ESPECTáCULOS › COCO ROMERO Y EL ESPIRITU DE LAS MURGAS

Un festejo popular más allá de dictaduras y decretos

Al frente de los talleres de murga del Centro Cultural Rojas, su creador traza una historia de los años recientes e insinúa, además, una autocrítica tan lúcida como infrecuente.

 Por Karina Micheletto

En Buenos Aires, el nombre de Coco Romero remite inmediatamente, sin mayores presentaciones, a la murga. Esta asociación automática se la ganó con un trabajo de años que implicó confrontaciones y resistencias de los propios murgueros. Por sus talleres del Centro Cultural Rojas, que funcionan ininterrumpidamente desde 1990, pasaron cientos de alumnos y de allí surgieron nueve murgas (Los Quitapenas, Gambeteando el Empedrado y Envasado en Origen, entre otras). Entre los festejos de Carnaval de este año, el coro La Matraca, con el que Romero rescata viejas melodías murgueras, se presentará junto a Flavio Cianciarullo, con quien mantienen una historia de admiraciones mutuas y shows compartidos. Además de abordar viejas canciones de los carnavales porteños y de autores contemporáneos, el coro promete recrear temas del repertorio de los Fabulosos Cadillacs, adaptados, claro, al espíritu murguero. Será este viernes y sábado a las 22 en el Rojas (Corrientes 2038).
–¿Está de acuerdo con la idea del “ingreso de la clase media a la murga”?
–Creo que ese ingreso se da más bien como consecuencia natural de un proceso histórico. En los ’60, ’70, la murga era de los lúmpenes. Era el espacio de diversión, de reviente. En el ’70, si salías a la calle pintado por lo pronto te metían preso. En los ’80, la salida del gobierno militar empieza a marcar cambios, fundamentalmente a través del teatro popular y callejero. Y aparecen otras connotaciones alrededor de la murga, ya no es entendida sólo como espacio de diversión. No es casual que Pino Solanas ubique una murga en el comienzo de Los hijos de Fierro. Más tarde, a partir de la aparición de los talleres, la cosa se mezcló más: estaban juntos chicas de clase media, murgueros de barrio, músicos y jóvenes de otros barrios a quienes les gustaba la murga. Esa mezcla permitió cierto ablandamiento del género que lo revitalizó. Cambió cierto folklore rígido que indicaba, por ejemplo, que las minas no podían bailar en una murga.
–Sin embargo, se planteó la rivalidad entre las murgas-taller y las murgas de barrio.
–Sí, hasta que los autodenominados “murgueros de barrio” tuvieron que aceptar el gran aporte al género que significaron los talleres. Es como si la murga fuera una mujer. Nosotros, que veníamos de otro lugar, empezamos a tratar a esta mujer de la mejor manera. Y se embelleció. Y ahí, el que antes no la trataba tan bien dijo: “Epa, esta chica era mía, ¿qué le están haciendo?”. Por ejemplo, con Los Quitapenas (la primera murga que salió de su taller) empezamos a perfeccionar el pintado de caras, que antes no se veía, y ahora es lo más natural del mundo. Fue un aporte al género. El taller es la instancia de crecimiento más acorde a la murga. Por sus características, en la murga hay un éxodo constante de integrantes: los jóvenes ponen plata para actuar, se bancan sus trajes, no cobran un mango, y cuando crecen es natural que muchos dejen de dedicarle tiempo y dinero. El taller permite que no haya baches.
–Según su postura, si no fuera por los talleres, la murga habría desaparecido en Buenos Aires.
–Queda mal que yo lo diga, pero es probable. Hubo murgas que se las rebuscaron para seguir saliendo. Los Viciosos de Villa Martelli y Los Funebreros de San Martín, por ejemplo, no pararon nunca, ni en dictadura. Yo salía con ellos y mantenían una ritualidad muy fuerte. Ahí se ve clarito cómo funciona la teoría de la terapia del oprimido, de Alfredo Moffatt. Había una energía poderosa en esas murgas que iban a actuar a barrios perdidos, a lugares extrañísimos, y que de esa forma construían espacios. Pero los murgueros de Buenos Aires nos debemos una autocrítica: el Carnaval no desapareció porque lo haya prohibido la dictadura.
–Lo que está diciendo contradice el reclamo que desde hace años realizan los murgueros para recuperar el feriado de Carnaval.
–Pero es así. Está perfecto que ahora se luche para recuperar el feriado, pero también hay que mirar los errores propios, para no volver a repetirlos. La dictadura prohibió el feriado de Carnaval, como prohibió todos los feriados que encontró en el almanaque. Todos. Poco a poco, las corporaciones religiosas o militares fueron recuperando sus feriados. Los murgueros no hicimos lo mismo. Sólo en las barriadas pobres se siguió festejando y eso demuestra, nuevamente, que un festejo popular no se puede borrar por decreto.

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El nombre de Coco Romero es ya un sinónimo de murga.
 
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