SOCIEDAD › RESTAURAN CUATRO MURALES QUE HABíAN SIDO OLVIDADOS TRAS SU RETIRO DE LAS GALERíAS PACíFICO

El rescate de un cuarteto de obras únicas

 Por Soledad Vallejos

“¿Qué azul es ése? Porque hay azul Prusia, azul ultramar... Saber específicamente qué se usó es fundamental: nos ayuda a calcular cómo fue el proceso de deterioro y con eso qué color usar. Porque también hay que tener cuidado: los colores orgánicos se deterioran con más facilidad.” Damasia Gallegos lo explicaba a este diario a horas de que Las Lunetas, el cuarteto de obras únicas rescatadas de un depósito y restauradas durante más de un año por ella y un equipo de la Universidad Nacional de San Martín (UNSaM), sean presentadas en sociedad. Las obras componen un conjunto sobre las cuatro estaciones, cada una asignada a uno de los miembros del Taller de Arte Mural (TAM) que por única vez logró convocar Antonio Berni: Lino Enea Spilimbergo, Juan Carlos Castagnino, Demetrio Urruchúa y Manuel Colmeiro. Y aunque estuvieron volviendo a la vida en público (la tarea hasta fue registrada por una serie documental de canal Encuentro), recién esta tarde podrán ser vistas en todo su esplendor, cuando sean presentadas en sociedad en el Museo del Libro y la Lengua (Las Heras 2555), a la vuelta de la Biblioteca Nacional.

Primavera, Verano, Otoño, Invierno: convocados por Berni para pintar cúpula y lunetas de lo que el principio de siglo XX conoció como el edificio del Bon Marché y una de las primeras sedes del Museo de Bellas Artes y el resto, hasta la década del ’90, como una galería comercial del Ferrocarril del Pacífico, en 1946 cada uno de los artistas tomó una estación. Spilimbergo eligió la primavera; Colmeiro, el verano; Castagnino, el otoño; Urruchúa, el invierno. Berni se había reservado para sí el panel central de la cúpula, que sigue en el edificio donde todo sucedió. Alguna foto, algún registro de la maqueta que adelantó lo que sucedería, algún documento de época, algún escrito de los artistas intervinientes en la realización: con todo eso, los restauradores del equipo del Centro Tarea, de UNSaM, alimentaron un trabajo de meses.

Pintados sobre yeso, cuando la década del ’90 convirtió en shopping el lugar que los había visto pintar, las lunetas fueron desmontadas y llevadas a un depósito. Allí permanecieron años. Un incendio devoró más de la mitad del otoño; el tiempo hizo lo propio con las demás. En algún momento, fueron trasladadas a otro depósito, ahora convertido en parte de la Plaza del Lector. Hace casi dos años, el equipo de restauradores entró allí y retrató cuanto veía.

Con las fotos, hubo intercambios con historiadores del arte, y con pequeñas muestras tomadas de cada obra, análisis químicos que permitieron determinar si, luego de pintadas, las lunetas habían sido intervenidas, retocadas, restauradas con otros criterios. “Por ejemplo, si encontramos un pigmento que antes de 1946 no existía, sabemos que después se trabajó sobre la pintura. En el Spilimbergo encontramos acrílico, y eso era algo que no había”, explica Gallegos. A veces, los propios artistas fueron sembrando el camino de pistas sin pensar que, en un futuro, tal vez sus cartas privadas comentando, al pasar, el trabajo que los ocupaba, pudiera servir pare revivirlos. La restauradora Gallegos todavía recuerda, por caso, cuánto colaboraron algunas cartas de David Siqueiros cuando ella y otros especialistas trabajaban en la restauración de Ejercicio plástico, el famoso mural pintado en la quinta del magnate periodístico Natalio Botana.

En este caso, los materiales para evaluar y reconstruir hasta incluían fotos específicamente tomadas a las lunetas. Otoño, esa obra llevada en un sesenta por ciento por el incendio, se pudo restaurar gracias a ello. “Había mucha capa pictórica desprendida. Todos tenían mucha suciedad, y a eso se sumó el efecto del incendio, del humo; suponemos que también del agua para apagar ese fuego.” Las contingencias no pasaron en vano; tampoco para que los restauradores acordaran un criterio. “De lo que se trata es de que la restauración no sea invasiva y que lo que se haga pueda revertirse”, explica Gallegos.

Por eso mismo, el estado del Castagnino animó un debate: ¿había que reponer el dibujo, los colores, volver a traer aquello que el tiempo y el fuego habían lavado? “Si hubiera sido una obra sola, quizá sí. Pero acá se trata de un grupo de obras. No es sólo que no podía leerse el 40 por ciento de Otoño, sino que eso influía en las demás obras. Era dejar trunco el relato.” Por eso, lo que se ve. “En el caso del Castagnino, primero arreglamos la superficie, porque estaba despareja, faltaban fragmentos. Después, proyectamos la foto sobre la luneta: así la dibujamos. Sobre eso después aplicamos el color”, explica Gallegos. El resultado es conmovedor, porque la misma obra restaurada exhibe en su superficie los rastros de lo que había, lo que se rescató y lo que hay. “Si uno se fija, se nota la diferencia de colores entre lo que había y lo que se restauró, los trazos del dibujo que hicimos.”

Spilimbergo apabulla por la intensidad de sus colores: pigmento abigarrado, rasgos reconocibles y una versión estetizante, de ocio, de la estación que, quizá no casualmente, casi está por empezar. Colmeiro, abocado a una escena de trabajo, no carga tanto la paleta, se sirve del fondo para alguna camisa. Las pinceladas de Urruchúa se adivinan detrás de uno de los dos andamios que hoy ya no estarán, a metros del otro, donde ayer colgaba un secador de pelo (“porque la humedad de estas dos semanas era desesperante, no secaba”). Hubo un domingo, cuando el Museo de la Lengua todavía estaba en ciernes y no tenía techo, en que casi toda la circulación de avenida Las Heras quedó cortada: una pluma debía trasladar cada luneta desde el depósito, entonces al lado, hasta este lugar donde hoy tienen nueva vida. Desde entonces, Gallegos y el equipo pasaron seis horas de cada día trepados a la altura. La incógnita se desvela hoy.

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Castagnino fue el encargado de ilustrar el otoño; abajo, la foto de la obra deteriorada durante años de abandono y desidia.
Imagen: Pablo Piovano
 
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