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Domingo, 29 de mayo de 2005

AGRO

La articulación entre campo e industria

 Por Susana Díaz


Una investigación del Cespa, el Centro de Estudios de la Situación y Perspectivas de la Argentina de la Universidad de Buenos Aires, realizada por Jorge Schvartzer y difundida esta semana, sobre la agricultura del Mercosur en el mercado mundial, posee la inmensa virtud en materia económica de separar la maraña de cifras positivas de corto plazo de las limitaciones estructurales de largo plazo. El trabajo reenfoca también un debate tan central como perenne de la economía argentina: la articulación entre campo e industria, debate que, en lo académico, entremezcla las “viejas” teorías de las ventajas comparativas y de stop and go y estructuras económicas desequilibradas. Al debate se suma también un factor recién llegado: el cambio tecnológico en el campo que, al transformar la producción primaria de vanguardia –mediante el paquete biotecnología más agricultura de precisión– en una actividad de alta tecnología, borraría las distinciones tajantes entre campo e industria.

La discusión se produce en un contexto en el que, al menos en los últimos veinte años, la producción agrícola, local y del Mercosur, registra aumentos significativos, generando divisas y contribuyendo al desarrollo de los países. El aporte de Schvartzer, que ya había sido insinuado por los primigenios trabajos de la Cepal y, en fecha más reciente y concentrándose en los aspectos financieros, por el economista José María Fanelli, es el señalamiento de las limitaciones estructurales de este desarrollo.

Limitaciones que, en esencia, se encuentran en el funcionamiento imperfecto de los mercados mundiales, donde las restricciones comerciales y los subsidios de los países centrales son norma; una realidad con fuerte impacto sobre los precios. El trabajo del Cespa se sustenta en el análisis de las variaciones de precios de los principales productos agrícolas: soja, maíz y trigo y algunos derivados.

En el caso de la soja, por ejemplo, destaca las “enormes fluctuaciones de corto plazo” dentro de ciclos de alzas y bajas de tres a siete años. Así, en el último cuarto de siglo, el precio osciló entre los 150 y los 350 dólares corrientes por tonelada, pero con subas de hasta el 70 por ciento en menos de un año (1981-82, 1988-89 y 2003-04) con caídas similares cuando los ciclos se invierten. Aunque con una variabilidad menor, la tendencia se repite en los restantes productos analizados. En el largo plazo y a dólares constantes se verifica otro fenómeno más preocupante, la marcada tendencia a la baja de los precios. El aceite de soja, por ejemplo, cae de 850 dólares por tonelada en 1984 a 160 en 2001.

La pregunta inmediata es qué nos dicen esas variaciones. El primer dato es que no guardan proporcionalidad con los cambios en la oferta y la demanda, lo que sugiere que la variación se multiplica en un mercado cuyo sesgo está dado por la interferencia de los países centrales, a pesar de la OMC, en especial Estados Unidos y la Unión Europea. El segundo punto es que semejante variabilidad genera riesgos de inestabilidad para los países donde estos productos, como en el caso argentino, son un componente central de las exportaciones, lo que acentúa los problemas emergentes de una estructura económica desequilibrada. Tercero, el “deterioro de los términos del intercambio”. Esto es, que la baja tendencial del poder de compra de las exportaciones de base agrícola continúa absolutamente vigente.

La conclusión del trabajo del Cespa es simple: “Los resultados que se observan contribuyen a instalar dudas sobre la ventaja de volver a poner sobre el tapete la antigua teoría de las ventajas comparativas sin efectuar, al menos, una serie de reparos previos a las hipótesis sobre mercados eficientes que subyacen en ellas”.

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