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Domingo, 28 de febrero de 2010

E-CASH DE LECTORES

CARNE

Estoy tan pasmado e indignado como todos los argentinos con los brutales aumentos del precio de la carne. Es un zarpazo descarado y vergonzoso al bolsillo de todos nosotros aprovechando una necesidad tan básica como la de alimentarse. Pero reflexionando un poco, no estoy tan seguro de tener derecho a tanta indignación. Para que la carne llegue a nuestro plato debe pasar por varias etapas en su producción. Desde la cría, el engorde, luego su transporte al frigorífico, su faena y finalmente su distribución a las carnicerías. Todo este proceso está dirigido y administrado por miles de empresarios de variable tamaño a los que no los mueve el afán de alimentarnos sino otro muy distinto: la obtención de ganancias. Y debe recordarse que cuando hablamos de ganancia siempre hablamos de la máxima ganancia posible. Nunca se ha visto un empresario atosigado por las ganancias excesivas. Y la máxima ganancia posible se obtiene vendiendo al máximo precio posible. Por lo que fácilmente podemos concluir en que esta estructura de producción y distribución abocada a la obtención de ganancia empresaria está funcionando espléndidamente. Por el contrario, todos aquellos factores que, siempre transitoriamente, generan una baja en el precio de la carne son elementos extraños que enturbian y pervierten el buen funcionamiento del sistema. Esto es válido para cualquier otra necesidad humana básica de la que tratemos. Lo que me hace dudar de mi derecho a la indignación es la siguiente pregunta: ¿Por qué los argentinos confiamos la satisfacción de una necesidad tan básica a una estructura que no está destinada a ese fin sino justamente a la explotación de ésta para la producción de lucro empresario? ¿Estamos de acuerdo en que para tener un pedazo de carne en nuestro plato debemos sostener estilos de vida ostentosos, propiedades en Punta del Este, autos de cincuenta mil dólares, viajes a Miami, etc.? ¿No es hora ya de que los argentinos construyamos y de-

sarrollemos instituciones abocadas a la producción y distribución de los bienes y servicios básicos para la vida que satisfagan nuestras necesidades básicas (alimento, salud, educación, vivienda) brindándolos a precios de acuerdo con sus costos reales? Instituciones que pueden recibir ayuda del Estado, por supuesto. Pero que ante todo deben ser construidas y desarrolladas por nosotros mismos como una forma de organización social superadora de este capitalismo descarnado que hoy vivimos. Mientras tanto, recordemos que quien sigue acostándose con chicos seguirá amaneciendo mojado.

Juan Pablo Fernández

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