EL PAíS › OPINION

Floreal

 Por Eduardo Aliverti

¿La muerte de un imprescindible no es una noticia sobresaliente? Los medios grandes de comunicación apenas si dedicaron unas pocas líneas al suceso.
Floreal Gorini fue el tipo que al cabo de una mítica huelga bancaria, en 1958, impulsó la creación del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos. Uno de esos instrumentos de resistencia que animó a innumerables luchadores. Y que les puso límites a muchas de las injusticias acumuladas en este país ferozmente injusto. Inclusive en los momentos más terribles de las ofensivas reaccionarias. La capacidad creativa y la eficiencia constructora de Gorini le permitieron al movimiento cooperativo sobrevivir a Onganía, a Videla y a la rata menemista. Pero no es en lo fundamental desde ahí, desde la cita puntual de las conquistas institucionales que promovió, donde puede levantarse el mejor homenaje a Gorini. No es que esté mal, al contrario. Sólo que Gorini se merece la mención de ciertas características de su personalidad, y de su estatura dirigente, que no deben quedar libradas a los riesgos de un lenguaje de gacetilla post-mortem, aun cuando una redacción de esa naturaleza tuviese orfebrería emotiva.
Por empezar, se murió un tipo que vivía como pensaba.
Se murió un comunista ejemplar. Imposible encontrarle una grieta de deshonestidad a este hombre a quien, como se recordó al despedir sus restos, se ve en fotos de movilizaciones callejeras de hace 40 años con el mismo traje de sus últimos días. La lucha de Gorini llevaba implícita la necesidad de que alguna vez pudiera ser común y corriente que un dirigente político mantuviese un nivel de vida acorde con sus ingresos y sus principios. No se logró. De manera que acá estamos, destacando en primer lugar que el idealista fallecido, además de enorme, era decente.
También muere con Gorini alguien que, como cualquiera, tuvo todos los errores que pueden y quieran encontrarse cuando hay una vida entera dedicada a la acción política. Pero que jamás, nunca jamás, se quebró ideológicamente. Es decir que muere con Gorini alguien que nunca se equivocó en lo esencial. Y que entonces tuvo un mérito mucho mayor que el haber sobrevivido y conseguido que a su lado se sobreviviese en forma digna a la más brutal de las dictaduras; o a las más peligrosas amenazas de ahorcamiento sufridas por el movimiento cooperativo, en un país que continúa rigiéndose por la ley de entidades financieras de Martínez de Hoz. En realidad, el razonamiento es inverso: porque hubo firmeza en lo ideológico, en seguir creyendo que a los aprietes de la lógica salvaje del mercado debía oponérsele más confianza todavía en las organizaciones de base social, fue que pudieron atravesarse esos diluvios crónicos de la Argentina.
Gorini no estuvo solo en el mantenimiento de ese barco, pero sí en soledad. Fue el sobresaliente o uno de los sobresalientes, como se quiera, de un núcleo duro de dirigentes partidarios y sociales, que resultaron insobornables para los cantos de sirena del intentar mejorar el modelo lavándole su cara corrupta. Primero se mantuvo enhiesto cuando la caída del Muro y la explosión de la URSS, afirmado como comunista a pesar de los yerros y horrores históricos que se cometieron en nombre de ese pensamiento. Sin embargo, tal detalle, que a primera vista parece el rasgo más impresionante de una convicción ideológica, llega a ser poco al cotejárselo con haber resistido a la marea modosita de cambiarle el collar al perro. Pongámosle nombre: Gorini aguantó a pie firme la avanzada de Chachos y Gracielas, y hasta de algunos o muchos de sus ex camaradas, para que su partido desapareciera y se fundiese en el altar de una diletancia aliancista de mediocres sin remedio, coronados en un gobierno que se fugó en helicóptero.
Esa testarudez brillante consolidó la autoridad moral de este hombre que se murió construyendo, mientras los quebrados se fueron a guitarrear en el desierto o a ser cooptados por la maquinaria del sistema. En el velatorio de Gorini había, sin sensiblería, la sensación de que el muerto estaba vivo. Y se pudo percibir la inasistencia de quienes están verdaderamente muertos tras haber suscripto la muerte de las ideologías, la renuncia a la identidad, el sectarismo anti-izquierdista en nombre del posibilismo.
Gorini fue un tipo que honró la palabra militancia. Que tenía la lucidez militante de advertir a cada rato que la victoria parcial del imperialismo es eminentemente cultural. Que actuó militantemente para dar la batalla en ese terreno. Y que murió militando a ver si la izquierda orgánica y las organizaciones y luchadores populares de este país se dejan de joder alguna vez en la vida con sus mentalidades de capilla, sus trifulcas por las oraciones de los comunicados y su servidumbre objetiva o subjetiva a los intereses reaccionarios.
Lo que demuestra la historia, en verdad, es que todos esos están y terminan más muertos que vivos. La vara para asegurarlo la dan tipos como Floreal, que está mucho más vivo que muerto porque les va sobrevolar toda la vida a los tibios y a los que confunden al enemigo.

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