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A merced de Waira

Barriletes o cometas, no importa cómo se los llame, estos objetos que se fabrican con pocas cosas –trozos de caña, papel liviano– son los primeros que la humanidad puso en el cielo desafiando la ley de gravedad. Señal de buenos o malos augurios, juguetes en manos infantiles, pueden convertirse casi en una oración en manos adultas si se los deja llevar al cielo eso que más desea quien queda en tierra soltando el hilo, pero no tanto.

 Por Marta Dillon

Waira es un niño, dicen en el Norte, en ese Norte donde todavía se cuelan en los cuentos para dormir las leyendas de los pueblos originarios, los relatos que hicieron florecer al mundo. Waira tiene un espíritu infantil, es evidente, si no no se atrevería a arrebatar los sombreros de las cabezas, los papeles de las manos, las flores de los árboles y hasta las polleras de su lugar de custodias del pudor. Si hasta se lo escucha reír, dicen en el Norte, cuando silba entre los cerros o los edificios, cuando obliga a los árboles a inclinarse genuflexos a sus caprichos, porque como todo niño, a veces tiene caprichos y chilla y se enoja y destruye. Del espíritu del viento, a veces, hay que defenderse. O defender lo que arrebata y pone a bailar, como los sombreros. Por eso una vez, hace más de dos milenios, un campesino chino decidió atar el suyo con fibra de corteza, para que el retazo de sombra que cubría su cabeza no se fuera a bailar con el viento. Pero Waira, o Fei Lin, como lo conocen en ese lugar del mundo, encontró un juego nuevo haciendo flotar el sombrero combinando su designio con el del hombre que no lo soltó, lo retuvo. Y así nació la primera cometa. El primer barrilete, según el nombre que se usa por aquí para esos objetos que vuelan a merced del viento si uno sabe entregarles la soga necesaria para que escapen pero no tanto. Como si se pudiera desafiar al espíritu infantil de la naturaleza siendo también un niño que disfruta con los pies en la tierra de la posibilidad de tocar el cielo. Y alcanzarle también algún mensaje, como los que llevan los globos de papel que se sueltan en esta época de fiestas con su corazón de fuego perdiéndose en las alturas, llevando los deseos de los corazones que quedaron en tierra, latiendo en esa incertidumbre sobre si volará o no volará, se enredará en algún cable, dónde bajarán los deseos para el año, aunque todos sepan que la convención del calendario no cambiará nada que no pueda ser modificado también en junio o en abril. Y sin embargo, algo se enciende cuando los globos remontan vuelo. Como algo se salda cuando un barrilete remonta vuelo, a merced del viento pero no tanto como para que las manos hábiles no lo hagan bailar a gusto de quien controla la soga que no sería nada sin el soplido mágico de Waira.
Dice la historia que pasaron al menos mil años hasta que Marco Polo trajo a Occidente esa costumbre de hacer volar objetos que en Oriente eran mágicos, buenas o malas señales –según se los hiciera volar sobre los pueblos enemigos antes de una batalla o anunciaran el nacimiento de un niño con una cola dorada y larga donde se depositaban los augurios para esa persona recién llegada–. Y pasaron otros mil hasta que los barriletes se transformaron en un recuerdo de infancia, tan común como la pelota o el juego de las escondidas, armados con finísimos listones de caña o de madera balsa, con papel manteca o envoltorio de regalo. Siempre la misma incertidumbre en el momento de soltar la soga, volará o no volará, llevará al cielo la imaginación de quien mueve el hilo que el viento siempre pide, más, más soga para estabilizarse, haciéndolos colear como si hablaran y exigieran: dame la libertad que me corresponde, para qué volar si tengo que estar atado a la tierra. Por eso siempre hay que darles más cuerda, lo dicen los entendidos, los que conocen los diseños de Búfalo Bill o Samuel Cody, según el nombre de su documento, una especie de caja sin base ni tope sobre otra, que no parece tener nada de aerodinámico y sin embargo es capaz de remontar con él y sostener en el aire un sillón de mimbre, como sucedió hace casi dos siglos, en los primeros intentos humanos por sostenerse en el aire.
¿Y cómo no enviar mensajes al cielo en estos objetos? ¿Cómo no sostener la ilusión de un diálogo con las alturas cuando los barriletes se pierden entre las nubes como puntos, como ánimas que conocen del palpitar deaquella que quedó, sujetándola, en la tierra? Como por un cordón umbilical atrapado entre los dedos, la cometa está unida a quien la remonta, pasando por esa soga el alimento de un triunfo fugaz que se debe agradecer al viento y también a la pericia, al abandono que extiende la soga y lo deja ir y después lo reclama, envolviendo despacito el hilo, buscando los claros entre árboles y cables del cielo ciudadano para que vuelva a nuestras manos, a la tierra, a algún lugar donde quedará guardado y sin sentido porque un barrilete en tierra es mucho menos barrilete. Y eso es lo que se lamenta de esta muestra de cometas que organizó la Escuela Argentina de Barriletes en una de las estancias del museo Cornelio Saavedra, esa chacra rodeada por el tránsito de la General Paz en donde los gansos ponen huevos a la sombra de árboles de más cien años y palmeras enanas que ya son más altas que cualquier persona. Los barriletes pintados por artistas, aquí, están encerrados. Cuesta entender entonces que es verdad lo que se dice de ellos en las paredes, que son proyecciones del alma del constructor, que deja volar aquello que no puede remontar de otra manera. Hay que forzar la imaginación para descubrir cómo sería si esa escena de playa sobre los diseños rokaku –barriletes de seis lados que en Japón compiten entre sí hasta que uno cae– volara entre edificios un día cualquiera de una semana cualquiera. Entonces tal vez se podría ver el deseo en la pintura, como ese otro que tiene sobre el lomo una inmensa pluma de las que servían para escribir con tinta china, jugando tal vez con los muchos sentidos de una pluma en el cielo, como herramienta para escribir y para volar, que a veces es lo mismo. ¿Le gustará a Osvaldo Soriano estar sobre un retazo de tela hecho para volar reclamando a la memoria no tener piedad con él, porque aunque “voraz y violenta, es una materia exquisita”? ¿Y esa flor que se dibujó sobre fondo azul, cómo habitará entre las nubes, tan lejos de su alimento y su sostén?
Sería una pena esta muestra de barriletes encerrados si no fuera porque verlos allí, tan quietitos, no dieran ganas de armar el propio para perderse por Parque Saavedra, ahí al lado, desafiando al espíritu infantil de Waira con eso que se conserva en algún lado y que a veces se suelta y corre y se permite, pensar que los deseos se pueden anotar en un papel que soltar en el viento. O quemarlos en un globo que se perderá en el cielo, la noche de año nuevo o cualquier otra, cuando el impulso sea el fuego y también las ganas que puestas en círculo se potencian y saben que rezar no es hincarse ante ningún dios si no poner en común lo que se tiene. Entonces no importa dónde estén esos barriletes de la muestra, importa que hayan dado el alimento para una idea, soltar la cuerda como exigen los barriletes que vuelan alto, pero no tanto como para perderse en los designios caprichosos de otro espíritu. Felicidades.

Muestra de barriletes, Museo Histórico Cornelio Saavedra, Crisólogo Larralde 6309. Martes a viernes de 9 a 18. Fin de semana de 10 a 20.

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