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Domingo, 20 de abril de 2014

ESCENARIO

Capital humano

 Por Diego Rubinzal

La relación entre formación educativa y crecimiento económico es abordada profusamente por la literatura especializada. Hace varios siglos atrás, los economistas clásicos destacaron la importancia de la educación como entrenamiento para el trabajo. A su vez, los economistas de la Escuela de Chicago elaboraron la denominada teoría del capital humano a mediados del siglo XX. En ese marco, el Premio Nobel de Economía Gary S. Becker sostuvo que “el crecimiento del capital físico, al menos tal y como se mide de manera convencional, explica sólo una parte relativamente pequeña del crecimiento de la renta de numerosos países”. De acuerdo con esa visión, la inversión educativa es determinante para obtener mayor productividad.

Theodore Schultz señalaría que “los trabajadores no se han convertido en capitalistas por la difusión de la posesión de stocks de las empresas, tal como habría señalado el folklore, sino por la adquisición de un conocimiento y una habilidad que tiene valor económico”.

Los investigadores Agustín Salvia y Julieta Vera apuntan en Heterogeneidad estructural, calidad de los empleos y niveles educativos de la fuerza de trabajo en la Argentina post reformas estructurales (2004-2007-2011) que “la relevancia del capital humano como una de las claves del desarrollo fue retomada por el pensamiento ortodoxo del Consenso de Washington en el marco de las reformas estructurales de la década del noventa. Según esta perspectiva, la existencia de una fuerza laboral de bajo capital educativo y sin manejo de nuevos entornos tecnológicos generaba un desequilibrio estructural que tendía a generar ineficiencias económicas y sociales varias y diferencias salariales crecientes, todo lo cual trababa el desarrollo”.

Los programas de entrenamiento laboral impulsados por los organismos financieros internacionales (Banco Mundial, BID) responden a esa lógica. Las dificultades del mercado de trabajo (desocupación, precariedad, bajos salarios) son atribuidos al deficiente desarrollo del capital humano.

María Eugenia Martín explica en La relevancia de una perspectiva relacional e histórica en la investigación sociológica sobre educación y trabajo que “en la lucha contra la pobreza las recomendaciones apuntaban a instituir programas de entrenamiento en el trabajo y vocacionales para tornar a los pobres más productivos, ya que el desempleo es entendido como una falla en la oferta de trabajo y no en la demanda, que se suponía ilimitada, acompañando el optimismo de la época”.

De esa manera los “culpables” de la desocupación son los desempleados por no haberse capacitado lo suficiente. La visión neoclásica transforma la víctima en victimario.

El desempleo sería el resultado de comportamientos individuales y no, por ejemplo, de un modelo económico excluyente.

“Desde la teoría de la heterogeneidad estructural se brinda al respecto una explicación alternativa para comprender las desigualdades sociales, cuya explicación no radica en el capital humano, sino en las condiciones productivas de la estructura económica-ocupacional propias de un modelo de desarrollo desigual característico de los países de la región. Según este enfoque, cabe reconocer la existencia de una estructura productiva altamente heterogénea, la cual se manifiesta –a su vez– en una segmentación de las demandas u oportunidades laborales y en una estructura social desigual y fragmentada. De esta forma, las desigualdades sociales son comprendidas –desde esta teoría– por “la existencia de diferenciales de productividad que son propios de los procesos de acumulación capitalista de los países periféricos”, explican Salvia y Vera.

La importancia de la educación como herramienta de desarrollo personal y colectivo es indiscutible. Sin embargo, “producir la ilusión de que el sistema de enseñanza es enteramente responsable de la producción de ciertos habitus no hace más que contribuir a la legitimación de la idea de que el éxito y el fracaso en la vida ocupacional dependen del esfuerzo y del mérito individual, lo cual convierte en individuales las desigualdades sociales existentes”, concluye Martín

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@diegorubinzal

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Imagen: Enrique García Medina
 
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