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Domingo, 25 de enero de 2009

REPORTAJE EXCLUSIVO > LUIZ CARLOS BRESSER-PEREIRA

“Debemos ser tan nacionalistas como Francia e Inglaterra”

La crisis económica mundial prenuncia el ingreso en una nueva etapa. Bresser-Pereira, uno de los economistas brasileños más importantes, plantea que es momento de avanzar con un nuevo desarrollismo. Las claves son el tipo de cambio competitivo, la industrialización, la apertura comercial y la regulación de los mercados financieros. Hay espacio para el déficit fiscal en épocas turbulentas, pero no para los desequilibrios crónicos. “Es una crítica al Consenso de Washington y al fundamentalismo de mercado, pero también al viejo desarrollismo”, describe.

 Por Natalia Aruguete

Con las dos grandes crisis del siglo XX se iniciaron nuevos modelos económicos. A la Gran Depresión del ‘30 le siguió una industrialización sustitutiva con gran protagonismo del Estado. Y el agotamiento de ese modelo en los ‘70 abrió camino a políticas económicas ortodoxas que alcanzaron su punto culminante con el Consenso de Washington. Hoy la discusión pasa por las formas que tomará la reclamada nueva fase de la economía mundial postcrisis financiera. Cash dialogó con el economista brasileño Luiz Carlos Bresser-Pereira sobre las premisas de lo que propone como un “nuevo desarrollismo” para la región, una alternativa entre el viejo desarrollismo y el neoliberalismo. Se trata de uno de los intelectuales más importantes del país vecino, con alto reconocimiento en Latinoamérica y Europa, que hizo converger la investigación, la política y la función pública. Desde 1999, Bresser-Pereira se dedica exclusivamente a la actividad académica: es profesor de la Universidad de San Pablo, la Fundación Getúlio Vargas y la Ecole d’Hautes Etudes en Sciences Sociales (Francia). Pero hasta entonces, ocupó varios cargos como funcionario. Fue presidente del Banespa (Banco del Estado de San Pablo) y luego secretario de Gobierno durante la gobernación de Franco Montoro en San Pablo (1983-1987). Duró pocos meses como ministro de Hacienda del gobierno de José Sarney (1985-1990). Y culminó su carrera como titular del Ministerio de Administración Federal y Reforma del Estado durante la gestión de Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), desde donde implementó una modernización de la burocracia brasileña que fue reconocida internacionalmente.

–Algunos analistas plantean que la actual crisis supondrá entrar en otra fase, ¿ese cambio implica retomar aspectos de modelos anteriores?

–Creo que la economía cambiará para cosas nuevas, aunque también mantendrá una relación con ideas antiguas. El modelo económico que vemos en el mundo es producto de la dominación de una ideología neoliberal y fundamentalista de mercado, cuya estrategia para los países en desarrollo, llamada “ortodoxia convencional”, se basa en una teoría económica monetarista. Todas estas cuestiones están en crisis. Lo que propongo desde hace años es una teoría económica estructural keynesiana que genere una estrategia de nuevo desarrollismo.

–¿En qué consiste el nuevo desarrollismo?

–Es una crítica al Consenso de Washington, pero también al viejo desarrollismo. Primero porque estamos en una nueva fase del desarrollo en nuestros países. Segundo porque el desarrollismo, al final de su proceso, se tornó populista en muchos de nuestros países.

–¿Cuáles son las premisas de la estrategia que propone?

–En primer lugar, los mercados no son autorregulados. Es fundamental que haya una intervención del Estado para complementarlos. Los mercados son una maravillosa institución de coordinación económica, pero deben ser ayudados y regulados por el Estado. Propongo este nuevo desarrollismo para economías como la argentina, la chilena, la brasileña. Estos países tienen una industria bastante importante que se desarrolló gracias al viejo desarrollismo y a un modelo de sustitución de importaciones, con la idea de que había una industria pequeña que era necesario proteger. Ahora tenemos una industria bastante desarrollada, pero para que crezca es necesario que haya estabilidad macroeconómica.

–¿Es posible pretender que haya estabilidad macroeconómica en el marco de la actual crisis?

–Esa estabilidad macroeconómica no es sólo estabilidad de precios, sino además una tasa de interés moderada y un tipo de cambio competitivo o equilibrado competitivamente. Esto es lo que la teoría neoclásica y la ortodoxia convencional no quieren; pretenden una tasa de interés alta y un tipo de cambio sobrevaluado.

–¿Por qué?

–Porque representa los intereses de los países más ricos, que obtienen ventajas con ello: sus multinacionales ganan en pesos aquí y envían muchos más dólares a sus países de origen cuando el tipo de cambio está retrasado. Además, podrían exportar más a la Argentina e importar menos si el tipo de cambio aquí estuviera retrasado.

–Brasil es un caso representativo de esta lógica. ¿Cree que le concedió los deseos a la ortodoxia convencional?

–Brasil tiene una crisis cambiaria: hasta hace unos meses había una sobrevaluación del real. A esta idea de que es necesario una tasa de interés moderada y un tipo de cambio competitivo se suma una tercera cuestión: un presupuesto público equilibrado. La idea de déficit públicos crónicos es un absurdo. Esos déficit se deben dar sólo en momentos de crisis. Ahora, un problema es que existe una tendencia a la sobre apreciación del tipo de cambio en todos los países en desarrollo.

–¿Cuál es la causa de esa tendencia?

–Hay dos razones estructurales y otras de política económica. Con respecto a las estructurales, por un lado, los países en desarrollo tienen tasas de ganancia y tasas de interés más altas que en los países ricos por su relativa escasez de capitales. Eso atrae capitales, que cuando entran a un país presionan para retrasar el tipo de cambio. La segunda razón –más importante aún– es la “enfermedad holandesa”, que se da por la abundancia de recursos naturales o de mano de obra muy barata. Un país como China tiene enfermedad holandesa.

–¿Qué significa que un país tenga “enfermedad holandesa”?

–Significa que ese país tiene dos tipos de cambio de equilibrio. Uno es el tipo de cambio de equilibrio corriente, que es aquel que intertemporalmente equilibra la cuenta corriente de un país. Los mercados libres tienden a producir ese tipo de cambio a largo plazo si no hay otras intervenciones. Pero además hay un tipo de cambio de equilibrio industrial, que se refiere al tipo de cambio que necesitan las industrias manufactureras que utilizan tecnología moderna para ser competitivas internacionalmente. En un país que no tiene enfermedad holandesa, los dos tipos de cambio son iguales. Pero en uno que tiene muchos recursos naturales, como es el caso de Argentina o Brasil –más aún si tiene petróleo–, la diferencia puede ser muy grande. Y lo que sucede es que la tasa de cambio es presionada hacia el equilibrio corriente, cuando lo que el país necesita es un tipo de cambio de equilibrio industrial.

–¿Y las causas de política económica?

–La primera es la política de crecimiento sumado al ahorro externo. La idea de que los países en desarrollo necesitan de los capitales de los países ricos es falsa.

–¿Y cuál es la fuente para su crecimiento, entonces?

–Tengo un modelo que muestra que los países crecen con ahorros internos, y cuando tienen que hacer ahorros externos –casi siempre, aunque no siempre–, ese ahorro externo aprecia el tipo de cambio y termina resultando en consumo y no en inversión. Pero de cualquier manera esto es una causa, porque en relación con el capital extranjero, el déficit de la cuenta corriente es compatible con un tipo de cambio más retrasado que el que habría si la cuenta corriente fuera cero. Una segunda razón de política económica es el ancla cambiaria, algo que los argentinos conocen muy bien. La convertibilidad fue un plan de ancla cambiaria: un desastre. La tercera es la teoría del capital deepening (la profundización del capital) una teoría neoclásica que se usó en los años ‘70 para convencer a los países de aumentar fuertemente sus tasas de interés, porque de esta forma se atraería capitales y el cambio se despreciaría. Son tres razones de política económica que vienen de los países ricos a los nuestros y se convierten en el populismo cambiario.

–¿Por qué estas políticas devienen “populismo cambiario”?

–La idea de “populismo cambiario” la tomé de un gran economista argentino, Adolfo Canitrot, que en el año ‘75 escribió un trabajo sobre el ciclo populista. El término “populismo cambiario” lo inventé yo, pero basado en el concepto de Canitrot. Cuando uno fija el tipo de cambio y éste se aprecia, los salarios reales aumentan y la inflación baja; el consumo aumenta y está todo el mundo feliz y va a Miami excepto por los que tienen buen gusto, que van a París. Pero después de unos años, la quiebra. En Argentina, el Plan de Convertibilidad duró diez años y después quebró.

–¿En qué basa su planteo de la tendencia a la sobreapreciación del tipo de cambio en economías en desarrollo?

–Tengo una tesis que he verificado empíricamente. Si esta tesis es verdad, puede tener un papel importante para América latina y los países en desarrollo que están industrializados. Con la onda neoliberal y la apertura financiera y comercial, la intervención del Estado fue retirada. Necesitamos un argumento fundamental para defender nuestras industrias y éste es la tendencia a la sobreapreciación del tipo de cambio. Lo que queremos es que el mercado funcione correctamente, de acuerdo con un tipo de cambio de equilibrio industrial y no con un tipo de cambio de equilibrio de cuenta corriente, que es una falla del mercado.

–¿Por qué es falso que las economías en desarrollo necesiten de los países ricos?

–Es falso porque, ¿qué es la globalización? El nombre que se da al estado actual del capitalismo. Y lo que la caracteriza es esencialmente una competencia económica a nivel mundial, porque desde los ‘90 se abrieron todos los mercados –aclaro que estoy a favor de la apertura comercial pero contra la apertura financiera–. En un contexto de globalización, si yo soy un país rico con una gran influencia sobre mi competidor, presionaré al país pobre para que se endeude internacionalmente, pague altas tasas de interés, esté cerca de la quiebra o quiebre y siga la política del confidence building (construcción de confianza), que supone hacer todo lo que ellos (los países ricos) quieren, recomienden o resuelvan. Es fundamental que un país latinoamericano, como Argentina o Brasil, sea un país nacionalista. Un nacionalismo democrático, social, liberal, aunque no neoliberal. Los argentinos y brasileños necesitan ser tan nacionalistas como los franceses, los ingleses, los suecos, los dinamarqueses. No tanto como los norteamericanos.

–¿Por qué está de acuerdo con la apertura comercial y no con la financiera?

–La apertura comercial es una oportunidad si nosotros tenemos una mano de obra más barata. Podríamos tener una industria competitiva y, por la misma razón, no podemos decir “somos pequeños y no sabemos impulsar un desarrollo industrial”. No. Aprendemos o no aprendemos. Los países asiáticos lo aprovecharon magníficamente y nosotros lo aprovechamos hasta cierto tiempo y luego comenzamos a desindustrializarnos. Ahora, la apertura financiera supone perder el control del tipo de cambio. Porque para controlar el tipo de cambio es necesario controlar las entradas de capitales. Estoy en contra del endeudamiento externo o del crecimiento con ahorro externo. Un país que no se endeude externamente no tendrá crisis del balance de pagos. Puede tener un problema de exceso de entrada de capitales y necesitar obstáculos a esa entrada, que es lo opuesto a la apertura financiera.

–A partir de esta propuesta, ¿en qué se diferencia el nuevo desarrollismo del modelo actual?

–El nuevo desarrollismo debe apuntar a una macroeconomía del desarrollo, basada en la neutralización de la apreciación del tipo de cambio.

–¿Y qué recuperaría del viejo desarrollismo?

–Recuperaría algunos aspectos pero sería bastante diferente. Hoy no necesitamos mantener la idea de que el Estado debe hacer un gran ahorro forzado a través de empresas estatales en el sector de infraestructura. En algún sector que sea muy monopólico, algunas empresas pueden ser estatales en parte, pero contamos con empresas nacionales en el sector de infraestructura. El viejo desarrollismo tenía una presión arancelaria muy fuerte, y hoy no es necesario que haya tal presión. La globalización comercial es una gran oportunidad para países que tienen mano obra barata. Con China se ve claramente.

–Pero China no sólo tiene mano de obra barata sino, además, un desarrollo importante de su estructura industrial.

–Precisamente, tiene un desarrollo industrial importante porque tiene un tipo de cambio competitivo. Necesita neutralizar la tendencia a la sobreapreciación que se manifiesta a través de la enfermedad holandesa. En China, la enfermedad holandesa está causada por la mano de obra muy barata combinada con un gran abanico salarial. Un concepto ampliado de enfermedad holandesa es que, en un país como China, el tipo de cambio es determinado por la mano de obra más barata. Si toda la mano de obra fuese barata en China, para hacer juguetes, computadoras, aviones y cosas muy sofisticados, no habría problemas. Pero la diferencia salarial en China, como en todos los países en desarrollo, es mucho más grande que en los países ricos. De manera que tiene que intervenir el tipo de cambio, porque sin un cambio depreciado no conseguirían exportar los productos más sofisticados. Cuando los americanos dicen que China tiene una sobreapreciación del 30 por ciento, es falso. El 30 por ciento es el tipo de cambio que equilibra su cuenta corriente, pero China no es competitiva industrialmente.

LAS CONSECUENCIAS DE LA CRISIS EN EL PAIS “INVESTMENT GRADE”

“Brasil creyó en la ortodoxia convencional”

¿Cómo explica la crisis económica?

–Al interior de los Estados Unidos, se trata fundamentalmente de una crisis bancaria, producto de una alta desregulación de esa actividad. Se permitió una innovación financiera absolutamente escandalosa. El Citibank sufrió una caída mayúscula. ¿Cómo es que perdió tanto dinero? No fue a través de préstamos propios de la actividad bancaria, sino de especulaciones con innovaciones, derivados y securitizaciones. Eso es el neoliberalismo, la teoría económica neoclásica y la ortodoxia convencional.

–¿Y a nivel de los países en desarrollo?

–La crisis financiera de los países en desarrollo es diferente. Es casi siempre una crisis de balance de pagos. Lo que sucede cuando los acreedores externos suspenden la renovación de la deuda. Argentina casi no lo sufrió porque el peso apenas se depreció un diez por ciento, en cambio en Brasil se depreció un 50 por ciento, porque el cambio estaba muy apreciado. Hubo intervención, hubo depreciación, el mercado corrigió en cierto modo, los acreedores externos pararon de renovar la deuda externa brasileña, incluso los créditos comerciales. En realidad, la deuda externa brasileña no era muy grande, pero el déficit de cuenta corriente estaba aumentando fuertemente. En Argentina no.

–¿Por qué se da esa diferencia?

–Porque qué hizo Argentina desde 2002. A través de las retenciones neutralizó la enfermedad holandesa o, más ampliamente, la tendencia a la sobreapreciación del tipo de cambio.

–¿Cómo?

–Las retenciones provocaban un desplazamiento de la curva de oferta del producto para arriba, cuando sucede eso quiere decir que para el productor del bien que tiene retenciones –por ejemplo, la soja–, cuando uno pone una retención del 35 por ciento, la curva de oferta del productor se desplaza para arriba. De forma que él estaba dispuesto a exportar la soja con un tipo de cambio de 2 pesos por dólar, ahora lo exporta por un tipo de cambio de 3 pesos por dólar. Si no, ¿quien está dispuesto a exportar? Ese es el mecanismo de mercado fundamental. Por eso creo que la economía argentina es una de las economías de América latina que más se aproxima al desarrollismo, la única realmente.

–¿Por ese motivo exclusivamente?

–No sólo por eso. Es fundamental la estabilidad macroeconómica. Y esa estabilidad se basa en equilibrio fiscal –Argentina lo tiene, mientras Brasil tiene tres por ciento de déficit–, tasas de interés moderadas y tipo de cambio competitivo. Argentina tiene ambos. Brasil tiene un déficit público más grande, tasas de interés absolutamente elevadas y un tipo de cambio apreciado que sólo se corrigió por la crisis. Porque unos meses atrás estaba increíblemente alto.

–¿Por qué Brasil optó por la apreciación del tipo de cambio, cuando en Sudamérica hubo una tendencia a la depreciación del tipo de cambio?

–Si comparamos Argentina con Brasil, mi explicación es la siguiente. Brasil tuvo dos crisis del balance de pagos, una en 1998 y otra en 2002. Pero ninguna de esas dos crisis fue tan violenta como la crisis de 2001/2002 en Argentina. De forma que los brasileños no aprendieron, quedaron muy estigmatizados con la inflación y creyeron la tesis de la ortodoxia convencional: que las tasas de interés tan altas eran absolutamente necesarias para mantener la estabilidad de precios. Absurdo. El tipo de interés alto sólo interesa a los rentistas internos, que viven de intereses, y a “garotos dorados” de la tecno-burocracia de los mercados financieros, que obtienen comisiones enormes.

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Imagen: Bernardino Avila

Claves

“La idea de que los países en desarrollo necesitan de los capitales de los países ricos es falsa.”

“En un contexto de globalización, si yo soy un país rico con una gran influencia sobre mi competidor, presionaré al país pobre para que se endeude, pague altas tasas de interés, esté cerca de la quiebra o quiebre.”

“Los argentinos y brasileños necesitan ser tan nacionalistas como los franceses, los ingleses, los suecos o los dinamarqueses. No tanto como los norteamericanos.”

“Es fundamental que un país latinoamericano, como Argentina o Brasil, sea un país nacionalista. Un nacionalismo democrático, social, liberal, aunque no neoliberal.”

“Tener déficit públicos crónicos es un absurdo. Los déficit sólo se deben dar en momentos de crisis.”

“El nuevo desarrollismo debe neutralizar la apreciación del tipo de cambio.”

“Cuando se aprecia el tipo de cambio, los salarios reales aumentan y la inflación baja; sube el consumo y todo el mundo va a Miami. Pero después de unos años viene la quiebra.”

 
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