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Domingo, 6 de mayo de 2012

ENFOQUE

Clima de época

 Por Claudio Scaletta

El pensamiento endogámico no es buena cosa. Casi siempre resulta recomendable y enriquecedor considerar los argumentos del otro; del adversario de las propias certezas. “Casi”, porque el riesgo, en el escenario público de Argentina 2012, es que esta apertura sólo redunde en debate estéril, en un mero intercambio de consignas; no de ideas.

Un ejemplo fue la polémica sobre la reciente recuperación de YPF. Frente a un problema económico extremadamente concreto, la pérdida del autoabastecimiento de combustible y la amenaza de que ello condujera a una restricción en el balance de pagos, el debate de fondo era si la gestión pública sería capaz de conseguir lo que la privada no consiguió o, dicho por la negativa, si el mantenimiento de una gestión privada en la principal petrolera del país sería capaz de resolver el problema que se proponía superar.

Este debate nunca se dio y la pregunta jamás fue contestada por los defensores de la empresa privada. No se demostró ni se aportaron cifras para justificar que la gestión privada podía constituir una alternativa superior y, en consecuencia, debía rechazarse la expropiación.

El primer argumento fue lo que quizá constituya una de las zonceras más empedernidas de la historia económica local, aquella que sostiene, vagamente, la importancia de estar o no estar “en el mundo”, el “cómo nos ven” desde el exterior como certificación de cómo van las cosas al interior. Todo sin aclarar que en el cenit de la torre del panóptico global se encuentra el poder económico extranjero. La zoncera de que la política local debe agradar al poder extranjero. En esta línea, la prensa hegemónica se convirtió en un verdadero clipping de la extranjera. Para quien alternaba entre los portales españoles y los locales era difícil, a primera vista, saber cuál era cuál. En los titulares locales se traslucía hasta un cierto regocijo frente a la profundización de la algarada española o frente a las amenazas de cualquier funcionario de cuarto nivel de algún organismo internacional. Es más, la prensa extranjera empezó a bajar los decibeles antes que la local. En México, fue la propia Cámara de Diputados la que llamó al orden al presidente de la República, Felipe Calderón, completamente desatado en defensa de los intereses de Repsol y en la semántica antiargentina. En España, hasta el gobierno derechista comenzó a darse cuenta que se estaba disparando en un pie, tanto por la sorpresa de su soledad internacional, como por la puesta en riesgo de las cuantiosas inversiones de sus multinacionales de servicios públicos y financieros, la mejor herencia de su ciclo posfranquista. Pero mientras se argumentaba que Argentina quedaba fuera del mundo, las recriminaciones internacionales disminuían aceleradamente y la profecía de los nuevos parias globales no tardaba en sumarse a la larga lista de las incumplidas.

El segundo argumento fue la idea de que la culpa no fue de Repsol, sino del propio Estado argentino, quien habría incurrido en déficit de regulación. Este razonamiento tiene algunas aristas atendibles. El Estado nacional cometió algunos desaciertos. El principal, haber favorecido el ingreso del grupo Eskenazi a la compañía, pero, otra vez, esto puede ser una crítica al Gobierno, pero no un argumento a favor de la continuidad de los privados.

El tercer argumento fue el de los ex secretarios de Energía, un grupo de lobistas mayormente impresentable, no sólo porque carecen de gestiones exitosas cuando ocuparon la función, sino porque entre ellos se encuentran testigos contra la Argentina en el Ciadi y, para coronar, quien fuera secretario de Industria en la etapa de mayor desindustrialización de la historia. Estos antecedentes deberían inhibirlos de ser referentes de opinión, pero no se trata de callar a nadie. El argumento principal de los ex secretarios fue el más consistente en defensa de la empresa privada. Palabras más, palabras menos, sostuvieron que la actual situación de déficit estructural se debió a que las empresas privadas no pudieron recibir el precio pleno internacional, lo que afectó el proceso inversor. Aunque el argumento parece satisfacer la lógica microeconómica estática, no responde a una pregunta clave: ¿por qué el sector no se desarrolló hacia su potencial en los tiempos de precios plenos y completa liberalización, cuando lo que hicieron fue secar los pozos? Dejando de lado que la propuesta de energía a cualquier precio es incompatible con el modelo de desarrollo con inclusión, la historia, a medida que se conozcan más detalles de la gestión de Repsol, difícilmente los absolverá.

Otro grupo de argumentos casi no vale la pena ser reseñado. Se trata de la perimida cháchara de la ortodoxia. La seguidilla de zonceras sobre el clima de negocios, la confianza de los inversores y el voto de los mercados. El mejor contraargumento no es más que el crecimiento de la economía local desde 2003 a la actualidad, cuando ninguno de estos “factores de calidad” estuvo presente, pero se consiguió en cambio el ciclo de expansión del Producto más intenso y consistente de la historia argentina.

Por último un detalle sobre los modos. No fueron pocas las señoras que gritaron su indignación por la rápida toma del edificio de YPF. Hasta se habló de que Sebastián Eskenazi no pudo terminar su almuerzo y, en el paroxismo del abuso, el plato fue deglutido por un militante de La Cámpora. El contraargumento lo brindó Evo Morales, que tras anunciar a España la “nacionalización” de una red eléctrica, mandó al Ejército para asegurar la recuperación.

Lo que entonces demostró la histórica votación a favor de la expropiación de YPF no fue sólo el cambio de clima de época de la política nacional, sino también la profunda soledad y la pobreza argumental de la representación política del poder corporativo

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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