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Domingo, 3 de abril de 2016

DEUDA Y CAPITALES

Aprender de la historia

 Por Alberto Müller *

El argumento central para cerrar el acuerdo con los buitres no aspira a ser original: restaurar la confianza para que los capitales vengan, la Argentina se reconecte con el mundo y llegue el crecimiento. Esta tesis merece una reflexión; si fuera cierta, la evaluación de los términos del acuerdo con los fondos buitre tendría que tenerla en cuenta. En definitiva, más allá de los conceptos involucrados, lo que está en juego es dinero en relación a la capacidad de endeudamiento de la Argentina.

No estamos además ni destruidos ni endeudados, y podemos razonar sin presiones.

En primer lugar, es una auténtica falacia afirmar que estamos “caídos del mundo”; machacar sobre este argumento -como se hace una y otra vez- no lo convierte en verdadero. Basta ver la clara predominancia del capital extranjero en las mayores empresas del país (350 sobre 500 son extranjeras); y si algo no hubo fue una huida de inversores en estampida, luego del default. Ni siquiera estamos fuera del mundo de las finanzas, algo que tranquiliza a algunos e intranquiliza a otros. Así lo muestra la reciente colocación de títulos al 9,4 por ciento por 1250 millones de dólares por parte de la Provincia de Buenos Aires.

Más allá de esta falacia, el tema de que los capitales “vengan” es una suerte de obsesión de la élite económica argentina. El propio presidente Macri dijo en 2014 que su “sueño” (sic) era lograr endeudarse a 40 años al 6%, como había logrado Perú. No deja de ser bizarro que se sueñe con endeudar a la Argentina, un país que ha atravesado un default de dimensiones inéditas.

El “sueño” de la elite dirigente argentina es ser como una empresa de primera línea, en cuya sala de espera los bancos hacen cola para prestarle; es así como se ha educado esta gente. Se trata en definitiva de hacer negocio con plata ajena, que es la ambición precisamente de todo empresario, dispuesto a aportar sus ideas, y no más que eso.

Pero si algo no falta en Argentina es capacidad de ahorro; y nunca el aporte de inversión externa representó una magnitud muy grande. Y la entrada de capitales no es virtuosa per se, si se pretende que apuntale un proceso de crecimiento. Hay quienes sospechan con fundamento que el “negocio” en definitiva es disponer de divisas para turismo emisivo y salida de capitales.

El tema central, sin embargo, es si realmente los capitales “vienen”, en función del arreglo de la deuda. Esto requiere aclarar algunos puntos.

En primer lugar, lo que la actual negociación sobre la deuda en default tiene por objeto es del 7,6 por ciento; lo que hizo la administración anterior fue solucionar el 92,4 por ciento, y esto seguramente da margen de maniobra. Lo cierto es que se parte de un piso de endeudamiento muy bajo, porque se canceló capital, y porque parte de la deuda emitida en canje se ha tornado deuda dentro del sector público.

En segundo lugar, los antecedentes crediticios de la Argentina hacen que las calificadoras de riesgo no puedan tratarla con la misma suavidad que a Perú, por caso. La financiación seguirá siendo costosa. A esto se agrega que esta negociación no extingue el default, porque quedan todavía otros acreedores; y la “doctrina Griesa” respecto del pari passu no permite incluirlos compulsivamente en este arreglo. Seguirá el default hasta que se logre que la última patrulla perdida de bonistas acceda a canjear sus bonos, algo que nadie sabe cuándo ocurrirá. ¿Irá nuevamente NML o algún otro buitre a la carga? La justicia supuestamente brinda previsibilidad a los agentes económicos; pero en este episodio ha sido todo lo contrario. Y nadie puede apostar - como muchos han señalado - a que un juez futuro no quiera pasar a la inmortalidad con algún fallo abstruso, que resulte además ejemplificador para un país que ha osado caer en default.

O sea: seguiremos siendo un país al que se le presta caro. Y cuidado con esto, porque en el mundo de las finanzas es señal de insolvencia. Hay una posible profecía autocumplida: prestan caro por riesgo de insolvencia, y los intereses cobrados pueden conducir a la insolvencia.

Lamentablemente, este argumento central se ha perdido. Los críticos han preferido poner el acento en la ganancia de los buitres, que no es el punto principal.

Ahora bien, ¿vendrán los capitales? El período de la Convertibilidad ha sido nefasto. Pero es útil para entender qué pasa en un escenario similar al que pretende conducirnos el Gobierno, a partir del arreglo con los fondos buitre. Si ni siquiera se aprende de ese período, la experiencia habrá sido inútil: se chocará una vez más con la misma pared.

Nos dirán que “esta vez es diferente”. Pero esto se dijo ya otras veces. Y desde que la Argentina decidió priorizar este tipo de argumentos, simplemente no creció, como sí pudo hacerlo décadas atrás, en otro contexto y con otras convicciones.

* CESPA-FCE-UBA

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