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Domingo, 5 de octubre de 2008

TEATRO › SEPTIMO ENCUENTRO DE TEATRO COMUNITARIO

“La idea es que la gente vuelva a ocupar la calle”

En La Boca se realizará hoy la apertura oficial de esta fiesta teatral que crece año tras año. Los directores Edith Scher, Alejandro Schaab, Agustina Ruiz Barrea y Ricardo Talento forman parte de una experiencia que estimula la integración a través del arte.

El teatro está de fiesta. Sin hermetismos, modas ni pretensiones vanguardistas y con muchísimo trabajo, diferentes búsquedas estéticas y un anclaje directo en la comunidad que lo genera. Es que el Séptimo Encuentro de Teatro Comunitario tiene como protagonistas a mil quinientos vecinos–actores de todas las edades, porteños, del interior del país y de Montevideo. Son treinta grupos que pondrán en escena a lo largo de todo un mes sus vivencias, su visión del mundo, sus anhelos y frustraciones en plazas, calles, galpones y espacios culturales de la ciudad. La apertura oficial es hoy al mediodía, desde las 12, en la plaza Islas Malvinas del barrio de La Boca (Caboto y Arzobispo Espinosa), allí donde en 1983 surgió el Grupo de Teatro Catalinas Sur, elenco fundacional del teatro comunitario. Para festejar su 25º aniversario, habrá un desfile multitudinario de más de quinientas personas, una función del clásico Venimos de muy lejos (sobre los inmigrantes que llegaron al sur de la Capital, con sesenta actores en escena, música, canciones y grandes muñecos), y la realización en vivo de un mural colectivo coordinado por el artista Omar Gasparini, entre otras actividades.

Esta nueva edición, organizada por la Red Nacional de Teatro Comunitario, da cuenta del crecimiento del movimiento, ya que es la primera vez que abarca cuatro semanas y ocupa veinticuatro sedes. La oferta incluye veintinueve obras (todas “a la gorra”, salvo las que se presentan en las salas del Grupo de Teatro Catalinas Sur y el Circuito Cultural Barracas), charlas, talleres, seminarios, exposición de fotografías y proyecciones audiovisuales. Una gran oportunidad para zambullirse en el corazón de un movimiento nacido de la convicción de que el arte no es para pocos, sino que es un derecho de toda persona a ejercerlo y a devenir un agente activo, no un mero receptor. Además, se podrán conocer las nuevas generaciones dedicadas a este arte integrador, surgidas casi todas tras la crisis del 2001, y herederas de la tradición creada por Adhemar Bianchi con Catalinas Sur y por Ricardo Talento, fundador en 1986 del grupo Los Calandracas y en 1997 del Circuito Cultural Barracas.

“Lo nuestro es sin dudas una actividad desmesurada. Desde la autogestión y con el apoyo de algunas instituciones llegamos a producir un encuentro tan amplio, que dura tantos días y que recibe invitados del interior y del Uruguay. Los alojamos en nuestras casas... Es una verdadera emoción. La sola organización del evento implica la creación de una red social que lo sostiene”, asegura Edith Scher, 41 años, música y directora del grupo Matemurga, creado en el 2002 y cuyo primer espectáculo La caravana, una historia de la resistencia a partir de canciones de protesta de distintas épocas y países, tuvo una amplia repercusión y hasta se convirtió en disco. Ahora, los cincuenta vecinos que integran el elenco de Villa Crespo estrenarán Zumba la risa, sobre una comunidad que perdió la risa genuina, cuestionadora, “que cree reír cuando en realidad carece de su poder transformador y es sólo una risa conquistada”. El espectáculo tiene tres partes, tres versiones de lo que pasó una noche en un barrio, cuando todos se reúnen para una foto y el fotógrafo descubre la falsedad del gesto. A Agustina Ruiz Barrea, 30 años, directora de Los Pompapetriyasos, de Parque Patricios, el teatro comunitario le cambió literalmente la vida. Era docente de teatro hasta que vio, en el 2002, una función de Venimos de muy lejos en el marco de la Carpa Cultural Itinerante, en Pompeya, donde ella enseñaba. “Ellos nos propusieron armar un grupo en el barrio y me animé a dirigirlo. Me mudé de Caballito a Parque Patricios, me casé con un vecino del barrio y hoy tenemos un hijo”, cuenta la entusiasta artista que llegó a dirigir a setenta vecinos de diferentes edades. Ahora, junto a su hermano Esteban, director musical, ofrecerán Visita guiada y ¡Extra, extra! Preguntas que dan vueltas, dos propuestas sobre el espacio público, su degradación y las posibilidades de recuperarlo. Personajes del barrio, historias y mitos olvidados recobrarán vida en el Parque Ameghino, en el cuerpo y la voz de treinta y cinco jóvenes vecinos.

También en el 2002 nació Alma Mate, en Flores, en pleno clima de asamblea popular y murga. “Al comienzo éramos sólo diecisiete personas y a los tres meses ya mostramos en la plaza nuestro primer trabajo: Promesas rotas”, recuerda el director Alejandro Schaab, sobre la obra que cruzaba ilusiones amorosas con la amenaza real de transformación de la plaza del barrio, en pleno menemismo, en un centro comercial. Ingeniero de profesión, Schaab comparte la dirección del grupo con la actriz y clown Ana Laura Kleiner, y un director musical, con quienes dará a conocer Fragmento de calesita, una pieza metafórica interpretada por más de cuarenta vecinos y que ilumina uno de los aspectos más dolorosos del barrio: la exclusión social, la posibilidad o no de compartir un determinado espacio y de integrarse.

–¿Qué expectativas tiene con este séptimo encuentro?

Alejandro Schaab: –Es la primera vez que dura un mes, se va a hacer en muchos barrios simultáneamente y va a tener una mayor visibilidad. Es una posibilidad distinta de poder contar la propia historia, cada año con más apoyo del propio barrio. Los clubes, las escuelas, la iglesia te abren las puertas, te permiten ensayar cuando llueve. Sin dudas, el encuentro nos fortalece, nos ayuda a acercarnos a nuestro objetivo mayor: que la gente vuelva a ocupar la calle, que el espacio público deje de ser un lugar de tránsito.

Agustina Ruiz Barrea: –Es una manera de poner en palabras y en escena muchas cosas que pensamos. Es la posibilidad de interrogarnos en qué barrio queremos vivir, qué nos gusta y qué no, qué nos pertenece y qué no. Cada vez hay más gente que participa de la movida y así se potencia una forma de acción concreta sobre la realidad, de movilizar al otro, de generar sentido.

Edith Scher: –Y también es la posibilidad de llegar a más gente, no sólo a la comunidad de tu barrio. Nosotros nos esforzamos muchísimo por decir ciertas cosas arriba del escenario, y que ese esfuerzo lo vean otros es muy bueno.

–¿Cómo es el trabajo con elencos tan numerosos?

E. S.: –Se trabaja con una diversidad de edades, de gustos, de estéticas, con el aporte de todos. Y es a partir del consenso que tratamos de producir una propuesta poética. Las diferencias se mantienen: me importa que cada vecino pueda construir su personaje desde su singularidad, y que alcancemos una mirada poética sobre la realidad porque la calidad artística es un punto importante. Pero no es nada fácil ni color de rosa. Hay rasgos culturales y no naturales que entran en juego: el aislamiento, la desconfianza, el sálvese quién pueda... Cosas que aparecen cuando te ponés a trabajar en grupo. Pero en función de la construcción de algo colectivo, esas mezquindades y limitaciones van quedando de lado.

A. R. B.: –Sin música, este tipo de teatro es casi imposible. Porque la música te permite tener un ritmo en común, además de que la dirección y la dramaturgia tienen otra especificidad porque el foco está puesto en contar, en comunicar, en generar sentido en los otros. Para mí fue un cambio muy importante porque antes me movía en circuitos teatrales más intelectuales. A nivel interno, del propio elenco, es un gran trabajo: recuperar el diálogo, aprender a discutir, a ponerse de acuerdo sin destrozar al otro.

A. S: –Desde un punto de vista espacial, trabajamos en la plaza salvo cuando llueve. Ensayamos, probamos escenas, fragmentos de obras. Todo está a la vista, no hay misterios, los vecinos ven la cocina teatral en vivo. El vínculo es directo. Por otro lado, hay una fuerte movilidad en este tipo de elencos: muchos dejan por un tiempo porque tienen hijos o por estudios, y más tarde vuelven. Son grupos dinámicos.

–¿Por qué se dedican al teatro comunitario?

E. S.: –Llegó un momento en que me di cuenta de que algo del curso de las cosas puede moverse, puede modificarse. Esta posibilidad de transformar la realidad, de plantear otras opciones posibles le da sentido a mi vida.

A. R. B.: –Es una manera de intervención directa, de plantearnos en qué tipo de comunidad queremos vivir y qué podemos hacer al respecto. En Patricios, por ejemplo, hay muchos clubes abandonados y pudimos ayudar a la recuperación del Atlético Piraña.

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Los directores, caras visibles de un proyecto que aglutina a 1500 vecinos–actores de todas las edades.
Imagen: Rafael Yohai
 
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