SOCIEDAD › ROSA ORTEGA, LA DELEGADA DEL BARRIO FATIMA, Y SUS HISTORIAS EN LA VILLA

Muñeca brava

Acaba de ser elegida como delegada de la Villa 3, en Soldati. Tiene un refugio para víctimas de violencia familiar. Y una historia que hasta incluyó “acciones directas” contra hombres golpeadores. Ahora cuenta que eso es pasado y relata cómo trabajan en el barrio.

 Por Emilio Ruchansky

En una de las tantas calles de tierra y sin nombre de la villa Fátima, en Soldati, cerca de la estación Ana María Janer del Premetro, hay un refugio para las víctimas de la violencia familiar. Suelen ir mujeres con sus hijos que escapan de los golpes de sus novios o maridos, parejas reconciliadas que van a charlar sus diferencias e incluso hombres atacados, directa o indirectamente, por sus parejas que buscan asesoramiento. “Cada casa es un mundo”, dice Rosa Ortega, que desde hace casi 12 años recibe a las víctimas y también supo ir a buscarlas, junto a sus compañeras de Mujeres en Acción, cuando hizo falta rescatarlas, a puño y patadas. “¡A ver si te gusta que te peguen!”, le gritó a más de uno.

Junto a Rosemary Torres, de la asociación barrial La Chispa, y la hermana María Bassa, de Construyendo Sueños, Ortega saltó a la política al convertirse en delegada del barrio hace dos semanas, con el apoyo de La Cámpora y la Corriente 17 de Agosto. “Se terminó la discriminación”, dice Ortega cuando este cronista menciona las elecciones. “Yo soy paraguaya, Rosemary es boliviana y la hermana es argentina. Somos mujeres que defendemos, ponemos el cuerpo y el corazón, y representamos a todos.”

En la pared del refugio, entre los posters que invitan a terminar la primaria o a hacer cursos de panadería, hay un retrato de Ortega con Cristina Fernández y otro con el presidente paraguayo, Fernando Lugo. “Y también tengo foto con Evo Morales”, dice. Los problemas migratorios como conseguir documentos y votar también son una preocupación constante. Lo comenta Rosemary y la hermana Bassia agrega que los títulos de propiedad son prioridad también, como lo es la urbanización. “La tierra es el del que la habita, no por ley humana, sino por ley divina”, asegura.

Rosa Ortega está orgullosa por la gran elección pero también por el camino recorrido desde que formó Mujeres en Acción, en 2001, luego de una feria de platos en la villa para juntar plata para “el pasaje de cada uno de los vecinos para ir a trabajar o algún remedio que no se conseguía en la salita o para ir al hospital o para acompañar hasta la comisaría a las mujeres que sufrían de violencia familiar”. Fueron estos últimos casos los que más impotencia le causaban. Es que no todo se soluciona con plata.

–¿Cómo las recibía la policía cuando acompañaban a mujeres golpeadas?

–Anteriormente, hace cinco o seis años, era muy difícil. Teníamos que ir en patota para hacer una denuncia, si no, no la tomaban. Pero después, como siempre trabajé con la Dirección de la Mujer, contacté a Pimpi Colombo y ella, que venía también al barrio, nos acompañó hasta la comisaría y hablamos con el comisario. En ese momento pedíamos que cada vez que fuera una mujer a hacer una denuncia la atendiera otra mujer directamente, porque muchas veces si estaba un policía no le querían tomar la denuncia o hacían burlas. Eso cambió.

–¿Qué les decían exactamente?

–Que querían hablar sólo con la damnificada, no querían que nosotras la acompañemos. Pero como somos de distintas colectividades, hay muchas que no se saben expresar delante de una autoridad, que no pueden contar sus problemas frente a un hombre y no hacen la denuncia. Para eso estábamos nosotras, para acompañarlas.

–La podían presionar si iba sola.

–Y... muchas veces les decían: “No te puedo hacer la denuncia porque vos no tenés documentos, no podés denunciar a nadie”. Hoy vamos avanzando con la comisaría y tenemos más lugares para hacer las denuncias. Además estamos acompañadas por abogados. Antes no teníamos las puertas abiertas en todos lados, o sea, teníamos que juntarnos ocho mujeres y hacer quilombo en la comisaría. Ahora somos promotoras de salud, acompañamos a un vecino al hospital o al centro para que sea bien atendido. Y también traducimos lo que alguien no sabe explicarle al médico, gente que habla mayormente el guaraní o en quechua. Ese también es nuestro trabajo.

–También tuvieron sus peleas.

–Esto estamos hablando hace muchos años. Yo soy bastante bruta...

–¿O brava?

–Bueno, sí. Brava. Anteriormente trabajaba distinto. Nos juntábamos con las mujeres y cuando el hombre era golpeador íbamos a patearle la puerta, entrábamos y lo agarrábamos entre todas... a ver si a él le gusta que le peguen. Varias veces pasó eso. Pasó de pelearnos con tipos y hoy en día ser amigos también. Lo que nunca me voy a olvidar es de una vecina mía. Yo tenía 17 años y la mujer estaba embarazada, ¡grande tenía la panza! Y de repente veo que el marido la agarra de los pelos y la arrastra. Y salté, pasé a la casa, agarré una tacuara y se le rompí en la espalda. No le hizo nada. El tipo seguía pegándole. Y después agarré una escoba y ya le vencí pero cuando la mujer se levanta me dice: “¿Qué hacés? ¿Por qué le pegás a él? ¡Qué! ¿Te gusta mi marido?” Nunca me olvido. Hoy trabajamos con esta mujer. Es increíble hasta dónde llega esto. Le había roto la nariz y después se quedaron en la casa. Una va aprendiendo. No somos psicólogas ni nada por el estilo. Hice hasta sexto grado, nomás. Pero con la experiencia de la vida, con eso podemos ayudar a cada mujer que se acerca.

–¿Hasta dónde puede llegar el sometimiento?

–Hay muchas mujeres que no hacen la denuncia, eso pasa en todos lados. Pero por la pobreza de cada uno, si se tienen muchos hijos... la pelea siempre está. Hay que ver cómo empieza. Yo también me peleo con mi marido. –Pero no físicamente.

–No. Pero cuando era joven era muy celosa. Aprendí con todo esto. Y cada persona que me viene a hablar yo ya sé el motivo de pelea. Yo también le pegaba a mi marido y él también me levantaba la mano. Estoy con él desde los 16 años y ahora tengo 42. Yo me siento con la mujer, con la pareja y veo. Muchas veces les cuento historias de vida y después vuelvo a visitarlos. Muchas veces no hay que meterles eso de que se tienen que separar sí o sí, a veces hay que buscarle la solución. El refugio está para escucharlos, para analizar todo eso del matrimonio, compartir un mate y hablar hasta buscarle la vuelta. La mayoría se quiere, se aman, pero de repente uno rebasó el vaso, dijo algo hiriente y si el otro estaba tomado... y empiezan los golpes. Es parte de la cultura del machismo.

También vienen hombres golpeados.

–¿Su marido, por ejemplo?

(Risas) –Sí, mi marido me dice que se va a venir al refugio cuando me pongo brava. Soy celosa, pero ahora me controlo.

–¿Cómo funciona el refugio?

–Entran hasta dos familias con tres o cuatro hijos. Vienen mujeres jóvenes y grandes, de mi edad. No tenemos para darles de comer, lo que hay en mi casa comparto. Hay veces que me dan mercadería y guardo un poco para el refugio para estirar con ellos o pido leche en una salita. Si la cuestión es urgente llamo al BAP (Buenos Aires Presente) y pido que venga una asistente social. Hay casos en que no se pueden ir a un hogar del gobierno porteño hasta que se solucione el problema. Hace poco, a una chica el marido la estaba por matar. Eso fue violento. Estuvo viviendo en el refugio dos meses sin protección policial y como una de sus hijas tiene 15 años, no puede ir a un hogar del gobierno porteño. El tipo se enteró, venía y la espiaba. Tres veces fuimos a la casa a recoger unas cosas y nos corrió. Ese está preso. Lo agarraron porque anteriormente tenía otra pareja y había abusado de la hijastra y violó a su ex mujer.

–¿Cómo eran esas recorridas por el barrio?

–La mayoría de las veces nos llamaba la mujer y nos decía a qué hora va a estar su marido en la casa. Vamos y hablamos con él. Si él es violento o agresivo... yo también soy agresiva, en el sentido en que le pongo los puntos. Después ya sabe: puede ir preso. Muchas veces la pelea no es especialmente de la pareja, sino por la convivencia con otros familiares.

Entonces, pasa que un tipo les da orden a sus hermanos para que le peguen a su mujer. Cada casa es un mundo aparte.

–¿La policía se hizo cargo de estas violencias por la acción de ustedes?

–Hubo un caso, el de un muchacho que violó a su hijastro. Nos metimos todos y le pegamos al violador y la policía lo defendió. Después, un día me dijo el comisario: “Mirá, Rosa, cualquier ayuda, cualquier cosa, me llama. Usted sabe que no puede entrar, el hombre te puede acusar de atropello de domicilio”. En esa época nosotras no queríamos mostrarnos con la policía. Creíamos que era mejor entrar y decir: “Pucha, la volviste a cagar a palos, ahora te vamos a cagar a palos nosotras”. Ojo que también hay casos de bolivianos, de paraguayos, que se quejan que la mujer tiene hijos mayores de otro matrimonio y le hace pegar por el hijo.

–¿Desde hace un tiempo también recibe personas que van al refugio por recomendación de asistentes sociales?

–Sí, recuerdo a una peruana que encontré en la parada del Premetro que me preguntó por el refugio. Se estaba escapando ella de la casa, mientras que sus hijos estaban en el colegio, venía por la agresión de parte del marido en contra de su hija. “No soporto cómo mi marido le pega”, me dijo. A la noche llegaron los cuatro hijos. Les hice la comida, me quedé la noche hablando porque ella no tenía sueño, después le di un abrazo y se sumaron los hijos. “Hoy en día tienen una tía con quien contar. Yo estoy para apoyarlos, para siempre”, les dije. Y ahí, la hija la abraza a la mamá y le dice: “Te quiero contar acá enfrente de mi tía, papá me hace esto y esto”. Y esa noche no dormimos. Ella no podía creer, al otro día pedimos el psicólogo y la otra nena dice: “A mí también”. El padre las había violado a las dos. El refugio fue una contención; si no venían, quién sabe cuándo las nenas iban a contar lo que sufrían.

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Imagen: Luciana Granovsky
 
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