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Miércoles, 11 de junio de 2008

TEATRO › SANTIAGO DORIA, PERSONALIDAD DESTACADA DE LA CULTURA

“Yo intento inculcar amor”

El actor y director recibió una distinción de la Legislatura porteña, mientras ofrece en el Teatro Cervantes una puesta de Chúmbale, una obra que a pesar de haberse escrito en 1971 “no tiene tiempo”, afirma.

 Por Cecilia Hopkins

Director, actor, autor, titiritero y docente, Santiago Doria recibió hace pocos días en la Legislatura porteña una distinción que lo declara Personalidad Destacada de la Cultura. “Cuando uno es joven cualquier actividad, por pequeña que sea, figura en el currículum; en cambio hoy, ya no sé cómo sintetizarlo”, admite. Su formación artística comenzó en su adolescencia con la actriz Maruja Gil Quesada, pero con la ilusión de ofrecerse como apuntador, a los 14 años recorría todos los bares aledaños a la plaza Congreso y visitaba los sótanos donde ensayaban los grupo de teatro vocacional. Pero fue más adelante, mientras hacía la conscripción en un regimiento de Junín de los Andes, cuando determinó que al volver a Buenos Aires se dedicaría de lleno al teatro. “Si alguno de mis padres se desmayó al recibir la noticia, a mí nunca me lo contaron –bromea–. Quería hacer del teatro un estilo de vida. Pero claro, mi familia hubiese querido lustrar una chapa de abogado. Con el tiempo tuvo que abandonar esa idea y empezar a recortar los diarios, cada vez que salía mi nombre.”

Hace pocas semanas, Doria concretó un proyecto que venía persiguiendo desde hace varios años: la puesta de Chúmbale, de Oscar Viale, que hoy puede verse en el Teatro Cervantes, con un elenco integrado por Alejo García Pintos, Eleonora Wexler, Graciela Pal, Roly Serrano, Silvina Bosco y Marcelo Mininno. En realidad, ya había estrenado la obra hace cuatro años, aunque en formato de semimontado, a beneficio de la Casa del Teatro. Escrita en 1971, la pieza transcurre en el seno de una familia presidida por un padre inflexible y autoritario que acusa a su yerno de querer apropiarse de la casa, todo por el simple hecho de reclamar un mínimo de privacidad, amén de querer cambiar el color de las paredes de su habitación. Sobre este último asunto, una de las dos hijas es más entusiasta que la otra, en tanto la madre oficia de componedora. El hijo policía, en cambio, no ve con buenos ojos que algo cambie en ese hogar, acostumbrado a tolerar la prepotencia de sus superiores. “Viale decía que escribía para divertir y conmover, y ésa es una fórmula válida para todos los tiempos”, opina el director.

–¿Cuál fue su primer éxito?

–Sucedió a mis 28 años, con Orquesta de señoritas, de Jean Anouilh, una experiencia me dio un amplio conocimiento del oficio y el medio teatral. Recorrimos 92 ciudades en España, la temporada duró 7 años, pasamos las 3000 representaciones. Alrededor de los ’80 me volqué a la dirección. De esa etapa es A río revuelto, ganancia de pescadores y una versión de La pucha, también de Viale.

–¿En qué radica la actualidad de Chúmbale?

–Apenas limpié el texto de ciertos datos que hoy podrían distraer. La hipocresía que vive esta familia, que le da mayor importancia a una lata de pintura que a una violación... eso no tiene tiempo. Por otra parte, escuchar hoy, que se habla tanto del problema del campo, que un personaje afirme que la propiedad sobre la tierra y sobre las cosas no existe, es muy contundente. Enzo es el antihéroe, el hombre común que tiene rebeldías adentro que, aunque no entiende del enfriamiento de la economía, la cotización del dólar o la inflación, sabe cuándo algo no está bien. Gente como ésta hay muchísima.

–Viale, a partir del retrato de una familia, quiso hablar de política. ¿No lo cree así?

–Todo creador, sea dramaturgo, actor, director o escenógrafo, crea a partir de una idea. Lo interesante es la cantidad de ideas que pueda provocar en el espectador. Ese puente imaginativo que se extiende entre el actor y el público hace que la gente compre su entrada para sentarse a jugar. Cada persona, como hombre político que es, escucha en función de lo que tiene adentro suyo. Y allí aparece la metáfora. Pero nadie escribe metáforas, ni las actúa, ni las dirige: la metáfora es el producto interno que se da en ese ida y vuelta.

–Pero de todos modos, la metáfora existe...

–Pero claro. Enzo es un ser puro, sabe que hay algo más, pero no tiene los medios intelectuales para llevar a cabo su revolución. El quiere tener adictos. Tal vez, los Enzos de principios de los ’70, cuando se escribió esta obra, hayan sido las primeras víctimas de la dictadura. Pero por haber hablado de más. Enzo defiende sus derechos, pero está muy solo.

–¿No cree que la obra se refiere a la situación de la izquierda en aquel momento?

–Sí, claro. Allí se habla de cómo uno se puede quedar solo, defendiendo una utopía que no termina de producirse.

–¿Por qué sonríe Aída, al finalizar la obra?

–El padre tiene una visión de la historia propia de la derecha. Que su hija sonría hacia el final crea una visión de esperanza. En la medida en que puedo me gusta plantear una esperanza, porque significa que algo se consiguió. Ya no va a ser lo mismo, hubo un cambio, algo pasó. Tal vez Enzo salga a la calle y otros cafeteros se unan a él. Viale escribió esta obra como una comedia, la resolvió como si fuera un sainete y la terminó en un grotesco. Y esto hace que la risa deje paso a la conmoción y luego, al análisis. El espectáculo, si da para la discusión, ha movilizado, ha producido algo.

–¿Cómo vive este momento político?

–Hay presiones que uno no puede dimensionar, que no las entiende, porque nos superan. A la política yo la veo un día bien y otro mal, como el tiempo. Me parece que la gente de la calle está harta de muchas cosas. No entiende cuáles son las causas de muchos problemas y esto decepciona. Hay una suerte de testarudez pero en democracia. Me parece que hay muchos Enzos dando vueltas.

–¿Cómo es como docente, qué inculca en sus alumnos?

–La docencia es una de mis vocaciones. Desde chico tuve la necesidad de trasmitir todo lo nuevo que iba aprendiendo. Fui maestro de escuela, dicté historia y literatura, en el secundario, en la universidad dicté talleres de teatro. Intento inculcar amor y rigurosidad por aquello que se hace. Pero enseño disimulando, sin que el otro se entere demasiado que está aprendiendo. Así también es como dirijo. Sin imponer lazos, soy muy paternal y me gusta armar familias y no grupos de trabajo o elencos.

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Santiago Doria “quería hacer del teatro un estilo de vida”, y lo consiguió.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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