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Domingo, 3 de marzo de 2002

LA FANTASIA DEL CRECIMIENTO DE LOS 90

El fin de una ilusión

El autor sostiene que el valor del PBI total de Argentina disminuyó en la Convertibilidad. Este análisis rompe con la idea de que en los ‘90 hubo una bonanza económica.

Por Juan Iñigo Carrera *

Durante la convertibilidad los economistas se encargaron de crear la ilusión de que el PBI argentino había saltado mágicamente a los 7500 dólares anuales por habitante. Esta ilusión no sólo alcanzaba a los voceros del neoliberalismo sino también a sus críticos, que sostenían que bastaba con distribuir mejor semejante riqueza para retomar el crecimiento. Lo que va de la devaluación ha bastado para destruir de manera práctica esta ilusión, que hasta ahora sólo podía ser criticada mediante complejas elaboraciones conceptuales: el PBI argentino no superó en la última década los 4500 dólares anuales por habitante.
La realidad que se pretendió ocultar tras el pregonado crecimiento es que hasta el valor del PBI total retrocedió durante la última década. Este retroceso refleja el desplazamiento de la producción industrial compleja por la importación, mientras se han expandido la producción de materias primas y actividades de bajo valor agregado. Para ponerlo en términos simples, el PBI alcanzaba en el período 1960-1974 para comprar mensualmente 18 millones de las canastas de bienes y servicios sobre las que se computa el índice de precios al consumidor. En el lapso 1975/1989, equivalía a 24 millones de canastas, cayendo en el período 1990/2001 a 22 millones de canastas. Mientras, la población pasaba de 23 a 29 millones y a 34 millones en el promedio de cada uno de esos períodos.
No faltará quien sostenga que con el estancamiento y retroceso del PBI hemos perdido todos. Sin embargo, con el estancamiento y retroceso, el excedente económico bruto por sobre el costo laboral (esto es, la suma de todas las ganancias antes de deducir las amortizaciones sobre el capital fijo) creció de los 6 millones de canastas en el lapso 1960-1974 a los 11 millones en 1975-1989 y a los 12 millones en 1990-2001.
En contraste con este crecimiento absoluto del excedente económico, la capacidad de la economía argentina para generar empleo retrocedió violentamente: en 1960-1974 el empleo creció un 17 por ciento menos que la población; en 1975-1989 lo hizo en un 49 por ciento menos, y en 1990-2001 el crecimiento del empleo se ubicó un 43 por ciento por debajo del de la población, pese a que la tasa de crecimiento de ésta se había reducido en un tercio. El crecimiento del desempleo y el subempleo se ha consolidado así como una condición normal de la economía argentina. El 22 por ciento en que se estima el desempleo actual no es simplemente la expresión de una crisis circunstancial, sino de una barrera estructural específica contra la que choca la escala de la economía argentina.
Lejos del “salariazo”, durante la década del 90 el salario industrial real resultó un 35 por ciento inferior al vigente durante el período 1960-1974 y un 23 por ciento inferior a 1975-1989. En 1976, una sangrienta dictadura militar hizo caer el salario real en un 35 por ciento respecto del nivel alcanzado en el trienio 1973-1975. En la última década, la caída respecto de ese período se ha profundizado hasta alcanzar el 40 por ciento. Pero esta profundización ha tenido lugar a través de la acción de un gobierno encabezado por el partido que representa políticamente de manera masiva a la clase trabajadora. Y la misma caída se ha prolongado con otro gobierno para el que ser progresista se reducía a enunciar la administración honesta de la miseria progresiva. El retorno justicialista se ha abierto con el efecto de la devaluación sobre los precios internos y la prohibición de indexar los salarios. De modo que, ya hoy, el salario real ha caído aún más abajo. Esta caída no es menor a otro 10 por ciento aun para el optimista discurso oficial, y difícilmente se detenga por debajo del 30 por ciento con el tipo de cambio actual.
A la caída del salario real se le agregó la reducción de los aportes patronales a la mitad, el abaratamiento de los despidos, los contratos basura. Todo en nombre de mejorar la competitividad internacional de la producción argentina. Sin embargo, por efecto de la sobrevaluación del peso, el costo laboral horario real de la industria en dólares se encareció un 40 por ciento en el promedio de la década 1992-2001 respecto de 1982-1991. La misma situación se había dado en la época de la tablita cambiaria. Bajo el discurso de integrar la producción argentina al mundo, las políticas neoliberales se han caracterizado por encarecer la fuerza de trabajo en términos internacionales mientras deterioran sus condiciones internas de vida.
Este deterioro ha llegado a ser tal que, con sobrevaluación del peso y todo, el costo laboral industrial en la Argentina acabó por debajo del de Corea: 5,80 contra 8,10 dólares por hora, respectivamente, para el 2000. Ahora, la devaluación lo ha llevado hasta por debajo de los 4,00 dólares de Brasil y poco por arriba de los 2,50 dólares de México.
La evolución del salario en términos internos y externos da lugar a considerar tres cursos potenciales: a) la reproducción de la misma modalidad específica de acumulación de capital con una escala nacional aún más restringida; b) la incorporación al ALCA como socio proveedor de mano de obra barata descalificada; c) el desarrollo de producciones para el mercado internacional en base a la calificación que aún posee la fuerza de trabajo argentina como arrastre de sus condiciones de vida históricas y montándose en su costo relativo actual. De las tres, sólo la tercera encierra la potencialidad de una recuperación general del salario real y el empleo. Pero su realización requiere de formas políticas que no se insinúan en la escena actual.
Nota: Los datos han sido elaborados en base a estadísticas de INdEC, Bureau of Labor Statistics y otras fuentes específicas.

* Economista

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Durante la década pasada, el salario real continuó en caída libre, acelerada ahora con la devaluación.
 
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