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Domingo, 21 de septiembre de 2003

BUENA MONEDA

Maldita deuda

 Por Alfredo Zaiat

El desafío no es fácil aunque, por ese mismo motivo, resulta más atractivo abordarlo. Romper con las trampas tendidas en los ‘90 y con algunas que vienen de arrastre desde el Rodrigazo no es tarea sencilla. Parece que se presenta más accesible revisar las celadas distribuidas con asombrosa habilidad por el menemismo –cuando se refieren a la mayoría automática en la Corte Suprema– o al pasado nefasto de militares torturadores. Puede ser que exista un consenso social más potente para avanzar sobre esos sectores debido a que se han convertido en símbolos de décadas de decadencia. También son contendientes, por ser precisamente emblemas del oprobio, más débiles en términos relativos, aunque no por eso sin poder. Esa imprescindible limpieza de malezas es una condición necesaria para la reconstrucción. Con el mundo económico, en cambio, la cuestión es más compleja y genera más miedos y dudas en la sociedad. No se muestra el Gobierno tan provocativo más allá del discurso, aspecto que no es menor, pero no decisivo, cuando se trata de acometer sobre el destructivo paradigma económico de los ‘90. No es una cuestión de comprar una receta ya elaborada y aplicarla para reemplazarlo porque, en realidad, no hay nada de eso. Más bien se sabe lo que no se quiere; no tanto cómo conseguirlo. No existe un menú acabado de oposición al Consenso de Washington, listado de medidas aplicadas con rigurosa disciplina en la Argentina. Sin embargo, no resulta productivo mostrarse rupturista a esa minuta neoliberal a la vez que se instrumenta una estrategia que sólo ensancha el desfiladero de ese paradigma agotado. El acuerdo con el Fondo Monetario y el proyecto de Presupuesto 2004 están en esa línea que no se quiebra, pese a la flexibilidad que algunos quieren encontrar en esas dos columnas relevantes de una estrategia económica. Otro de esos pilares, que no es menor en ese tránsito de deseo de recuperación de la dignidad, se encuentra en la reestructuración de la deuda en cesación de pagos.
El recálculo del monto de la deuda es una de las principales claves a futuro puesto que condicionará la economía, por lo menos, de la próxima década. Del mismo modo que lo fueron los programas asumidos en ese sentido en 1982-1983, con la estatización de la deuda privada de Cavallo y posterior convalidación de deuda ilegítima de Alfonsín, y en 1992 con el promocionado y poco efectivo Plan Brady de reducción de deuda también de Cavallo. Ahora, se presenta la oportunidad de encarar un trato diferente con los acreedores más allá del regateo persa sobre quita de capital, reducción de la tasa de interés o extensión de plazos de pagos.
Es “inviable debido al poder de los acreedores”, espantan ortodoxos y se resignan heterodoxos, revisar el reciente proceso de endeudamiento de la Argentina. Así, unos y otros ponen el freno como autorreflejo a una negociación con otras reglas a las conocidas. Y aseguran que es imposible otra vía y aconsejan darse por satisfecho, descorchar champaña y pavonearse por el éxito obtenido si se obtiene una quita de la deuda –a valor presente– del 60 al 70 por ciento. Dentro de la lógica del acreedor insaciable será valido felicitar al negociador argentino en caso de conseguir ese resultado. Pero no debería llevar a engaño y pensar que de ese modo se rompe con el paradigma de los ‘90. Y en este caso se trata de una dinámica de perverso endeudamiento de casi treinta años. La deuda monumental de 170 mil millones de dólares, para despejar dudas de distraídos, es la contraparte de la corrupción estructural de las últimas décadas infames. O sea, es la base para aquellos que quieran encontrar explicaciones a la presente decadencia.
Esa deuda fue el instrumento perfecto para encadenar la degradación de un país para llenarlo de pobres. Deuda para sostener el experimento de Martínez de Hoz, que llegó a utilizar a las entonces empresas estatales de servicios públicos como garantía de créditos externos, preludio para la destrucción y posterior privatización de esos valiosos activos. Deuda que se incrementó al absorber pasivos externos de grupos económicos, muchos de ellos autopréstamos. Deuda que se contabilizó, pese a que no había registros en el Banco Central que la certificaran. Deuda que canalizó subsidios a la banca acreedora asociada con grupos locales en planes de capitalización y privatización. Deuda que se instrumentó en varios bonos con el Plan Brady para reducir el riesgo de la banca internacional sin quitas significativas de capital. Deuda que se utilizó para sostener la fantasía de bonanza de la convertibilidad. Deuda que aumentó groseramente con el ruinoso Megacanje de la dupla Domingo Cavallo-Daniel Marx. Deuda que sirvió para financiar, en su última escala, la impresionante fuga de capitales con el consecuente corralito, que se resolvió en gran parte con más deuda.
No tener en cuenta esa historia, como se ignora en la propuesta que mañana a las 9 horas de la Argentina Roberto Lavagna presentará en Dubai a los acreedores defolteados, implica convalidar esa dinámica de saqueo. Perdiendo, una vez más, una oportunidad histórica para que no ganen siempre los mismos. No se puede revisar ese pasado dicen los economistas serios y los que no lo son. En verdad, ¿no se puede o no se quiere?

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