ESPECIALES › ANDREW PUDDEPHATT, DIRECTOR DE ARTICULO 19

“Sin prensa libre no se sale de la miseria”

Es un veterano del trabajo en derechos humanos y hace años dirige una ONG dedicada a sostener la libertad de expresión y de prensa en todo el mundo, que tuvo un papel destacado en la defensa de Salman Rushdie. De visita por Buenos Aires, habló sobre por qué las libertades son esenciales para el bienestar y sobre la crisis de los argentinos.

Por Andrew Graham-Yooll

–Usted lleva tres años y medio en la dirección de Artículo 19, período en el que casi se refundó la entidad. ¿Cómo ha cambiado?
–El gran cambio desde que ingresé yo fue establecer una dirección y objetivo de trabajo. Había muchos proyectos individuales para un gran número de países. Lo que quise hacer era reconocer que había un proceso de globalización que podía traer grandes beneficios para las organizaciones de derechos humanos y la sociedad civil, además de ser anárquico y pernicioso a la vez. Pero teníamos que trabajar para crear una globalización con más equidad, basada en la comunicación, en entidadesinternacionales que puedan ajustar la globalización a los intereses de la gente. Nuestra labor tiene que ver con crear instituciones internacionales responsables, capaces de distribuir los beneficios de la globalización. Ahora nuestro enfoque es mucho más global y regional. Por lo tanto, aunque trabajamos con países individualmente, estamos interesados en relacionarnos con entidades regionales, como en la OEA o el Consejo de Europa. Queremos trabajar en el marco de regiones, donde los gobiernos son más efectivos en la promoción de valores cívicos.
–¿Cómo se encaran cambios profundos en una entidad de derechos humanos como la suya, que tiene tendencia a ser conservadora en sus acciones y sus objetivos?
–Muy en los comienzos de Article 19, la organización pregonaba que si se quería superar la miseria, tenía que haber una prensa libre. Si lo que se busca era un buen nivel de desarrollo y la eliminación de la pobreza estructural, había que darle a la gente el poder de representarse a sí misma en las comunidades más pobres. Eso significa el derecho a organizarse en forma eficiente, a expresarse, a salir a buscar información. Si se busca que las mujeres tengan hijos que nazcan sanos, tienen que poder acceder a los informes sobre la salud reproductiva. Y si se aspira a evitar el genocidio, del tipo que hubo en Ruanda, hay que establecer una prensa pluralista y diversificada que hace algo más que embanderarse en el odio que pregona un gobierno. Por lo tanto, hubo una etapa en los años noventa, donde se buscaron ideas nuevas de todo tipo para llevar a la acción. Artículo 19 comenzó a desarrollar una especialización en el desarrollo de niveles internacionales de libertad de expresión, buscando redactar nueva legislación en las democracias emergentes y en vías de desarrollo.
–Hasta 1993, Artículo 19 dedicó un gran esfuerzo al caso de Salman Rushdie.
–Una campaña con una causa única es difícil de sostener en cualquier organización. Si sólo hay un tema y el tema es tan fuerte como lo fue el de Rushdie, desestabiliza todos los otros canales de interés porque absorbe todo. Requirió mucho de la energía de Article 19. Tuvimos suerte en que se había incorporado personal muy profesional que encaró el desarrollo de otros proyectos, más allá de la publicidad del caso Rushdie.A partir de entonces desarrollamos un método de trabajo que era relativamente novedoso en esos años. Para evitar ser vistos como intervencionistas en asuntos internos de otros países, decidimos que no actuaríamos en un país si no podíamos asociarnos con una ONG local. Eso nos daba una base para la acción legal, para difundir información, para legitimar nuestros actos y también para la educación. La ONG local nos proveía de una relación directa con legisladores y otras personalidades locales. En algunos casos logramos desarrollar la capacidad de la entidad local, si bien esto no fue el caso de América latina, donde ya hay una base muy eficiente. Pero en otras partes del mundo hay organizaciones que necesitan asistencia administrativa y de control financiero, y también en técnicas judiciales y en la relación con los medios.
–¿Cómo enfocan a América latina?
–Es cuestión de mirar en dónde está la oportunidad para el cambio. Para nosotros los países más importantes de la región son México, Perú y la Argentina. Todos tienen leyes de acceso a la información o, como en el caso argentino, un proyecto serio que puede ser aprobado relativamente pronto. Buscamos estas oportunidades donde podemos aportar un valor agregado como lo es la experiencia internacional, cómo se implementan las reglas, o cómo usar mejor los lazos regionales. En América latina tenemos contactos con doce países donde hay propuestas de reformas.
–¿Quién es su contacto en Buenos Aires?
–Estuvimos trabajando con la Oficina Anticorrupción como contacto. Queremos trabajar con otros. Queremos elaborar contactos con el CELS, con la Asociación de Periodistas Independientes y otros. Hay varias posibilidades y ya hice contactos con alguna gente en el Congreso. Hay quienes buscan la reforma de las leyes de prensa y de difamación. Nosotros podemos contribuir con información técnica a las leyes internacionales de difamación. Aquí en la Argentina el rol que podemos tener es el de buscar y aportar qué experiencias hay en la implementación de estrategias para el acceso a la información en otras partes del mundo. Hay un buen proyecto, y pensamos que se puede defender en el Senado para lograr su aprobación. Por lo tanto quisiéramos ofrecer nuestra experiencia aquí.
–Aquí hay una gran desconfianza de la gente en sus políticos. ¿Lo reconoce la gente que usted vio en nuestro Congreso?
–Es un panorama mezclado. Hay gente joven con visión de futuro en el Congreso. Son de la misma generación que los mejores periodistas y funcionarios. Hay una base de gente con grandes habilidades para brindar la clase de liderazgo que se necesita. Todavía no llegaron a la toma de decisiones. Lo que es menos claro es si los principales hombres y mujeres que toman ahora las decisiones se dan cuenta de la profundidad de la crisis, dado que no han demostrado tener estrategia para encararla. Entre los allegados a Carlos Menem se piensa que el problema es simple y tiene una solución simple. Eso no es suficiente. La Argentina va a necesitar una movilización nacional de gente para salvar al país. Tiene su equivalente en el Reino Unido en 1940, cuando el primer ministro dijo que sólo podía prometer sangre, sudor y lágrimas, pero al final se saldría triunfante. Eso significaba que la gente sabía lo que sucedía y aceptaba el sacrificio, porque se veía el objetivo como una visión nacional. Eso ofrecía esperanza en la unión. Lo que no he visto en Buenos Aires es una respuesta a la desilusión popular con una clara movilización nacional para enfrentar el problema. Se necesita un proceso de reforma institucional, legal y cultural en un gran número de instituciones. Hay que tener una sensación de movilización para lograr el éxito. La gente necesita una sensación de unidad nacional.
–¿En dónde cabe el acceso a la información en todo esto?
–Creo que es uno de los bloques para construir la transformación institucional. Si la gente no confía en el gobierno es porque piensa que se le miente, porque el gobierno no les dice lo que sucede. Es muy difícil para nosotros en Europa comprender la naturaleza de la crisis argentina. No entendemos qué sucede. Cuando viajé a Buenos Aires, pensé que me sentaría con alguien, preguntaría “¿qué pasa?” y me lo dirían. Pero la gente aquí en esta ciudad me dice “en verdad, nosotros realmente no comprendemos qué y cómo sucedió esto”. La deuda es la manifestación más obvia de la crisis, pero sus componentes son mucho más difíciles de comprender.
–Bueno, y ahora que anduvo por aquí, ¿cómo describiría el problema argentino en Europa cuando vuelva por allá?
–Gran parte del problema radica en lo que se llama el elemento patróncliente de la política. No es universal, pero el clientelismo es un elemento que está en la raíz de la crisis. El control del Estado en este sistema político se usa para distribuir recursos a favor de los clientes. La política no es una competencia ideológica de ideas acerca del tamaño del Estado, o acerca del nivel de beneficios o bienestar social que se pagará según lo determina una plataforma política tradicional de izquierda o derecha. Si esto se convierte en un conflicto de grupos de patrones, entre los que pueden tomar control del Estado para distribuir los recursos. En este sistema el énfasis siempre está en la distribución de recursos más que en generar riqueza, que es realmente para lo que debe estar un gobierno. Ese es un problema serio. La solución convencional detener elecciones multipartidarias por lo general no tocan el problema. Son vistas como oportunidades de intensa competencia entre grupos y no incorporan un genuino debate intelectual de ideas. Mi impresión es que muchos argentinos jóvenes, con ideas de reforma, evitan la política porque no parece ser una forma útil de servir a la sociedad. El sistema tiene que cambiar. Son necesarios los mejores y más inteligentes para que funcione un sistema político. No se pueden solucionar problemas excepto a través de la acción política colectiva, en ninguna sociedad. Y no existe esa acción en la Argentina. Aquí se producen muchos dirigentes regionales y muchos de relieve internacional, con credibilidad, integridad y honestidad...
–El individuo argentino se va del país para luego impresionarnos con su esfuerzo, pero a la distancia, donde no nos beneficia...
–Una movilización nacional los traería de vuelta. Se necesitan figuras nacionales que busquen a los mejores para encarar el desafío.
–El problema es que nos falta gente de calidad en el Gobierno. Además, dada la experiencia de medio siglo ya nos dan miedo las figuras mesiánicas o los déspotas.
–No hablo de demagogos. No se necesitan. No sugiero que haya que buscar un jefe carismático y populista. A lo que me refiero es s la necesidad de un debate nacional serio, y alguien que lo encamine. Alguien capaz de encarar una variedad de circunstancias, y buscar mediante el debate las soluciones a los problemas. La información y un conocimiento básico de los procesos de gobierno marcan el comienzo de ese debate que no va a suceder si no hay alguien que pueda crear el conocimiento y la conciencia de la necesidad.
–Si no hay información sólo se va a discutir el rumor y la especulación, y de ahí se pasa a la conspiración, y el populismo y la demagogia le siguen.
–No hay una sola solución, y la información no es solución por sí misma. Ayuda pero no resuelve. En Corea hay una frase que dice “El sol es el mejor desinfectante”. Si hay sospecha y corrupción, la mejor forma de superarlas es mediante la apertura, la ventilación, que se logra cuando el acceso a la información se implementa correctamente. Es el comienzo de la curación.Creo que el cambio en la Argentina vendrá gradualmente, en una serie de pequeños pasos más que en un gran gesto. Eso parece ser difícil, especialmente cuando la vida es dura y se buscan cambios dramáticos. Pero en una democracia, las transformaciones, si van a ser duraderas, son más lentas. Así funciona la democracia.
–Algunos de los problemas que preocupan a la gente aquí son parte de cualquier sistema democrático.
–Es importante que los argentinos superen esa impresión que tienen de sí mismos y que transmiten ahora, que “somos los peores del mundo”. Los problemas no son insolubles, y esto se ve al estar conectado al movimiento internacional. Esa es mi opinión. Bueno, es obvio, por eso estoy haciendo lo que hago.

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