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Domingo, 27 de marzo de 2005

Historias de una industria que fue

“Era otra Argentina”

Hector Fernandez de Paraguas Fox

El negocio de Héctor Fernández (57 años) huele, en pleno centro, a humedad y nostalgia de tiempos mejores. Llegó a emplear más de 30 personas para la fabricación integral de paraguas –“en la época de mi viejo, en los ‘60”-; hoy sólo atiende el mercado de paraguas de golf y sombrillas publicitarios, que arma con insumos importados. En diálogo con Cash, Fernández reparte culpas entre funcionarios y colegas importadores. También niega –sin dudarlo– cuando se le pregunta si es posible que se recupere alguna vez la producción local de paraguas.

“Hasta 1991 se fabricaban en todo el país cerca de 250 mil paraguas por mes. Nosotros teníamos proveedores locales de armazones, telas, puños y nueces (punta del armazón), que ganaban muchísimo dinero, pero fueron cayendo uno por uno en poquísimo tiempo”, recuerda el empresario. “Después entraron en un solo año 14 millones de paraguas de China. Eso es lo que me dijeron en la Secretaría de Industria, porque en realidad la Aduana registraba esas importaciones por peso y no por unidad, así que seguramente fueron más.”

De unos cuarenta pequeños y medianos fabricantes que había a principios de los ‘70, sólo quedan hoy dos armadores. Fernández compra paraguas importados de China a los que les saca la tela original para reemplazarla por la estampada con la publicidad que le piden las empresas. Esa tela impermeable –la misma que se usa para camperas y rompevientos– se trae en rodillos desde Taiwan, porque también ese producto dejó de fabricarse en el país durante la década pasada. Lo único que se hace en Argentina es la impresión y la costura de la tela promocional al armazón, y sólo en los casos –contados– en los que alguna compañía elige esa vía para hacerse conocer. En general los paraguas llegan a las vidrieras y puestos callejeros tal como salen del contenedor.

“Nosotros estamos en este lugar desde hace 32 años, cuando mi papá se mudó con el negocio. Sobrevivimos porque el local es nuestro, si no hubiéramos quebrado. Para mantener el negocio tuvimos que vender auto, casa, departamentos. Hubo empresarios que la pelearon y al final se murieron de disgusto.” El dueño de Fox sigue evocando: “Era otra Argentina. Los productos importados eran para una minoría. Los paraguas nacionales duraban cuarenta años y pasaban de padres a hijos. Nosotros le hemos cambiado la tela cinco veces a un mismo paraguas. Ahora lamentablemente ya está instalada la costumbre de usar los paraguas de la calle dos o tres veces y tirarlos porque se rompen”.

“No pudimos hacer nada”

Domingo La Valle de Bujías Diol

En 1992, cuando Domingo La Valle (67 años) cerró la última fábrica de bujías que hubo en Argentina, se consumían unas 20 millones por año de ese producto. Cada uno se pagaba el equivalente de un dólar por unidad, lo mismo que valen hoy las que vienen de Brasil. La firma competidora de La Valle, radicada en San Luis, detuvo sus máquinas siete meses antes que él, agobiada por el atraso cambiario.

El empresario le había comprado la planta de Tucumán a la multinacional Bosch en marzo de 1988, luego de que esa firma decidiera dejar de producir en el país y despidiera a los 600 obreros que empleaba. En plena hiperinflación, La Valle empezó a trabajar con un plantel de casi 200 personas y llegó a exportar a Alemania, cuando el 90 por ciento del mercado local se abastecía de productos nacionales.

“Pero a pocos meses de lanzada la convertibilidad, el pedacito de acero argentino sin trabajar valía lo mismo que la bujía terminada en Brasil.Nuestros costos se ubicaron un 40 o 50 por ciento por encima de los brasileños y ya no pudimos hacer nada para mantener la fábrica funcionando”, se lamenta La Valle ante Cash. Ocho meses después de cerrar y despedir a todo su personal recibió una carta de la Secretaría de Industria: le avisaban que había avanzado su reclamo antidumping para frenar la competencia del gigante brasileño. El entonces secretario de la UIA, Manuel Herrera, recordó que “Cavallo tenía un amigo que hacía bujías en México y por eso todas nuestras gestiones para proteger el mercado de la importación iban directo a los cajones”.

Cuando le compró la planta a Bosch por 2 millones de dólares, La Valle firmó un contrato de provisión exclusiva que dejaba la distribución en manos de la multinacional. Así fue como se quedó sin su único cliente cuando se revirtió la ecuación de costos. Tras deshacerse de parte de los equipos y ante la obsolesencia de la mayoría, terminó por vender el galpón de Tucumán como depósito de azúcar a granel, el año pasado, en unos 900 mil pesos.

“Lo de los ‘90 fue peor que Martínez de Hoz. Con el Mercosur es casi imposible pensar en volver a producir bujías en Argentina, porque Bosch abastece a toda Latinoamérica desde sus plantas de Curitiba y San Pablo, con 6000 obreros”, explica La Valle. Según las estadísticas del sector, Bosch absorbe hoy el 70 por ciento del mercado local y el resto se lo reparten otros importadores.

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