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El papa de las bienaventuranzas

 Por Eduardo Valdés *

Pasados unos días del segundo aniversario del pontificado del nuestro querido papa Francisco, el primer papa latinoamericano de la historia, me viene a la memoria un recuerdo de mi adolescencia. A los 15 años fue un humilde curita salesiano (el padre Fito Fernández) quien me convocó al compromiso de “ser Cristos para hacer Cristos” desde el grupo Casa de la Juventud, desprendida de la II Conferencia Episcopal Latinoamericana que tuvo lugar en Medellín en 1967.

La opción por los pobres, sobre la cual el Concilio Vaticano II había despertado nuevamente la conciencia, en Medellín había cobrado un vigor inusitado porque en aquella ocasión se habló de “optar por los pobres para salir con ellos de la pobreza, luchando contra la injusticia”. Fue justamente a partir de aquellos ideales que luego nació también mi compromiso.

Para explicar lo que ellos significaron no sólo para mí, sino para todos los jóvenes de América latina, quisiera recordar las palabras de Mons. Eduardo Pironio, quien fue el secretario de esa II Conferencia Episcopal Latinoamericana.

En su ponencia de Medellín sobre la interpretación cristiana de los signos de los tiempos, Mons. Pironio explicó que nuestra región estaba viviendo uno de aquellos “momentos” especiales en la historia que van marcados con el sello providencial de la salvación. Y eso porque “cuando el hombre toma conciencia de la profundidad de su miseria se va despertando en él hambre y sed de justicia verdadera que lo prepara a la bienaventuranza de los que han de ser saciados, y se va creando en su interior una capacidad muy honda de ser salvado por el Señor”.

Sin embargo, a pesar de las señales que venían de su Iglesia, durante la década de los años ‘70, o quizá por eso, América latina se vio afectada por una ola de golpes militares (Brasil, Uruguay, Chile Argentina). En aquel contexto, la Iglesia latinoamericana se dividió profundamente, Pironio partió para Roma, en mi Neuquén nos defendió Jaime de Nevares pero siempre añorando en el alma el recuerdo de aquel curita salesiano que me había enseñado a respetar la dignidad humana y a luchar contra cualquier forma de injusticia y explotación social.

Unos 42 años después me pasó algo extraordinario, fui invitado por la presidenta de la Nación Argentina, la Dra. Cristina Fernández de Kirchner, a acompañar a la delegación de los jóvenes argentinos en la Jornada Mundial de la Juventud que tuvo lugar en Brasil en 2013. Allí escuché al papa Francisco, ante millones de jóvenes, invitarlos a ser militantes de la paz en el mundo y a comprometerse para erradicar las estructuras sociales injustas, invitándolos a “salir a la calle” y a “hacer lío”. En aquella ocasión el santo padre dijo a los jóvenes que para conocer su programática tenían que leer Mateo 25 y sobre todo las bienaventuranzas, las mismas que Mons. Pironio había citado en su postura de Medellín.

Para mí fue una gran emoción. En sus palabras redescubrí la Iglesia de mi curita y entonces pensé: “¡Qué suerte que tienen, hoy en día, los jóvenes del mundo entero! Ahora, ellos tienen un papa con los mismos valores de mi curita de los 15 años”. Desde este pontificado el mundo ya no será más el mismo, porque cuando ya no esté más el papa Francisco serán estos jóvenes, en los que él instaló estas ideas de justicia y de compromiso social, quienes lucharán por un mundo que esté en paz y por una sociedad más justa que no excluya a nadie.

De hecho, en estos dos años de pontificado, el papa Francisco les ha indicado el camino no sólo a través de su enseñanza, sino también poniendo en práctica la bienaventuranza con actos concretos que han marcado las etapas históricas de su ministerio petrino: con su visita a la isla italiana de Lampedusa cuando, frente a la crisis humanitaria de la migración ilegal, denunció la “globalización de la indiferencia” invitando a luchar contra cualquier forma de explotación y de violación de la dignidad humana (bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados).

Con su primera exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, en la que advirtió que mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo (bienaventurados los pobres, porque de ellos será el reino de los cielos); convocando la vigilia de oración para la paz en Siria y el encuentro de oración por la paz en Tierra Santa y comprometiéndose personalmente para favorecer el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos (bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios).

Y, finalmente, proclamando un Jubileo extraordinario dedicado a la misericordia, para que toda la Iglesia pueda “volver a descubrir y hacer fecunda la misericordia de Dios, con la que todos somos llamados a dar consolación a cada hombre y a cada mujer de nuestro tiempo” (bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia).

Estoy convencido de que la fuerza de estos ejemplos grabará su huella en las conciencias de las nuevas generaciones, así como lo hicieron las palabras del cura de mi adolescencia en la mía y de allí, gracias al compromiso de estos jóvenes, llegará a cambiar la agenda de la política mundial.

* Embajador de la República Argentina ante la Santa Sede.

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