ESPECTáCULOS

“Vicentico”, el nuevo sendero de la voz de Los Fabulosos Cadillacs

El debut solista del cantante reconoce nexos con la banda hoy inactiva, pero a la vez abre el juego con un pack de canciones inspiradas.

 Por Eduardo Fabregat

Los músicos no suelen detenerse en estas cuestiones –o sí, pero prefieren no colgarse demasiado en ello–, pero cabe plantearse el grado de dificultades al que se enfrenta el integrante de una banda de larga carrera cuando llega la hora de un emprendimiento solista. ¿Cómo diferenciar lo nuevo del historial, sobre todo cuando ya hay una personalidad formada? Además, ¿vale la pena poner esfuerzos en “diferenciarse”, como si fuera un pecado exhibir cierta continuidad en las elecciones estilísticas, de sonido, de producción? El concepto llevó a que Gustavo Cerati, por dar un ejemplo, intentara rupturas notables a través de su pasión por la electrónica. Pero Cerati también decantó otra vertiente creativa en la que se reconoce su ADN Soda Stereo, y el resultado estuvo lejos de ser criticable. En todo caso, lo que valen son las canciones y no tanto las intenciones, sean cuales fueran.
Desde afuera, ese es el panorama que se le presentó a Gabriel Fernández Capello a la hora de enfrentar una etapa sin Los Fabulosos Cadillacs a la vista. Nadie oficializó que el grupo haya caído a su propio pozo ciego, pero la diáspora de sus integrantes dejó a cada uno librado a sus instintos. Desde adentro, Vicentico parece haber hecho la mejor elección: compone, relájate y goza. Titulado con su alias histórico, el primer disco solista oficial del cantante (deben recordarse sus coqueteos con las bandas de sonido para TV, como “Gasoleros” o “Mil millones”) es una colección de canciones disfrutable más allá de cualquier posible relación con las casi dos décadas fabulosas. Las conexiones, de todos modos, existen, lo cual indica que el músico prefirió la tabla rasa y no dejarse preocupar por si tal o cual canción sonaba a los Cadillacs.
Hay, entonces, un pulso central de ciertos pasajes de Vicentico (BMG) que efectivamente remiten a la banda hoy dispersa. No se trata de un recurso marketinero: para esta aventura, Vicentico, coproductor junto a Afo Verde, eligió a Dany Buira –ex Los Piojos e integrante de La Chilinga– al comando de la batería y percusión. Con eso no sólo se garantizó un auténtico sabor rioplatense, sino también uno ejecutado con solidez, solvencia y conocimiento. Así abre “Se despierta la ciudad”, el tema elegido como single de difusión, a puro ataque de parches, caños y piano centroamericano, matizados por la distorsionada guitarra de Silvio Furmansky.
Pero, como suele suceder, el corte apenas araña la superficie. Esa canción, la apertura de “Culpable” y el cierre de “Cuidado” podrían representar el segmento si se quiere menos sorprendente de Vicentico, el que podría dibujar una línea unida a “Los condenaditos”, uno de los grandes momentos de La marcha del golazo solitario. Pero “Vamos”, por ejemplo, rompe con el dibujo posible, al dejar sonar unos coros femeninos que aportan otra intensidad, otro color. Y el ¿ex? Cadillac se adentra decididamente en terrenos imprevisibles con un pack de canciones que representa lo mejor de su debut. La primera en el orden de temas es “Todo está inundado”, una canción melancólica en la que Vicentico vuelve a hacer uso de su capacidad expresiva sin poseer lo que se dice una voz pulida. La segunda es “Bajando la calle”, donde entre el piano Hammond, un tono notablemente más oscuro y los dibujos de raíz gitana se va construyendo uno de los momentos más intensos del disco (quizá alguien debería replantearse seriamente la elección de singles). Finalmente, “Chalinet” representa el costado más lúdico del músico, una amable invitación rioplatense coronada por una letra de gozo infantil sin dobleces.
Poco hay de infantil en esta jugada de quien comandó a un grupo que, mucho antes de que BMG afirmase que iba a “cambiar la historia del rock nacional” (con Fabulosos calavera), ya había hecho su valioso aporte. Con el Cadillac en el garaje, Fernández Capello aceita su propio motor y no le tiene miedo al volante ni a la dirección que le imprima. Las canciones son su combustible. El octanaje alcanza.

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Los Cadillacs siguen existiendo, pero cada cual hace su juego.
 
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