en cuenta que estamos frente a tres familias que están en duelo por la muerte de sus hijos y otra familia en duelo por la vida de un hijo que repentinamente se tornó extraño y peligroso.
La tendencia que surge inmediatamente y que conduce a adjudicar culpas a los padres que tienen armas en su casa, o a los padres que dedican poco tiempo a sus hijos, o a los padres que trabajan todo el día; o a los jóvenes descarriados, o a la violencia que se encuentra en los programas de tevé, o al consumo de drogas o de alcoholes o a la música heavy, o a la violencia que imperaría en las escuelas, o sea, a encontrar culpables, constituye un ejercicio destinado a aliviar el sobresalto que produce no poder comprender y controlar algo terrible. Pero se trata de improvisaciones que no sabemos si se acercan a las razones irracionales que alguien encuentra para matar al voleo. Habrá que estudiarlo en los diálogos con la víctima que empuñó el arma y con los compañeros con los que compartía su escolaridad.
Al lado de los duelos concretos de los familiares de las víctimas y del sacudimiento emocional y moral de los estudiantes que protagonizaron el hecho, no parece prudente aportar conclusiones que, buscando alivio personal ante los miedos que estos hechos desencadenan, dejan de lado la tragedia real que tiene nombres y apellidos.
Entonces, se comprende que sea necesario hablar de lo sucedido, pero también es preciso entender que se arriesga concluir que la escuela se tornó violenta y que los adolescentes son potencialmente peligrosos. Esperemos escuchar qué habrán de decirnos los colegas que están cercanos a los hechos y que cuentan con los recursos técnicos para opinar. Mientras tanto, las escuelas continúan siendo una parte del mundo teñida por lo bueno y lo malo que nosotros construimos. Y los adolescentes, lo mismo que los adultos, pueden enloquecer.

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