EL PAíS › HABLA JUAN CARLOS LUENA, EL CONCESIONARIO

“Gendarmería también se jode”

 Por Martín Granovsky

“Póngalo en la mira”, dice la publicidad del folleto azul. Y debajo la firma, El Centinela, polígono de tiro. Es decir: “El polígono más grande y mejor equipado del país”, con instalaciones “especialmente provistas para realizar distintas modalidades de tiro”. Y también: “Veinticinco líneas de 25 metros cada una, equipadas con blancos motorizados, extracción forzada de aire (como en EE.UU. y Europa) y una confortable ambientación todo el año”.
De afuera se parece a cualquiera de los edificios contiguos de Antártida Argentina al 1600, muy cerca de los tribunales federales y de Puerto Madero. Es más nuevo, claro, que el vecino edificio Centinela, sede de la Gendarmería. Una rampa da al bar-restaurante de la entrada. Poca gente el viernes a la tarde. Cuatro en dos mesas, y otro tanto adentro, en el polígono de tiro. Una pared de vidrio transparente permite ver la entrada de La Navarra, la armería de Juan Carlos Luena, también presidente de El Centinela SA (no confundir con la Gendarmería, o sí), junto a una bien montada sala de computación para cursos especiales. No hay lujo pero todo brilla reluciente. El polígono acaba de inaugurarse gracias al empuje de la conducción de Gendarmería y del propio Luena, que cuenta su historia a Página/12.
“En el 2000 todo este predio estaba abandonado, aunque había algún construcción de hormigón y cemento armado que servía para continuar y encarar un polígono por concesión”, dice. “Se interesaron israelíes, franceses y alemanes, pero ya la Argentina iba para atrás y estaba claro que la gente que gasta en un polígono estaba empezando a no gastar en nada.”
Recuerda también Luena que el segundo llamado a licitación quedó desierto y que entonces él decidió firmar una carta de intención con la Gendarmería. En ese momento estaba con el Grupo San Miguel. Pero no llegaron juntos. “El titular del Grupo San Miguel se enfermó y me quedé solo”, se lamenta.
Pero reaccionó: “Agregamos otro grupo a la sociedad anónima y trabajamos duro, porque acá había un galpón de mierda”.
No queda claro si Luena concibe el polígono como un apostolado. “Este polígono tiene dos ventajas, la localización y la seguridad, porque esta zona está muy custodiada”, dice.
–Y está su negocio de armas de La Navarra.
–No es el negocio principal de un polígono –replica Luena.
Y pregunta:
–¿Qué es lo que está mal acá? Si yo sobrecumplí con el contrato...
No ve problema en agregar socios a la sociedad anónima, ni en el cambio de funciones en medio del contrato. Tampoco le asombra ni lo horroriza que el Estado no le haya pedido más detalles de los socios ocultos a pesar de que se trata de un polígono montado por una fuerza de seguridad.
“Está bien que el Estado se clarifique y busque un camino para no ser usado”, concede el concesionario. “Pero es conveniente repasar y no meter todo en la misma bolsa.”
Y un comentario final de Luena, muy parecido a una advertencia, ante la información de que la Justicia debe tratar un pedido de analizar el contrato para ver si es lesivo al fisco: “Si el Estado usa de su prepotencia jode, pero la Gendarmería también se jode”.

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