SOCIEDAD › SUICIDIO DE UN CURA ABUSADOR EN WASHINGTON

“Es una señal de la crisis”

Es el segundo suicidio en el caso de los abusos. Una revista que vigila el Vaticano minimiza la responsabilidad de los obispos.

Decidió ahorcarse en el cuarto del hospital de Washington donde recibía asistencia psiquiátrica. El sacerdote Alfred Bietighofer tomó esta determinación después de que se conocieran dos denuncias de abuso sexual en su contra y de haber sido suspendido en sus funciones eclesiásticas. No fue el único: hace algunas semanas, un cura de 48 años, también acusado de abuso contra una niña, se pegó un tiro en la cabeza en el estado de Ohio. El escándalo desatado a principios de año en Estados Unidos mereció en su momento una reunión del Papa con los cardenales de aquel país. Ahora, una revista jesuita cercana al Vaticano publicará un artículo donde se relativiza la responsabilidad de los obispos en los incidentes de abuso sexual cometidos por sacerdotes que estén bajo su jurisdicción.
Alfred Bietighofer era párroco de la diócesis de Bridgeport hasta hace apenas un mes, cuando el obispo William Lori lo suspendió tras recibir una denuncia de dos hombres que lo señalaron como el autor del abuso sexual que sufrieron en la década del ‘70. El cura fue encontrado muerto el jueves, colgado de una cuerda, en el cuarto del instituto médico donde estaba siendo evaluado psiquiátricamente.
Lori consideró que el suicidio del cura es una “clara señal” de que la Iglesia norteamericana debe resolver el problema de los sacerdotes paidófilos “de forma directa”. “No podemos desviarnos del camino para enfrentar la crisis que afecta a la Iglesia con honestidad, vigor, fe y compasión”, dijo. Durante toda su vida pastoral, Bietighofer estuvo en la misma diócesis, salvo dos breves períodos en los que viajó a Perú. Cuando un diario publicó las acusaciones en su contra, fue obligado a renunciar. Según las fuentes, serían diez las víctimas de este sacerdote.
El obispo Lori señaló que este caso “nos enseña que es mejor bregar con los asuntos de forma inmediata, cuando suceden”. Es que otro sacerdote católico se había matado con un disparo en la cabeza, ante las versiones que lo incriminaban como el abusador de una nena. Además, días atrás, un sacerdote fue baleado por un joven que habría sido víctima de sus abusos. Dontee Stokes –que ahora tiene 26 años– hirió a balazos a Maurice Blacwell, quien lo habría sometido sexualmente hace casi diez años.
Ante la seguidilla de repercusiones violentas de las denuncias, el arzobispo de Baltimore, William Keeler, pidió disculpas a las víctimas a través de una columna de opinión publicada en un diario local. En la nota, el cardenal se lamentaba por haber reinstalado a Blackwell en una iglesia de su región en 1993, luego de haber sido acusado de abuso sexual. “Asumo toda la responsabilidad por la decisión que tomé en 1993, tras estudiar los hechos y las circunstancias que tuve en ese momento delante de mí (...) Ahora, conociendo otros hechos, no hubiera tomado esa decisión”, dijo Keeler.
Lo que dejó la difusión sobre estas denuncias es el debate sobre el rol que cumplieron los responsables de las diócesis en que los curas abusadores actuaron. Sobre este tema, la revista jesuita Civilta Cattolica –cuyos artículos son aprobados por el Vaticano– publica una nota de 12 páginas en la que analiza la doctrina canónica de la Iglesia y las responsabilidades morales y legales de los jerarcas eclesiásticos en estos casos.
“Desde el punto de vista de la ley canónica, un obispo o un superior no puede ser moral o jurídicamente responsable de los actos criminales cometidos por uno de sus sacerdotes”, indica el texto. También sostiene que un obispo sólo tendría “cierto grado de responsabilidad” en casos donde no hubiera tomado medidas contra el cura aunque hubiera “una certeza moral de las bases de las acusaciones”.

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Alfred Bietighofer había sido párroco en Bridgeport.
 
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