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Domingo, 5 de septiembre de 2010

ENFOQUE

Crisis neoliberal

 Por Isaac Grober *

Las medidas adoptadas en los países centrales para enfrentar la peor crisis de los últimos 80 años dan pie al menos a dos conclusiones: se buscó preservar el poder económico del capital financiero más concentrado –núcleo dominante del capitalismo mundial en la era del neoliberalismo– y, luego del estallido, esa rama de la estructura pudo retener el poder político, amén del económico, previo al de la crisis. Estas conclusiones no cambian por el hecho de que se adoptaran determinadas medidas regulatorias que, junto con las de salvataje a los bancos, se encaminaron a solucionar la problemática del sector financiero. Muy probablemente esta faceta del problema, lo financiero, antes o después, quedará resuelta. En cambio, siguen irresolutas las causas basales de la crisis que, en el caso de la Unión Europea, se profundizarán aún más.

En EE.UU., las explicaciones de la crisis se centraron en la liberalidad con que el sector financiero otorgó créditos sin la adecuada evaluación de la capacidad de repago de los deudores hipotecarios. Y también por la liberalidad de una operatoria que permitió ganancias espectaculares invirtiendo dinero con propósitos especulativos. Según el informe del Chicago Board of Trade, el monto total del mercado de derivados alcanzaba a principios de 2009 a los 480 billones de dólares, suma equivalente a ocho veces el PBI del planeta. De ese total, integrado por varios instrumentos financieros, se destaca el credit default swap, que en el 2000 tenía un mercado de un billón de dólares y pasó a 60 billones hacia fines de 2008, equivalente al PBI de la totalidad de los países del planeta.

La extensión y profundidad de la crisis se asoció a la falta de regulación y control sobre el negocio financiero, dejando a un lado la problemática de la insuficiencia de la demanda agregada por la injusta distribución del ingreso, la extensión de la pobreza y el desempleo. De ese modo el foco de atención lo pusieron en la magnitud del crédito relacionada con la solvencia del deudor y no en la necesidad de generar una sociedad de consumidores con trabajo y suficiente poder de compra. Como se sabe, sin consumo, sin suficiente demanda efectiva en relación con lo invertido como capacidad productiva, hay un punto en el que toda economía capitalista encuentra trabas para su funcionamiento normal. Así sea aquella que, como la norteamericana, tenga una moneda que aún sigue siendo unidad de cuenta y de reserva internacional, que le permite cubrir sus millonarios y sistemáticos deficits fiscales y de comercio exterior. Potestad que se transformó también en uno de los mecanismos para exportar su crisis al resto del mundo. Esta facilidad es la que, a diferencia de los países de la Unión Europea, le permitió sortear un ajuste y alimentar de liquidez al sistema financiero. El Departamento del Tesoro y la Reserva Federal aportaron 3,3 billones para la compra de los llamados activos tóxicos, el otorgamiento de facilidades y préstamos directos y aportes de capital a entidades financieras y a empresas y garantías para préstamos interbancarios.

Diferentes son las condiciones en la UE. Espacio sin suficiente integración política ni económica entre los países miembros, con importantes diferencias de productividad y de ritmos de inflación y sometidos todos a una gran restricción: país que adopta el euro, no puede devaluar. Han perdido la autonomía de la política monetaria y cambiaria.

También en esas naciones se desarrollaron el negocio financiero y especulativo, incluso con la participación de entidades de capital norteamericano y con parecidas liberalidades. De todos los países de la UE, probablemente el más paradigmático sea el caso de Grecia, debacle que se propagó a varios de los países miembros (España, Italia, Portugal, Islandia, Irlanda y del Este europeo). En la UE el “remedio” instrumentado se asentó también sobre el criterio de sostener, como en EE.UU., al sistema financiero, pero con el agravante –vía ajuste– de restringir el consumo popular y la inversión reproductiva que se ha desplegando por toda Europa.

Por eso son grandes las dudas de muchos analistas respecto de las posibilidades de superar la crisis por esa vía. Más aún, sospechan que más de uno de los países se verá obligado a abandonar el euro como moneda. Pero el sistema, con esta realidad, no tiene perspectivas favorables para un funcionamiento con positividad progresiva. Se suma a ello la eventual reacción de movimientos populares, bastante poco activas al presente en el Primer Mundo, salvo excepciones. Pero cabe interrogarse qué pasará cuando se ahonden los efectos del ajuste en marcha y se vayan agotando los subsidios a la desocupación, que en Europa son significativos, pero limitados en el tiempo. Se abre aquí un panorama imposible de predecir porque también puede interrelacionarse con sucesos políticos de otras partes del mundo. Y también está la eventual reacción del gran capital. En un mundo de vertiginoso desarrollo científico y tecnológico, con agotamiento de determinadas materias primas y fuentes de energía, con la avidez por garantizarse nuevas fuentes de aprovisionamiento; con necesidad de incrementar la demanda agregada frente a un capital excedente y hasta ocioso que busca recuperar el nivel de la tasa de ganancia, no deberían descartarse los riesgos de guerra, medios a los que recurrió el gran capital para enfrentar y superar la crisis de 1905 y la que sobrevino después del crac del ‘29. Aunque en las condiciones actuales difícilmente pueda pensarse en conflictos de envergadura mundial, no se debería desestimar la aparición y repetición de conflictos locales, regionales que respondan a una necesidad similar.

Por eso vale resaltar el valor de lo político, de la lucha y unidad por los objetivos del campo popular, asumiendo la conciencia de que en sus manos está la posibilidad de torcer a su favor los conflictos del presente y los que se avecinan

* Contador público y magister en Economía. Miembro del Consejo Editorial de la Asociación Civil-Cultural Tesis 11.

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