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Domingo, 11 de agosto de 2013

El frente...

 Por Alejandra FernÁndez Scarano, Guillermo Merediz, Laura Bogliano y Hernán Letcher *

A lo largo de toda su historia económica, la Argentina alternó períodos de crecimiento con períodos de crisis. Cada vez que aumentaba la producción industrial se requería de insumos y maquinarias de origen extranjero, que en determinado momento no se podían pagar dado que empezaban a escasear las divisas para financiar las importaciones y se producía el estrangulamiento de las cuentas externas. Estos ciclos recurrentes requieren de un análisis de los factores estructurales que operan en la economía argentina, descartando medidas “mágicas” como la devaluación, que no sólo no resuelven el problema sino que perjudican a las mayorías populares.

La balanza comercial muestra la relación entre las exportaciones e importaciones de un país. Cuando las exportaciones son mayores a las importaciones, la balanza es superavitaria o positiva. Cuando, por el contrario, las importaciones superan a las exportaciones, la balanza es deficitaria o negativa. En general, los países desarrollados con estructuras productivas diversificadas tienen balanzas comerciales positivas, ya que exportan canastas de productos con valor agregado e importan sólo materias primas o productos industriales de baja tecnología. Por el contrario, los países no desarrollados o en vías de desarrollo se caracterizan por tener estructuras económicas heterogéneas con procesos de industrialización interrumpidos o con escaso peso en las exportaciones y sectores con canastas exportadoras de bienes primarios provenientes principalmente del agro y la minería, que no compensan las importaciones, lo que desemboca en una balanza comercial deficitaria y la aparición de la restricción externa.

La Argentina está inserta entre los países en vías de desarrollo y se caracteriza por tener una estructura económica dual. Por un lado, existe un sector primario muy competitivo en términos internacionales, que genera una parte importante de las exportaciones y el ingreso de divisas extranjeras al país. Por el otro, un sector industrial que requiere de insumos y bienes del mercado externo demandante de divisas.

Durante toda su historia, nuestro país ha sufrido problemas con la restricción externa; esto es, la insuficiencia de divisas para poder comprar insumos y bienes de capital importados en los períodos de crecimiento. La falta de divisas truncó así los procesos de industrialización, impidiendo alcanzar una mayor diversificación y complejización de la estructura industrial.

La dinámica cíclica, conocida bajo el nombre de stop and go (pare y siga) se caracterizó por períodos de crecimiento económico que empujaban las importaciones de los bienes que el sistema industrial no podía autoabastecer por la falta de desarrollo. Este problema nunca se resolvió, dado que históricamente los procesos de crecimiento industrial fueron frenados a partir de la devaluación de la moneda, que encarecía las importaciones produciendo su contracción, que aliviaba la escasez de las divisas pero también generaba una recesión económica. La falta de divisas fue un limitante estructural para el desarrollo económico.

En definitiva, la falta de dólares traía aparejada una caída en la adquisición de maquinarias y equipos del exterior que terminaba obstaculizando el proceso de acumulación de capital. La salida al estrangulamiento externo era un ajuste recesivo vía devaluación cambiaria, que perjudica a los sectores populares reduciendo el salario real y el consumo, lo que permitía que crecieran los saldos exportables, mejorando así las cuentas externas porque crecían las exportaciones y se reducían las importaciones. De esa manera, se alcanzaba un “nuevo equilibrio” y el ciclo se reanudaba nuevamente. Las devaluaciones son impulsadas por los sectores exportadores generadores de divisas, quienes detentan un poder de veto sobre las políticas proindustriales.

A partir de este marco, si analizamos las dos últimas décadas de la economía exterior nos encontramos con comportamientos de las balanzas comerciales antagónicos. La década del noventa se caracterizó por tener una balanza comercial deficitaria y el actual período iniciado en 2003 presenta de manera permanente una balanza comercial superavitaria.

Durante la convertibilidad, fue estructuralmente negativa porque la economía tenía como uno de sus pilares la apertura económica y el modelo de acumulación con eje en el sector financiero, se basaba en la exportación de bienes primarios y la importación de todo el resto de los bienes. El déficit se compensó con un enorme endeudamiento externo fomentado por los organismos internacionales de crédito.

En la posconvertibilidad, el comportamiento de la balanza comercial es sostenidamente positivo con un registro sistemático de crecimiento de las variables de comercio exterior (con excepción de 2009 y 2012) y saldos superavitarios. En los períodos de mayor crecimiento de la posconvertibilidad, como en toda nuestra historia económica, los saldos se reducen, pero en esta etapa se mantienen positivos.

El comportamiento de las exportaciones durante la posconvertibilidad muestra un crecimiento sostenido de más del 280 por ciento, entre 2003 y 2011. La venta al exterior de productos primarios y manufacturas de origen agropecuario lo hicieron en el mismo período el 312,4 por ciento y el 281,8 por ciento, respectivamente. Un dato de importancia es que la exportación de productos de origen industrial fue el rubro que más creció, con un 359,4 por ciento. Los combustibles y energía lo hicieron en apenas un 122,4 por ciento.

Por el lado de las importaciones, éstas avanzan acompañando el crecimiento de la economía, por eso se aprecia un descenso durante la crisis mundial de 2009. Los rubros crecen en forma bastante pareja con un promedio de 533,8 por ciento, con la excepción de los combustibles y lubricantes, que lo hacen entre 2003 y 2011 por arriba del 1712 por ciento.

El principal problema de la balanza comercial es el rubro energía, con un déficit para el primer cuatrimestre de este año de 2462 millones de dólares, como consecuencia directa de una mayor demanda por el crecimiento de la economía de la última década y el aumento de los precios internacionales, como también por la caída en la producción, que es el resultado de la política privatizadora de los noventa, que condicionó las inversiones argentinas a decisiones globales de empresas multinacionales por sobre el interés nacional. La baja en las reservas y la falta de exploración es el corolario de las políticas privatizadoras neoliberales.

El actual gobierno ha demostrado tener siempre respuestas audaces a cada uno de los problemas y así enfrentó el déficit energético recuperando YPF como una de las medidas de mayor impacto estructural para la economía, que ahora nuevamente cuenta una empresa al servicio de los intereses nacionales.

Medidas de este tipo son necesarias para encarar una solución estructural que garantice la continuidad del desarrollo productivo. Por el contrario, la devaluación no es una solución, ya que produce un estancamiento económico del que sólo se ven favorecidos los sectores exportadores que no son afectados por la recesión con productos orientados al mercado externo. Otra consecuencia es una regresión en la distribución del ingreso, donde los trabajadores y quienes tienen ingresos fijos son los más afectados, sufriendo una pérdida en su poder adquisitivo.

El gobierno actual rompió con esta lógica que reclama la ortodoxia económica, aplicando un conjunto de medidas de política económica con el fin de preservar las divisas para el desarrollo industrial e impulsar la complejización y diversificación de la matriz exportadora, entendiendo que la salida devaluatoria sólo favorece a los grupos económicos concentrados. Para ello ha promovido la sustitución de importaciones por productos de origen nacional y ha puesto en marcha un sistema de administración del tipo de cambio que fiscaliza las operaciones de moneda extranjera, las cuales no pueden dejarse a criterios de mercado y es el Estado el que debe asumir un papel central para evitar las históricas perturbaciones que sufrió la economía argentina.

Los impulsores de la reprimarización de la economía promueven una devaluación de la moneda sosteniendo que la economía argentina ya no es competitiva producto de los desaciertos en las medidas adoptadas. Pero la competitividad que permite la continuidad del desarrollo industrial no se obtiene devaluando, sino mediante la participación de un Estado promotor del crecimiento económico que mejore la calidad de vida, el rol de los salarios como dinamizador de la producción y del mercado interno y la rentabilidad empresaria junto a la incorporación de ciencia y tecnología para generar un sistema productivo con mayor valor agregado.

En definitiva, la propuesta devaluacionista no resuelve el problema estructural, pero es promovida por los sectores que obtienen ganancias extraordinarias a costa de perjudicar al conjunto de la sociedad. Ocultando, a su vez, que la devaluación trunca el camino de desarrollo económico y reproduce el ciclo de stop and go. Por lo tanto, para continuar con el proceso de desarrollo industrial es necesario un Estado promotor de políticas económicas que profundicen las sustituciones genuinas de importaciones, desarrolle herramientas de financiamiento y promueva incentivos fiscales para la producción y exportaciones de bienes de mayor valor agregado. Esta fue la fórmula de los países asiáticos, que se toman de ejemplo por sus resultados, pero nadie cuenta los esfuerzos fiscales que demandaron las políticas públicas para el impulso del crecimiento sustentable de estas economías, que cada vez tienen mayor peso en el producto mundial y son el motor del crecimiento del PBI mundial junto con las economías emergentes

* Centro de Economía Política Argentina (CEPA)

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“Los impulsores de la reprimarización de la economía promueven una devaluación de la moneda”, advierten Scarano, Merediz, Bogliano y Letcher.
Imagen: Corbis

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-La Argentina está inserta entre los países en vías de desarrollo y se caracteriza por tener una estructura económica dual.

-Existe un sector primario muy competitivo que genera una parte importante de las exportaciones y el ingreso de divisas.

-Por el otro, un sector industrial que requiere de insumos y bienes del mercado externo demandante de divisas.

-Aparece el problema de la restricción externa: la insuficiencia de divisas para poder comprar insumos y bienes de capital importados en los períodos de crecimiento.

-La propuesta devaluacionista no resuelve este problema estructural.

 
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