ESPECTáCULOS

Seis fulanos asomados al mundo de la imaginación

De extensa trayectoria en la acrobacia y la dirección, Claudio Hochman acaba de estrenar una nueva pieza, Fulanos, en el Teatro de la Ribera. En ella, las herramientas del lenguaje circense son usadas para transmitir emociones y agitar la fantasía.

 Por Silvina Friera

La audacia de Gerardo Hochman empuja los límites previsibles del lenguaje circense, a pesar de la austeridad de sus espectáculos. Más que una elección, una pose o un destino –el de un actor, acróbata y director argentino que debe arreglarse con los recursos disponibles–, las raíces de esta sencillez artesanal provienen de su espíritu callejero, de esa mixtura entre el olfato y la intuición que le permiten explorar las grietas, los bordes y las fronteras de la cultura urbana. La acrobacia, en manos de Hochman, lejos de subrayar el riesgo de trabajar sin red, comunica emociones. En Fulanos, que se estrenó, a las 15.30, en el Teatro de la Ribera (Pedro de Mendoza 1821), los ingredientes circenses aparecen velados y trenzados con otros lenguajes, según comenta Hochman, creador de esta propuesta, que cuenta con la coreografía de Teresa Duggan. Seis personajes, sin nombres ni edades (interpretados por Lucio Baglivo, Carolina Della Negra, Luciano Martin, Luciana Mosca, Matías Plaul y Florencia Valeri), buscan respuestas y no las encuentran.
“Un fulano de tanto esperar se queda dormido. Sueña. De tanto soñar le salen burbujas de la cabeza. Duerme a pesar de todo lo que pasa y pasa de todo”, dice una voz en off, mientras el fulano en cuestión, sumergido en una atmósfera beckettiana, bosteza y cae en un estado de paulatina somnolencia. “Una de las fulanas sube la escalera. La escalera se mueve constantemente y ella nunca deja de subir. Aunque baje”, apunta nuevamente la misma voz. “Antes, provocábamos un hachazo en la cabeza de los espectadores; ahora, buscamos generar una identificación a través de las emociones”, confiesa Hochman. “Los objetos que aparecen vienen de la parrilla del teatro: ingresan mágicamente, ninguno de los fulanos los trae”, explica el director de la escuela de circo La Arena y creador de notables montajes como Emociones simples, Gala, Bellas artes, Vibra y Ronda, entre otros. “Un paraguas es usado para hacer equilibrio de entre casa, hay un libro que cuando se abre tiene luz, todos lo quieren leer y esto dispara una coreografía. Hay un sombrero que se rebela, no quiere ser puesto en ninguna cabeza y termina persiguiéndolos”, enumera Hochman, algunas de las escenas y los climas transitados por los personajes.
–¿Cuál es el espacio escénico de Fulanos?
–Sucede en un interior, donde están estos seis fulanos y el único mobiliario que hay son seis escaleras, con las que ellos construyen situaciones distintas. Necesitamos investigar mucho con el aparato escalera y les sacamos el jugo a las posibilidades que tiene. Nos interesa transmitir que, a pesar de estar en un único espacio supuestamente cerrado, sin poder salir, con esos muebles se puede viajar a muchos lugares, por ejemplo a una plaza. Además, las escaleras funcionan como la cuerda de un equilibrista y separan a una pareja que se quiere encontrar.
–¿En Ronda, uno de sus últimos espectáculos, apuntaba más hacia la exterioridad?
–Sí, porque estaba concebido como si fuera al aire libre, era una canchita de fútbol, un potrero en un pueblito. Fulanos es un espectáculo interior, pero no sólo por el espacio, sino también porque expone la subjetividad de los personajes. Las tres ventanas de la escenografía, suerte de puentes con el afuera, se iluminan con diferentes colores, que cambian de acuerdo con los sentimientos que prevalecen en las escenas.
–¿Fulanos es una propuesta más teatral?
–Es un teatro acrobático que tiene un carácter de obra porque no hacemos números sino escenas que se van hilvanando y que no apelan directamente al aplauso del espectador. En Fulanos, a diferencia de Ronda y de otros espectáculos, existe una cuarta pared: dejamos que el público espíe, que vea lo que sucede, pero no hay una interpelación deliberada hacia los espectadores, sólo en un momento en el que uno de los personajes le advierte al público que no haga en su casa las cosas que está viendo en el escenario.
–¿Por qué prefiere subrayar la fantasía por sobre la destreza física?
–Es un espectáculo que no trata acerca de la felicidad sino sobre las dificultades y cómo pueden resolverse mediante la imaginación. El lenguaje con el que trabajamos está conformado por acciones y movimientos: correr, saltar, girar, invertirse, apoyarse, rodar. Pero mezclado con eso, aparece por primera vez “hacer como que...”, actuar. La imaginación y la fantasía son un bálsamo para dosificar la adrenalina.
–¿Cómo se relaciona el lenguaje circense, que suele estar vinculado con la alegría y la adrenalina, en esta obra que explora otro tipo de sentimientos?
–Todas las destrezas y piruetas están en función de comunicar un estado de ánimo, están transitadas y elegidas desde ese estado. Es verdad que la medialuna o un mortero siempre transmiten alegría, pero cuando el estado que queremos comunicar no es la alegría, hay otros movimientos que tratamos de inventar, elegir o seleccionar de las premisas que les tiramos a los intérpretes para improvisar. De esta cocina de ideas e improvisaciones surge el abecé de cada espectáculo.
–Una novedad es la inclusión de la palabra para encuadrar o acompañar las escenas.
–Sí, aunque no desde los intérpretes. La música tiene mucho de inclusión de voz humana como instrumento, como si la música fuera lo que sale de adentro de ellos, la que expresa lo que les sucede. Además, grabamos las voces de los intérpretes que fueron utilizadas en la banda sonora. Y llamamos a Marcelo Xicarts, de los Macocos, para grabar alguno de los textos que fueron disparadores de las escenas. Nunca habíamos utilizado la palabra, que ahora incorporamos desde un lugar poético.
–¿Trabajar con la imaginación le permitió recuperar recuerdos de su infancia?
–Los chicos tienen una capacidad de fantasear en estado bruto. A mi hija le das un hilito y está horas jugando. Como tengo dos hijos, reconozco un montón de situaciones, reacciones y juegos de ellos que se filtraron en Fulanos. Pero no sé si recuperé recuerdos de mi infancia... lo cierto es que esta idea de que con un solo objeto se puede armar mil mundos es algo vinculado con la infancia y es el espíritu que esta obra busca transmitir.

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“Los chicos tienen la capacidad de fantasear en bruto”, dice Hochman, autor de Fulanos.
 
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