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Domingo, 13 de abril de 2014

EL ORIGEN DEL INTA

¿Mito o construcción compleja?

La creación del INTA es el desarrollo creativo e innovador, articulando funciones como investigación, experimentación y extensión rural en todo el territorio nacional.

 Por Carlos Enrique Alemany *

El artículo de Asiain y Putero “El origen del INTA”, publicado el 23 de marzo pasado en el suplemento económico Cash, tiene el gran mérito de reinstalar el debate –largamente postergado– de la historia de la ciencia y la tecnología en nuestro país. Debate imprescindible para poder comprender los diferentes proyectos que tuvo Argentina para hacer/no hacer ciencia y tecnología y las diferentes construcciones políticas, institucionales y epistemológicas que se desarrollaron, desaparecieron y/o se reconfiguraron.

Para profundizar el debate quiero presentar otra mirada –en parte complementaria– de la de los autores que postulan el mito del origen del INTA. Me inclino más por pensar en un origen “histórico y contextual”, pero también complejo, contradictorio, particular, con innumerables matices políticos, sociales, juegos de intereses, visiones, trayectorias institucionales previas y experiencias de vida. En un esfuerzo de síntesis no exento de reduccionismo lo presentaría como un proceso complejo en el cual confluyen en forma contradictoria dimensiones políticas, sociales, económicas y de la acción de los propios sujetos participantes en su construcción.

No voy a profundizar la dimensión política-institucional porque está claro el carácter autoritario, represivo y sanguinario (fusilamientos de Juan José Valle y otras 27 personas civiles y militares) de la dictadura cívico-militar autodenominada Revolución Libertadora. Tampoco la dimensión económica, porque es profusa la bibliografía que explica la influencia que tuvieron las ideas desarrollistas conservadoras de Raúl Prebisch en la creación del INTA, pensado como un instrumento importante para viabilizar el proceso de sustitución de importaciones modernizando la producción agropecuaria vía el cambio tecnológico. Es decir, modernización para un determinado camino de industrialización, y no “para la reimplantación del modelo agroexportador”.

En este artículo quiero destacar algo más desconocido, bastante invisibilizado y yo diría hasta negado históricamente: el rol jugado por los diferentes sujetos sociales que participaron intensamente en los debates y las pugnas por la definición y concreción de para qué, para quiénes y cómo hacer ciencia y tecnología para el agro argentino materializado en qué tipo de institución tecnológica había que crear.

¿De quiénes estamos hablando? Nada más y nada menos que de la Sociedad Rural Argentina, Confederaciones Rurales Argentinas, Federación Agraria Argentina, el Consejo Argentino de Ingenieros Agrónomos, las facultades de Agronomía y Veterinaria, el sector interno del Ministerio de Agricultura denominado los “franceses”. También de un conjunto de profesionales y funcionarios del Ministerio de Agricultura que habían adquirido conocimiento y experiencia en la reorganización y gestión de instituciones vinculadas con el desarrollo científico-tecnológico y la extensión rural entre los años ’40 y ’50. Ellos eran, entre otros: Ubaldo García, Norberto Reichart, Walter Kugler, José María Quevedo, Carlos López Saubidet; posteriormente se incorpora desde otro rol Horacio Giberti (segundo presidente del INTA). A este grupo los vamos a denominar los “nacionales”.

La disputa entre estos sujetos fue intensa y profunda. La existencia de 42 borradores es una clara evidencia del conflicto y la divergencia.

¿Qué posiciones impulsaron a estos sujetos sociales? Por diferentes motivos, intereses y visiones confluyeron del mismo lado la SRA, FAA, CRA, el Cadia, las facultades de Agronomía y Veterinaria y los “franceses”. Con diferentes opiniones se oponían a la creación de un nuevo organismo “burocrático” y, de hacerlo, proponían la creación de un Fondo de Tecnología encargado de distribuir los recursos entre los organismos existentes y grupos de productores a formarse siguiendo la modalidad de la experiencia de los grupos CETA franceses. Es decir, tecnología para pocos. Del otro lado –y con un protagonismo inusitado– jugó el grupo de los “nacionales”. ¿Qué visión del desarrollo y qué rol de la tecnología imaginaban y deseaban? ¿Qué experiencia de vida los llevó a pelear intensamente para finalmente conseguir imponer su visión de institución?

Su práctica de gestión científico-tecnológica se desarrolló en procesos tan diversos como la reorganización, regionalización y creación de nuevas unidades de investigación y desarrollo agropecuario dentro del Ministerio de Agricultura. De ellas, destacamos la participación en el proceso iniciado en 1947 de reestructuración y fortalecimiento de las actividades de investigación y experimentación agropecuaria, y también su participación en la posterior sanción de la ley Nº 13.254/48 (primera ley nacional que legisla en apoyo a la investigación agropecuaria). Esta ley creó los Centros Regionales de Investigación Agropecuaria, con el objetivo de llevar el conocimiento y el desarrollo tecnológico a la totalidad del país, evitando que se mantuviera concentrado en la Pampa Húmeda.

Los “nacionales” también participaron activamente en la Junta Nacional del Algodón, creada en 1935. Esta representaba la contracara de las instituciones hegemónicas de la época, que veían a la economía agropecuaria reducida a la producción pampeana para la exportación de granos y carnes. Por el contrario, la JNA era la institución de gran parte de las “economías regionales” para el mercado interno. Fue una organización original con importante participación de todos los actores públicos, privados y cooperativos involucrados en la economía del algodón, e integralidad de funciones e incumbencias; se dedicaba al desarrollo de nuevas variedades, multiplicación de semillas selectas, establecimiento de desmotadoras, creación de patrones oficiales de algodón, estandarización de la comercialización, promoción del cooperativismo.

Esa característica de participación e integralidad le permitió impulsar un sistema de construcción del conocimiento participativo con interacción entre los investigadores, extensionistas y productores que hacía que mejorara sustancialmente la apropiación social del conocimiento científico. Por ejemplo: en el proceso de mejora, desarrollo y difusión de las nuevas semillas participaban con diferentes tareas investigadores (ensayos en las estaciones experimentales y en campos de productores), productores (multiplicación de semillas selectas y producción masiva de semillas selectas en los campos habilitados como semilleros). Este proceso de construcción conjunta de conocimiento entre investigadores y productores permitió que el porcentaje sembrado de variedades nacionales de muy buen comportamiento pasara del 3,5 por ciento en 1947/48 al 35 por ciento en 1950/51, y a fines de la década del 50 la casi totalidad del algodón sembrado provenía de esta modalidad de trabajo cooperativo nacional.

Estas experiencias vividas en las zonas “marginales” del territorio, el conocimiento de la realidad agraria de la totalidad del país y no solamente de su núcleo pampeano, junto a la sensibilidad social que tenían, moldearon una visión de la necesidad de impulsar una organización con sentido social que pusiera el conocimiento científico y tecnológico a disposición de la mayoría de los productores agropecuarios como elemento sustancial para alcanzar el desarrollo nacional. Esto significa que consiguieron –en un contexto político adverso y en un proceso complejo de pujas y negociaciones– dar continuidad a ideas y procesos iniciados con visiones más nacionales y populares del desarrollo agrario.

Además, estos sujetos sociales, en su activo protagonismo, fueron capaces de incorporarles un plus importante a la experiencia y el conocimiento organizacional acumulado. En este sentido la creación del INTA no es “el armado de una estructura burocrática por encima del organismo creado por el gobierno democrático al que había derrocado”, es una construcción institucional compleja, creativa, innovadora, original, que toma lo mejor de las experiencias previas nacionales y democráticas, que puede articular funciones como investigación, experimentación y extensión rural en un mismo cuerpo institucional con capacidad de acción tecnológica y educativa distribuido en todo el territorio nacional. Unir investigación con la extensión rural fue la clave para desarrollar una ciencia y tecnología a partir de las necesidades y problemáticas de las familias rurales y sus comunidades. Ese contacto directo ayudó a los investigadores a construir sus agendas de trabajo vinculadas con las problemáticas identificadas juntamente por las familias y los extensionistas.

El modelo interactivo, dialógico y participativo era efectivo para las familias rurales porque les permitía mejorar sus condiciones de producción y de vida en las chacras, y para el país que veía mejorar y aumentar la calidad de la producción agropecuaria con tecnología nacional.

Esta es sólo una parte de la historia del INTA. Después las cosas cambiaron, ocurrieron disrupciones violentas, cesantías, desapariciones, cambios de agenda de investigación, desaparición del modelo educativo y humanista de la extensión rural..., cosas de la historia reciente de una organización compleja que por su importancia para seguir construyendo una investigación e innovación emancipadora al servicio del desarrollo nacional es imprescindible estudiar y profundizar.

* INTA Alto Valle

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Imagen: Télam
 
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