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Domingo, 1 de noviembre de 2009

TEATRO › RAMIRO GUGGIARI OFRECE SU PRIMERA OBRA, VERTE LLORAR, EN LA RATONERA CULTURAL

“Necesito pelearme con el teatro”

El teatrista señala que comenzó a escribir Verte... influido por Chéjov. Construyó así el retrato de una familia alienada.

 Por Hilda Cabrera

Pelearse con el teatro significó para Ramiro Guggiari incentivar la creatividad. Antes de debutar con su obra Verte llorar –que también dirige y ofrece en La Ratonera Cultural– cursó estudios de Filosofía e Historia en la UBA y dirección escénica en el Instituto Universitario Nacional del Arte (IUNA). Pasó por los talleres de actuación de Patricia Gilmour y Stella Galazzi, y desde hace tres años continúa su formación con el actor, director y autor Norman Briski. Guggiari no cree que de niño su conflicto con el teatro haya sido por rebeldía familiar. Había visto Rojos Globos Rojos, de su abuelo Eduardo “Tato” Pavlovsky, en el desaparecido Teatro Babilonia, pero no fue por aquella experiencia que se decidió por la escena y sostuvo al mismo tiempo una visión crítica. Si bien el cine lo apasiona –aun cuando no se dedica– aquello que determinó su ingreso al teatro fue haber presenciado El suicidio (Apócrifo I), obra de Daniel Veronese y Ana Alvarado en colaboración con los otros integrantes de El Periférico de Objetos.

Desde una postura de pelea, Guggiari comenzó a escribir Verte... entusiasmado con el retrato de una familia alienada cruzada por las complejidades que derivan de un suicidio, del desencuentro amoroso y de los fracasos profesionales. Asuntos bravos que el autor matiza con humor y conocimiento, tal vez por su actividad en el Nuevo Espacio de Psicodrama Grupal, que dirige su abuelo Tato y codirige su madre, la licenciada Carolina Pavlovsky, también actriz, a quien se vio en el espectáculo Locuración (que dirigió Eduardo Misch e incluía dos participaciones de Carolina en las piezas breves Bicicleta molida y Sofía). En Nuevo Espacio, Guggiari dicta un taller de Introducción a la Teoría y Filosofía del Teatro.

–¿Quiénes serían los alienados de Verte llorar?

–Todos. Estos personajes están atrapados en su burbuja de clase media alta venida a menos. La madre fue actriz y vivió su época de oro, que no es la presente, como le sucedía a Irina Arkádina, la madre viuda de La gaviota, de Anton Chéjov. En nuestra obra los hijos aspiran a ser grandes escritores y fracasan, y una hija que se suicida acaba siendo una figura fantasmagórica.

–¿Por qué tanta pérdida?

–Cuando la escribí estaba muy influido por las obras de Chéjov.

–La frustración es un tema recurrente en el teatro argentino, que aparece por etapas. Hoy abundan las obras sobre familias disfuncionales, a veces en el sentido de alienadas. ¿A qué se debe esa exasperación?

–También yo me lo pregunto. Creo que hay una idea de fracaso en relación con la sociedad y que se debe –y mucho– a la exclusión social, cada vez más profunda, y a las guerras que se suceden en el mundo y son cada vez más crueles, pero también al desaliento en relación con el arte. Todo esto despierta gran escepticismo. Cuando empecé a trabajar en teatro me pregunté para qué me metía si ya estaba todo probado, pero después pensé que ese vacío que sentía era algo, y ese algo era lo que yo tenía. Ahora me sale decir estas cosas porque estoy en pesimista, después no sé, porque en realidad este trabajo me entusiasma.

–¿Cuál fue el punto de partida?

–Pensar que no iba a poder escribir una obra. Partí de un imposible, pero me puse a trabajar y pude, aunque no estoy convencido de haber ejercido totalmente el papel del dramaturgo porque no trabajé de modo convencional. Creaba la obra mientras improvisaba todos los roles; grababa mi voz, después me escuchaba y escribía. Utilicé también improvisaciones de los actores. No me siento un autor que compone desde la literatura. En cierta medida pienso que teatro y literatura se oponen, pero –aclaro– esto no significa que no estén hermanados.

–¿Cómo fue en su caso escribir actuando?

–Me encerraba en mi cuarto y me disfrazaba utilizando algún elemento que tuviera relación con el personaje: improvisaba, grababa y escribía. Los diálogos son mucho menos artificiales cuando parten de esa mecánica. Los encuentro, más frescos y vitales. El siguiente paso fue editar.

–¿Qué papel juega la atracción que dice sentir por el cine?

–El cine es un arte que amo. En la obra hay una influencia del cine de Pedro Almodóvar.

–¿Por qué no escribir guiones, entonces?

–No podría. Necesito dedicarme a un arte con el que pueda pelearme. Eso me entusiasma y divierte. Mi relación con el cine es demasiado empalagosa. En el teatro, en cambio, me gusta armar escenas que puedan contradecirlo desde lo formal y desde el contenido.

–¿Cómo seleccionó al elenco?

–La mayoría proviene de la escuela de Norman y una de las actrices, Lili Villar, fue compañera de cuando yo trabajaba en un call center. Nunca había actuado. Le di clases y estrenamos. El primer día estaba paralizada; temí que no quisiera salir, que le diera un ataque de pánico, pero se atrevió y estuvo espléndida.

* En Verte llorar, de Ramiro Gu-ggiari, actúan Paula Flaks, Micaela Abidor, Lili Villar y Juan Carlos Washington Felice Astorga (también asistente de dirección). Interpretación musical: Camila López. Iluminación de Javier Rincón; vestuario de Nadia Wilkins y Melina Lozano (asistente de producción). Escenografía: Guggiari, Lozano y Sorianello. Dirección general: Ramiro Guggiari. En La Ratonera Cultural, Av. Corrientes 5552. Reservas: 4857-2193, después de las 18. Funciones: los domingos a las 18:30. Entradas de 20 y 15 pesos.

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Ramiro Guggiari es nieto de Eduardo “Tato” Pavlovsky.
Imagen: Pablo Piovano
 
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