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Sábado, 10 de octubre de 2009

TEATRO › VERóNICA GONZáLEZ MUESTRA SU ORIGINAL PROPUESTA TEATRO DE LOS PIES

Una obra puesta patas para arriba

La actriz y titiritera encontró su forma de expresión en Italia, al ver una obra de la que ahora es su directora. Entonces descubrió que, dándoles vida a personajes con sus pies, podía unir las dos disciplinas que más le gustaban.

 Por Sebastián Ackerman

Hay muchas maneras de hacer teatro. Las más conocidas son las tradicionales: los personajes pueden estar representados por actores, títeres de diversa índole e incluso por objetos. Pero Verónica González eligió un sendero menos recorrido, ya que sus personajes cobran vida en sus pies. “Es difícil de explicar. La planta de mi pie se convierte en un personaje bastante amorfo, que intenta ser un humano, pero con cara de pie”, grafica en la charla con Página/12, y continúa: “Tengo una ventaja fundamental: los títeres están hechos de madera, de papel maché... Mis pies son de carne y hueso y tienen una flexibilidad única, que sólo pueden tener los seres humanos. Ver que un pie se transforma en un personaje es fuerte, porque es verlo desde otro punto de vista... ¡con las patas para arriba!”. González bromea sobre Teatro de los pies, que se presenta hoy y los próximos dos sábados a las 18 en el Teatro Gargantúa, Jorge Newbery 3563.

La obra está compuesta por diferentes sketches, en los que González les da vida a sus personajes en distintas partes de su cuerpo, a partir de lo que lleva en las maletas que la acompañan sobre el escenario. Esas historias “tratan de diferentes temas, fundamentalmente de la visión que tengo del mundo, sin que falteN la poesía, el humor, el drama”, explica. “Es una gama de emociones que se van descubriendo a medida que aparecen los personajes”. Esta técnica la descubrió en Italia, donde vivió en 2000. Allí conoció a quien es hoy su directora, Laura Kibel: “Fue ella la que me enseñó a trabajar así. En el modo en el que lo contamos nosotras, somos sólo dos personas en el mundo. Sé que hay compañías que usan distintas partes del cuerpo para trabajar, pero es diferente a lo que hacemos”, se enorgullece.

González estudió teatro y manipulación de títeres con Ariel Bufano en el San Martín, y a los 15 años empezó a trabajar profesionalmente como titiritera. “Tenía un permiso especial en la escuela para poder salir al teatro”, recuerda. “Pero detrás del teatrito me sentía demasiado escondida y nunca encajé del todo con el teatro convencional de actores... Esta técnica realmente me permite unir las dos disciplinas que más me gustan del teatro: la actuación y los títeres”, explica. Por eso, fundó la Compañía Teatrino dei Piedi, definida por ella misma como la compañía “más chiquita del mundo”: “Es mi compañía, y soy yo sola...”, se ríe.

Cuando llegó a Italia, asegura que lo primero que fue a ver al teatro fue una obra de Kibel, en la que “descubrió” el teatro de pies. “Me di cuenta de que era lo que estaba buscando”, asegura. “Después vi muchas cosas, pero nunca había visto algo igual ni que me fascinara tanto. En italiano se dice ‘colpo di fulmine’, un enamoramiento súbito. Cuando terminó la función fui a hablar con Kibel para felicitarla... y recién después de dos años tuve el coraje de decirle que me gustaría aprender a hacer eso que hacía ella. La convencí de que probáramos, y en seguida enganché el timing que se necesita. En este tipo de formato es importante la velocidad, para cambiarse, para cambiar el personaje...”, señala.

Trabajar esta técnica llevó a González a visitar varios rincones del mundo: Italia, España, Bélgica, Holanda, Suiza, Francia, Alemania, Grecia, Chipre, Brasil, Japón y Singapur pudieron disfrutar de sus presentaciones. Y recorrer culturas diferentes le permitió conocerlas. “En Japón me llamó la atención que todos reaccionan del mismo modo...”, recuerda. “En medio de una actuación, todos dijeron ‘ah’ al mismo tiempo, lo escuché al unísono. ¡Eran más de mil personas! Los japoneses tienen mucha vergüenza de mostrar su individualidad en público y eso es muy distinto a lo que estamos acostumbrados. Nadie se va a reír solo. En Japón sería impensable”, recuerda, y también cuenta que le ofrecieron presentarse en Arabia Saudita, pero prefirió no ir. “Era solamente para mujeres, tenía que estar con el velo y sólo podía mostrar el piecito, ni siquiera el tobillo. Preferí no ir porque tengo una visión bastante diferente de cómo tratar a las mujeres y la imagen del cuerpo femenino. Trabajo con mi cuerpo, soy una mujer y amo al cuerpo humano. Me gusta descubrir el cuerpo como medio de expresión”, argumenta.

Los espectáculos de González están pensados para toda la familia, aunque en general los que más se enganchan son los chicos. “Son muy espontáneos y eso es buenísimo. Nunca tuve grandes problemas con los pibes, disfruto muchísimo trabajar para ellos”, se entusiasma, y dice que lo que le permite este tipo de actuaciones es “comunicarse” con sus espectadores: “Hablo con el público, digo lo que se me pasa por la mente, y eso acerca”, asegura, y sostiene que ésa es la esencia del “hecho teatral”: la comunicación. “Entiendo el arte como comunión, como comunicación. Y así como es importante lo que yo haga arriba del escenario, también es importante el público. Por eso lo cuido, sé que sin él soy nada, una especie de masturbación del arte, qué sé yo... El teatro sin público no existe”, concluye.

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En la Compañía Teatrino dei Piedi, “la más chiquita del mundo”, González es la única integrante.
 
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