ESPECTáCULOS › EMPIEZA EL SEPTIMO FESTIVAL INTERNACIONAL
DE CINE INDEPENDIENTE, UNA VERDADERA CITA DE HONOR

Doce días en el paraíso de los cinéfilos

Como viene ocurriendo desde 1999, el encuentro que comienza hoy será un banquete para amantes del cine. Habrá cerca de 400 proyecciones en doce salas, con nombres y estilos para todos los gustos, y un panorama que atiborra la agenda de opciones recomendables.

 Por Horacio Bernades

¿Será el mismo Bafici o uno distinto? La pregunta que desvela a connaisseurs, fieles y habitués podrá empezar a contestarse a partir de esta noche, cuando dé comienzo la séptima edición del Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente. Un encuentro que este año empieza un día antes (el martes, en lugar del miércoles) y terminará, como de costumbre, dos domingos más tarde, el 24 de abril. Con entradas a 5 pesos, a lo largo de doce días (más una noche, la de hoy), el evento anual más importante de la cartelera porteña volverá a confirmar sus dimensiones y pretensiones, con cerca de 400 proyecciones (contando largos, medios y cortometrajes) superponiéndose frenéticamente en doce salas (una más que el año pasado, manteniendo la pantalla del cine América y sumando ahora la sede central de la Alianza Francesa). El resultado de todo esto volverá a convertir en rompecabezas irresoluble –una vez más, como todos los meses de abril desde hace seis años– la atiborrada agenda diaria del cinéfilo local.
Entonces, el ritual es el mismo. Y también el tamaño y el perfil de un festival que supo construirse y consolidarse desde aquel día de abril de 1999 en que su primer director artístico, el cineasta Andrés Di Tella, lanzó el puntapié inicial. Pero claro, ya se sabe que en la Argentina difícilmente haya actividad oficial libre de intrigas e internas. Por lo cual, en su corto tiempo de vida, el festival de cine –que depende de la Secretaría de Cultura de la Ciudad– soportó ya dos violentos cimbronazos en su más alta área de decisión artística. Primero fue la remoción de Di Tella –por razones que jamás contaron con una fundamentación convincente por parte de las autoridades– y en noviembre pasado sucedió otro tanto con Quintín, que reemplazó a Di Tella y resultó desplazado, en medio del cruce del río, supuestamente por incompatibilidades entre su función y la de programador de un pequeño festival marplatense, el Marfici.
A Quintín lo sucede el preservador, coleccionista e historiador cinematográfico Fernando Martín Peña, que desde hace años tiene a su cargo la programación cinematográfica del Malba y cuyo nombre sonaba como posible reemplazante, desde hace rato. Asumiendo sólo cinco meses antes de la realización de esta séptima edición del Bafici, inevitablemente Peña y su equipo de programadores (los críticos cinematográficos Sergio Wolf y Leandro Listorti, el licenciado en Comunicación Mariano Mestman y el periodista especializado Fernando Chiapussi) heredaron de manos de sus antecesores buena parte de la programación. Por lo cual esta edición se presenta claramente como una de transición. Para empezar a hacerse una idea cabal sobre el perfil que asumirá la gestión Peña parece aconsejable esperar hasta el 2006, cuando ya sí, por primera vez, la programación entera responda al trabajo del nuevo equipo artístico.
Mientras tanto, la edición 2005 del Bafici suena bastante parecida a las anteriores. Al menos, en los papeles. Sigue habiendo una muestra competitiva integrada por 16 operas primas o segundas películas. Entre ellas, tres argentinas: Monobloc, opus dos de Luis Ortega luego de la resonante Caja negra; Samoa, segunda película de Ernesto Baca (cuya anterior Cabeza de palo se había visto en el propio Bafici); y el documental Cándido López, los campos de batalla, que es el debut como realizador del conocido director de fotografía José Luis García. Y que marca una de las novedades de esta edición: a partir de ahora, los documentales compiten en pie de igualdad con las películas de ficción. El Bafici vuelve a presentar también su sección de estrenos locales, que ahora, en lugar de “Lo nuevo de lo nuevo” pasa a llamarse simplemente “Competencia argentina”. Se escancian allí una decena de títulos (a los que se suman tres más, fuera de competencia), que concursan ahora por dos premios otorgados por el Incaa, cuyo valor asciende a 80 mil pesos por película ganadora, destinables a procesos de finalización. Hay allí otra novedad, entonces: se oficializa la presencia del Instituto de Cine en el Bafici. A la vez, se refuerzan los aportes oficiales para la terminación de películas, ya que las tres argentinas que concursan en la competencia oficial reciben sendas subvenciones (otros 80 mil pesos para cada una) otorgadas por el Fondo Cultura BA, programa dependiente de la Secretaría de Cultura de la Ciudad. Entre las películas locales desparramadas por todo el festival no pueden dejar de mencionarse la de apertura, Cama adentro, de Jorge Gaggero (hoy a las 21 en el Cine América, ver aparte) y la de cierre, Géminis, de Albertina Carri (sábado 23 a la misma hora). Entre una y otra, se verá lo último de Edgardo Cozarinsky (Ronda nocturna), Santiago Loza (Cuatro mujeres descalzas), Sergio Bellotti (La vida por Perón) y Ezequiel Acuña (Como un avión estrellado). Además, las esperadas Hermanas, de Julia Solomonoff; Judíos en el espacio, de Gabriel Lichtman; y Camisea, de Enrique Bellande, el mismo de la notable Ciudad de María. Habrá dos al hilo de Raúl Perrone: Pajaritos y Ocho años después. Una rareza argentino-coreana, Do U Cry 4 Me Argentina, de Bae Youn Suk. Y los asombrosos cortos del premiado Juan Pablo Zaramella, Rey de la Plastilina Argentina.
Por lo demás, puede anticiparse que varios de los títulos de la Competencia Internacional vienen con muy buenas referencias: el caso de la francesa L’esquive, la rusa 4, la española El cielo gira o la mexicana Temporada de patos. En la sección “Trayectorias” se amuchan los nombres de Jean-Luc Godard (Notre musique), Abbas Kiarostami (Five), Tsai Ming-liang (The Wayward Cloud), Alain Resnais (Pas sur la bouche), Jia Zhangke (The World), Hal Hartley (The Girl from Monday), Kim Ki-duk (3Iron y Samaritan Girl), Agnès Varda (Cinévardaphoto), Apichatpong Weerasethakul (Tropical Malady) y siguen y siguen las firmas. Habrá focos dedicados a la obra del mítico cineasta de género Monte Hellman, de la legendaria Chantal Akerman (en el Malba), del fotógrafo Robert Frank, de los hermanos Maysles (los de Gimme Shelter, fundadores de lo que se conoce como “cine directo”), de los maestros del cine de animación Billy Plympton y Caroline Leaf, y del argentino Carlos Echevarría, realizador de ese hito del documental que es Juan, como si nada hubiera sucedido.
El nipón a descubrir este año (toda una tradición del Bafici, que se extiende desde Takashi Miike hasta Nabuhiro Suwa) es Ryuichi Hiroki, cuya Vibrator está considerada una de las grandes revelaciones del cine reciente. A todo ello hay que sumarle una retrospectiva ocupada por películas hechas por artistas plásticos, así como las ya clásicas secciones de documentales sobre música (con varios dirigidos por el estadounidense David Markey, aparte de los dedicados a los cult artists Jeff Buckley y Townes van Zandt) y de cine de medianoche (donde relumbra la coreana Old Boy). Y una paralela dedicada al cine reciente producido en Alemania. Y otra en la que se presentará el cine armenio. Y otra más, que hará eje en las cinematografías de las ex repúblicas socialistas soviéticas. Y varias secciones dedicadas al documental. Y una buena cantidad de películas restauradas, como corresponde a los antecedentes de su nuevo director artístico.
Estimulante, extenuante, casi inabarcable, generándole al pobre vecino de Buenos Aires una ansiedad más propia del bulímico que del cinéfilo: así se presenta el Bafici 2005. Como siempre.

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L’esquive, de Kechiche Abdellatif (Francia), una de las opciones recomendadas de la competencia.
 
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