EL PAíS › OPINION

Acéptenlo

 Por Eduardo Aliverti

Ya se sabe que la política pasó a ser, demasiadas veces y antes que concreciones efectivas, un conjunto de signos. De gestos. De declaraciones. De imágenes.

La política, entendida a partir de la clase dirigente, se elabora más por lo que quiere parecer que por lo que termina siendo. Y entendida desde la sociedad, la política es más lo que se quiere escuchar que lo que puede hacerse. Monseñor Bergoglio, por ejemplo, en irrefrenable pose no ya como el dirigente político que es sino como candidato sin boleta impresa, directamente, dijo durante la procesión de Corpus Christi que “nos hace falta bendecir el pasado” en lugar de maldecirlo. En otro contexto, el brulote de monseñor podría haberse adjudicado a un interés personal o corporativo, extremadamente obvio, vista la complicidad activa de los popes de la Iglesia con los jerarcas de la dictadura. Justo en el tránsito al ballottage porteño, en cambio, a monseñor apenas le faltó cerrar su callejera homilía con un “va a estar bueno Buenos Aires con Mauricio y Gabriela”. Sin embargo, a la prensa ni se le ocurrió, siquiera para disimular un poco, la mera sugerencia de que el obispo se había metido de lleno en la campaña. No, no. Nada de eso. Monseñor es nada más que un pastor. Imagen, símbolo, eufemismos.

Macri no acepta un segundo debate porque dice que hay mucha agresión y eso no conduce a nada. Raro, ¿no?, porque si hay una coincidencia unánime es que uno de los factores que lo llevaron a su amplio triunfo consiste en haber aprovechado la agresividad del resto, dejándola correr. Lo que hace Macri (como haría cualquiera, vamos) es no presentarse porque, con 22 puntos de ventaja, solamente a un loco se le ocurriría practicar un juego en el que no se entiende qué podría ganar (a un loco, o a un osado que no viviese pendiente de lo que le recomiendan sus diseñadores de imagen).

No debería poder creerse que un tipo gane elecciones visitando a viejitos de 107 años y a farmacéuticos asaltados 200 veces. Pero sí, las gana. No porque haga eso, sino porque no importa que haga eso. Lo que importa es que a pesar de que haga eso, que es el ABC de la más barata de las demagogias, hay una mayoría, o hasta aquí primera minoría larga, creyente de que puede haber un cambio para mejor llevados de la mano por una figurita. Porque sólo eso es Macri. Una figurita de la televisión y de los éxitos futbolísticos de Boca. No un partido, no una estructura, no un movimiento social, no una experiencia colectiva, no –siquiera– un militante. Es sólo una figurita hija de la crisis de representatividad estallada en 2001/2002, cuando tanto ingenuo creyó que la revolución quedaba más o menos a la vuelta de la esquina y no supo o no quiso ver que lo estallado eran las expectativas de consumo de la clase media.

De todos modos, tampoco deben obviarse las carencias imperdonables de la dirigencia del progresismo declamado. En una posmodernidad que complejiza cada vez más las relaciones sociales y las urgencias cotidianas, ya sin grandes utopías que puedan ser conducto de idearios nobles y avanzados, el denominado “progresismo” (y está bien llamarlo así, si es por lo simbólico, como contraposición a los exponentes de la derecha cruda) no estuvo a la altura de sus deficiencias objetivas y subjetivas. ¿Cuáles? Haber prometido inmensamente más que lo que podía o quería desarrollar. Haberse refugiado en sus aparatos y en sus proyecciones de manejo de caja chica. No confiar en las organizaciones sociales. No descentralizar. No promover casi nada por fuera de las estructuras clientelares. Por allí volvió a colarse Macri, pero esta vez con la inestimable ayuda de un palacio kirchnerista que por razones de cálculos y enconos personales le dejó servido a Mauricio, que sí, que es Macri, la chance concretada de acumular, solo, contra un resto que fue dividido y que hizo todo lo posible por mostrarse de esa manera.

Igualmente, frente a la renovación electoral de la derecha más dispuesta a ejercer como tal; frente a una perspectiva de exclusión social más acentuada todavía, que si algo incrementará será precisamente el nivel de inseguridad y conflicto; frente a la certeza de que el Estado volverá a convertirse sólo en un escenario de negocios privados, si es que no de corrupción generalizada; frente a la probabilidad de que la salud y la educación, en particular, queden en manos de un criterio comercial y sectario, no da lo mismo quién vaya a ser el jefe de Gobierno de Buenos Aires. Esa visión sólo puede entrar en la cabeza de quienes apuestan al testimonialismo como única forma de edificación política, para terminar, siempre, haciéndole el juego a la derecha. Son los cultores del cuanto peor-mejor. Así les va.

Vótese lo que sea, debería hacérselo con un grado de conciencia política, o al menos de esfuerzo hacia allí, algo superior –un poquito, nada más que un poquito– a lo pautado por lo que dicen que van a hacer los que sintonizan con lo que “la gente” quiere que le digan que va a pasar. Se puede votar a la derecha con conciencia política, cómo que no. Es absolutamente legítimo y respetable. Pero confiésenlo, asúmanlo. No votan a la derecha por sus propuestas (?) para los espacios verdes, la polución sonora, las características edilicias, la estructura del parque automotor. La votan porque quieren orden a cualquier costa, quieren represión, quieren la tranquilidad de la dictadura, quieren la ciudad limpia de indigentes, quieren mano dura contra los inmigrantes, quieren meter en cana a los pibes desquiciados que viven a paco y porro. Si es por lo que está más a la vista, resulta que de la noche a la mañana en Buenos Aires no habrá más delincuencia, ni calles sucias, ni piquetes, ni caos en el tránsito, ni cartoneros, ni turnos de atención en los hospitales para dentro de varios meses. De la noche a la mañana, Buenos Aires será Zurich de la mano de Mauricio y de Gabriela.

Si creen eso, si quieren eso, díganlo de una vez. No tiene nada de malo. Todo lo contrario. Es una interpretación de cómo mejorar la dirección y convivencia política y social, igual de estimable que aquella de los que piensan distinto. Sólo acéptenlo, por favor. Porque si es un voto vergonzante, esa legitimidad se pierde en tanto y cuanto saben que hay algo en ese voto, en esa actitud, en ese pensamiento, que pasa por hacer mierda a otra gente por la urgencia del beneficio propio.

Acepten que el domingo que viene van a votar a Menem. Que va a ganar Menem. Y demuestren y demuéstrense, por favor, que eso no es un voto ideológico.

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