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Domingo, 20 de enero de 2008

CONTADO

Lejana recesión

 Por Marcelo Zlotogwiazda

La revista británica The Economist goza de tanto prestigio que se puede dar el lujo de elaborar sus propios índices de precios para las commodities, y también se permite dar rienda suelta al ingenio para crear e imponer indicadores más originales como herramienta para el seguimiento y evaluación de variables claves. Por ejemplo, son los autores del ya famoso índice Big Mac, que se sirve de la comparación internacional del precio de esa hamburguesa como aproximación acerca de si la moneda de un país está sobreapreciada o subvaluada.

Mucho menos conocido es el índice R-word de esa misma publicación, que tiene como función ser una alarma que advierta sobre la llegada de una recesión a los Estados Unidos. Su confección es muy sencilla: se trata de contar la cantidad de veces que en cada trimestre aparece la palabra “recesión” en artículos de los diarios The New York Times y The Washington Post. Se jactan de que “esa simple fórmula señaló con precisión el principio de las recesiones de 1981, 1990 y 2001”. El índice R-word venía en niveles muy bajos hasta que comenzó a subir en la segunda mitad de 2007 y el alza se hizo aún más empinada en lo que va de este año. “De continuar a este ritmo, el primer trimestre de 2008 llegará a un nivel similar al que predijo la crisis de 2001.”

La R-word está tan de moda que hasta da lugar a bromas. Hace diez días le preguntaron al vocero de George Bush sobre la declaración que había realizado la candidata demócrata Hillary Clinton respecto a que la “economía va rumbo a una recesión”, a lo que Tony Fratto respondió “no conozco a nadie que esté prediciendo una recesión”. El muy mediático y respetado economista Paul Krugman le salió al cruce diciendo “yo conozco a una enorme cantidad de nadies”.

Lo cierto es que son cada vez más los que están pronosticando una recesión. Según un habitual relevamiento de The Wall Street Journal, entre medio centenar de especialistas, la chance de que eso suceda subió de 23 por ciento hace seis meses, a 38 por ciento el mes pasado y a un actual 42 por ciento. Y por más que la definición convencional señala que existe recesión cuando el Producto Bruto cae dos trimestres consecutivos, no son pocos los que omiten esa formalidad y, pese a que todavía no hubo ni un trimestre negativo, ya dan la recesión por iniciada. Por citar uno, Nouriel Roubini escribió días atrás en su influyente blog que “Estados Unidos ha entrado efectivamente en una seria y dolorosa recesión”.

Los ingredientes que abonan el pesimismo afloran con velocidad acelerada. Está toda la secuela directa de la pinchadura de la burbuja inmobiliaria: se calcula que la caída en los precios de las viviendas destruyó riqueza por más de 2 billones de dólares con su consecuente impacto negativo en las decisiones de consumo y endeudamiento familiar; la restricción en la oferta de crédito; la megacrisis bancaria. A lo que se suma el alza del petróleo, y recientes datos sobre caída en la inversión, aumento considerable en el desempleo y disminución en el nivel de ventas. Para colmo, el simultáneo aumento en la inflación complica la aplicación de medidas estimulantes de la demanda y potencia las expectativas desfavorables.

La respuesta a la cuestión de cómo puede verse afectada la Argentina depende, obviamente, de la dimensión que alcance la recesión, si es que finalmente se concreta. De todas maneras, el antecedente de lo fácil que resultó atravesar las turbulencias de hace unos meses cuando explotó la crisis inmobiliaria, y una serie de fortalezas y particularidades de la macro local llevan a pensar que, a menos que haya un escenario internacional catastrófico, el daño sería muy bajo, si es que hay alguno.

Entre otras varias, hay que tener en cuenta el elevado nivel de reservas, la poca necesidad fiscal de endeudamiento, la escasa presencia de fondos externos especulativos, la acotada importancia de Estados Unidos como destino de las exportaciones (menos del 10 por ciento) y, en contraste con esto último, la elevada dependencia que existe de la demanda de commodities por parte de países que, comenzando por China, seguirán creciendo a tasas altas.

A propósito, el índice de precio de las commodities de The Economist muestra un aumento del 28,4 por ciento el último año, que en el caso de las materias primas alimenticias trepa al 49 por ciento. Un punto menos arrojó el salto anual en el índice de materias primas que elabora el Banco Central.

Podría darse incluso que la recesión estadounidense agudice la depreciación del dólar, lo que arrastraría a una devaluación del peso frente al resto de las monedas. No estaría nada mal, considerando que el aumento de precios internos está deteriorando la competitividad de un dólar que está quieto. Como síntoma, el aumento de los últimos meses llevó al Big Mac a 9,75 pesos, un precio que a la cotización vigente se equipara al de un McDonald’s de Estados Unidos. En otras palabras, según el índice Big Mac el peso dejó de estar subvaluado.

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