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Viernes, 6 de marzo de 2009

TEATRO › COMIENZA LA TERCERA EDICION DE OPERAS PRIMAS

Frente a una primera obra

Lucía Panno, Alejandro Cervera y Anahí Martella encaran su primer trabajo de realización en el ciclo Operas Primas del Centro Cultural Ricardo Rojas, creado para que artistas de distintas áreas den el salto a la nueva disciplina.

 Por Vanina Redondi

El Centro Cultural Ricardo Rojas empieza su temporada de teatro con la tercera edición del ciclo Operas Primas, un encuentro que reúne a artistas que debutan como directores y, en ocasiones, como dramaturgos. En 2009 se convocó a tres profesionales con perfiles y experiencias muy distintos. La joven artista Lucía Panno escribió y dirige Rocío, la obra que hoy abre el ciclo. Terminó la carrera de Dramaturgia en EMAD el año pasado y pasó por varias instituciones y profesores en su formación como actriz y directora. Alejandro Cervera, por otro lado, es un coreógrafo con décadas de experiencia que creó espectáculos para compañías de la talla del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín y el Ballet Estable del Teatro Colón. En este primer encuentro con el teatro, Cervera presentará en abril y mayo Justo en el vacío, del dramaturgo y director argentino Román Podolsky. Finalmente, en mayo y junio llega el turno de Anahí Martella, una famosa actriz que cuenta con 30 años en escena, pero recién ahora tomó la batuta de directora. En sus manos está Resplandor, la obra de Héctor Levy-Daniel que en 2005 ganó el concurso Historias bajo las baldosas, organizado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Aunque Rocío se estrena hoy, esta obra ya recorrió varios lugares y modalidades de la mano de su creadora, Lucía Panno. La primera versión formó parte de una serie de encuentros llamados “Suiza”, donde un grupo de dramaturgos se reunía sábado de por medio a presentar y observar pequeños actos de 15 minutos. “Me pareció una buena manera de probar mi trabajo. Tenía la idea de que dirigir una pieza requería muchísimo esfuerzo e implicaba demasiadas dificultades, pero sentí que en el ciclo Suiza no tenía por qué temer que la presentación no funcionara. La obra salió bien y la volví a armar en una fiesta de amigos, pero en el medio de todo esto escribí un mail a Matías Umpiérrez (el coordinador del área de teatro del Centro Cultural Rojas) contándole de este trabajo. Como resultado se presentó en el ciclo Panorama Work in Progress de 2008. Rocío se fue mostrando en varias instancias a medida que iba tomando forma”, detalla Panno.

En el currículum de esta artista también figuran la poesía y el dibujo. Participó en talleres de escritura durante varios años y viene de una familia donde la mamá y el hermano se dedican a dibujar. “Durante mucho tiempo mantuve por separado la poesía y el teatro, pero estas actividades se unieron cuando me metí en el mundo de la dramaturgia. En un determinado momento todos estos aspectos se fueron juntando. Incluso mi costado pictórico se fue amalgamando al empezar a dirigir, porque me gusta pensar las escenas a la manera de un artista plástico”, comenta.

Alejandro Cervera, actual coordinador del área de danza del Centro Cultural Ricardo Rojas, es uno de los coreógrafos más reconocidos de la escena local. Su vasta carrera lo llevó a una enorme variedad de lugares e instituciones, pero ésta es la primera vez que de-semboca en el teatro. “Obviamente yo hace muchos años que trabajo y soy un profesional, pero nunca me había visto exactamente con la tarea de dirigir una pieza de texto. En esta obra (Justo en el vacío) se va a ver una marcación y una utilización bastante estricta del espacio, algo que indudablemente tiene que ver con mi experiencia como coreógrafo. Sin embargo, creo que esta característica se presenta porque el texto lo permite. Cuando uno se enfrenta a una obra dramática tiene que ver qué dice el original y trabajar en función de eso. Por supuesto que hay una relación entre el director y el resultado final, pero yo confío más en ese encuentro que en una marca registrada o una impronta impuesta por el director”, asegura.

Cervera también se vincula con el mundo de la ópera, ya que como régisseur preparó obras como La Traviata o Dido y Eneas. “En la ópera uno se ve cara a cara con el mundo de las palabras y con personajes muy delineados, pero la presencia del texto dicho y no cantado hace que el teatro sea una experiencia absolutamente diferente. El intérprete de ópera enfrenta la dificultad principal de cantar, es decir que sus palabras tienen una métrica, una altura y una duración dadas, y debe estar en todo momento muy pendiente de factores como la afinación. Estos aspectos no aparecen en el texto hablado, y como consecuencia el actor pone el acento en lugares completamente diferentes”, comenta.

Anahí Martella trabaja como actriz desde 1979. Cuenta que muchas veces durante su carrera le sugirieron dirigir, pero recién ahora se le presentó una oportunidad que sintió como un desafío y una posibilidad de transmitir el arte en todas sus variables. “El actor concreta sobre el escenario el sueño de alguien, sea el director o el público. Por supuesto que los intérpretes tienen mucha responsabilidad y ponen en juego su propio arte en cada obra, pero siempre están a disposición de los otros y son como una plastilina que se moldea. Como directora siento que llegó mi turno de soñar y de lograr que mi propio deseo se manifieste”, subrayó la artista.

A lo largo de los años, Martella trabajó con muchos directores de estilos diferentes, pero recuerda que fueron Agustín Alezzo y Roberto Villanueva quienes más dejaron su marca a la hora de pensar en su nuevo rol. “Hay muchas herramientas de los directores con los que trabajé que a mí me sirvieron como actriz, pero eso no significa que tengan el mismo efecto en otros intérpretes –comentó–. Yo me preocupo por la sensibilidad de las personas con las que voy a trabajar y trato de ofrecerles un camino que les sirva. Además, soy docente de actuación y fue justamente esa profesión la que me abrió el camino y el interés por la dirección. Creo que si no hubiera pasado por esa experiencia no me hubiera animado a dirigir. Ese fue el verdadero inicio.”

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La obra Rocío permitió a Lucía Panno aplicar su vocación pictórica.
 
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