SOCIEDAD › EN TALCA, UNA CIUDAD HISTóRICA, SE PERDIERON 6500 VIVIENDAS Y QUEDAN 8500 PARA REPARAR

“Se echó a perder todo lo lindo que teníamos”

Es una ciudad mucho más antigua que Concepción y resultó más dañada por el terremoto. Las casas de adobe y ladrillos de barro se han derrumbado sobre las veredas. En las calles se siente el olor a muerte y entre las ruinas se siguen encontrando cadáveres.

 Por Emilio Ruchansky

Desde Talca

Que no llueva. Todos ruegan por eso en Talca y finalmente funcionó: no hubo una sola nube ayer en la capital de la región del Maule, aunque el servicio meteorológico anunciaba un chaparrón. “Sería otro desastre, las calles se convertirían en ríos de barro, cederían muchos muros y habría más derrumbes. Esta es una ciudad histórica, de adobe y paja, y la verdad es que estamos por el piso”, dice el jefe de Gabinete del municipio, Juan Carlos Pérez de la Maza, sentado en su oficina con una decena de empleados revoloteando nerviosos. Adentro y afuera del edificio, la gente hace colas para inscribirse en las planillas de damnificados, a la espera de una casa prefabricada de madera o un subsidio. “Se perdieron 6500 viviendas y hay que reparar 8500”, informa el funcionario, pero la prioridad es demoler y sacar escombros antes de que llueva: “Con mucha suerte, tenemos para una semana más”.

Pérez de la Maza comenta que Talca está más herida que Concepción, pero como no es la segunda ciudad más poblada del país “no han puesto la vista aquí”. Fue fundada en 1742 y el acta de la independencia chilena se firmó muy cerca de la municipalidad, en 1818, en la casa de Bernardo O’Higgins, de la que sólo queda una bonita fachada colonial. “Por dentro está totalmente destruida. Vamos a tener que olvidarnos de nuestra historia”, dice el funcionario. Algunas antiguas iglesias también están para demoler, al igual que parte del hospital y hasta del cementerio municipal, que sólo permite la entrada de cinco personas por difunto que va a ser sepultado. “Los primeros días la gente velaba a sus muertos en la calle. Y al rato por ahí comían al lado del cajón. Ya ve usted lo lamentable que ha sido todo”, dice el funcionario.

A pocas cuadras, en el centro histórico, muebles, libros, inodoros, zapatos y electrodomésticos se mezclan entre ladrillos de adobe y paja. Las paredes de casi 80 centímetros de ancho están mayormente inclinadas hacia la calle, muchas se cayeron derramadas sobre la vereda. Son tantas las cintas que impiden el paso a pie, que se hace obligatorio caminar por el asfalto. Hay olor a muerto, como en la capital de Haití, a más de una semana del sismo. Ya lo había advertido el jefe de Gabinete municipal: “Todavía se siguen encontrando cadáveres al revolver las ruinas”. Se habla de alrededor de 70 muertos en total.

Sobre la calle 3 Sur y 6 Oriente (la ciudad está dividida cardinalmente), un pilar de adobe es todo lo que quedó de una casa. Al lado, un cartel pegado en una pared informa: “Hay gente en el sitio, estamos al fondo, gracias”. “Las palas mecánicas andan al acecho”, aclara un vecino al ver que este cronista se detiene a leer el cartel. Ninguna casa de adobe está intacta, las menos dañadas tienen el techo partido, sea de tejas con pilares, de madera o de zinc. Algunos vecinos sacan muebles por la ventana, otros, con admirable paciencia, separan y ordenan las tejas que cayeron y están intactas. Hacen lo mismo con los ladrillos cocinados, los más modernos, que resistieron mucho más pero igual cayeron. En una esquina, sobre la vereda, hay seis mesas atendidas por asistentes sociales, donde la gente da sus datos y los daños que dejó el terremoto en su casa. Allí está Carolina Maldonado, sentada frente a la asistente Mónica Castro, para reportar lo suyo; es la primera vez desde que ocurrió el terremoto que sale a dar una vuelta por Talca. Dice que estuvo muy ocupada moviendo muebles y reuniéndose con otros ancianos que iban a su centro social, en el fondo del caserón que tiene en el sur de la ciudad. Maldonado tiene 75 años y una pena inmensa: “No puedo creer la destrucción que hay, desaparecieron tantos recuerdos lindos y todavía no vi todo”. Castro lleva días escuchando a los damnificados y llenando planillas, cuenta que la mayoría de los vecinos vive en los patios de sus casas, en la calle o en algunos albergues. “Atiendo a 90 personas por día pero mantengo el buen humor, ya tuvimos demasiada tragedia y empezamos a acostumbrarnos”, dice. La gente le pide ropa, alimentos y chapas para el techo. Maldonado le cuenta que su casa se trasformó en un pasillo. Tenía algunos inquilinos que alquilaban piezas que se cayeron, así que viven juntos en el fondo, en donde funcionaba su centro de adultos. La parte de adelante de su casa, de más 100 años, era de adobe.

“Soy viuda y mi hijo vive en Santiago. Por suerte me trajo todo lo que necesitaba, sólo quiero saber si me van a demoler la casa”, dice la anciana, que vive en el sur de la ciudad, no muy lejos de donde se aloja Página/12, y se ofrece a seguir charlando en el colectivo. El “colectivo”, vale aclarar, es un auto particular que tiene itinerario fijo y cobra alrededor de tres pesos argentinos. La mayor parte del trayecto, Maldonado la pasa llevando las manos a la boca. “El mercado central, no lo puedo creer, se ha caído también. ¡Dios mío!”, exclama. Al lado suyo, un hombre oye sus lamentos y le informa que el mercado se incendió también. “¿Y el colegio de la vuelta?”, le pregunta ella. “Por el piso señora.” Maldonado se lamenta: “Se echó a perder todo lo lindo, lo bonito que teníamos”.

El tránsito va lento por la cantidad de calles cortadas y los montículos de escombros. “En Internet dicen que se viene otro terremoto grande porque las placas no se terminaron de acomodar, ¿no vio que hubo demasiadas réplicas?”, chimenta el hombre. La anciana se espanta aún más. “Cuando mi abuelo llegó no existían los cimientos, van a tener que hacer la ciudad de nuevo”, dice. El hombre trata de trasmitirle optimismo: “Es una oportunidad, véalo así señora. Nos veníamos salvando de los terremotos, tarde o temprano nos iba a tocar. Vamos a poder modernizar toda la ciudad y para siempre”. Maldonado ya no lo escucha. Tiene las manos en la boca de nuevo. Acaba de ver una antigua iglesia por el piso: “Yo me casé ahí”.

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En una calle de Talca, un empleado municipal trabaja en la recolección de escombros.
Imagen: AFP
 
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