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Martes, 23 de marzo de 2010

TEATRO › EL MISTERIO DE DAR, EN EL TEATRO NACIONAL CERVANTES

La fe de un corazón arrugado

Adriana Aizenberg se luce especialmente en esta puesta de Laura Yusem sobre un texto de Griselda Gambaro, en la que una anciana que acaso vislumbra el fin de sus días se entrega a reflexiones de atenuado dramatismo y áspera comicidad.

 Por Hilda Cabrera

Que la vejez no te amargue ni te seque es tal vez un imperativo en la señora Schneider, pues asombra que esta humilde pensionada pueda darse el lujo de ser caritativa en extremo. Ese arranque no le genera autocomplacencia, sino bronca: tironeada por sus contradicciones, no encuentra justificación a la entrega de su recién cobrada pensión a una esmirriada madre que junto a su hijo pide ayuda en la calle. Schneider monologa resentida hacia su marido muerto, lo que no impide que ella se sienta bien, “óptimamente”. En esta pieza de Griselda Gambaro –que tiene origen en un cuento suyo del libro Lo mejor que se tiene–, la acción se desarrolla en un único ambiente, con un diseño escenográfico de planos inclinados y escasos elementos de madera, incluido un piano de utilería que suena como si fuera una pianola automática solamente cuando pasa el tren. La mujer aclara que el ejecutante fue en otro tiempo el fallecido señor Schneider, comentario que tiñe de irrealidad la escena. Pero a no engañarse. La mujer no adhiere a la creencia de que los muertos están en todas partes y en secreto, sino a la sospecha de que los acordes son producidos por unas lauchas concertistas.

Es probable que en la vejez no importe la opinión ni la tontería ajena, tampoco revelar que se posee una personalidad cambiante: “Hoy opino de una manera, mañana de otra, digo blanco, digo negro, ¡me da una libertad!”, comenta la señora de aspecto estrambótico, decidida a relatar las circunstancias de su intempestivo desprendimiento y la reacción que provocó en el joven menesteroso, de aspecto debilucho como su madre. Es difícil entender la práctica de la generosidad cuando se está inmerso en una sociedad mezquina. Por el contrario, resulta comprensible el imperioso deseo de narrar una “aventura”. No sorprende entonces que –sin “orejas” dispuestas a escuchar– la señora se conforme con un interlocutor mudo: el caballo de madera que perteneció a su hijo, muerto a los cinco años. Un pasaje que estremece, pues –fuera de toda convención– no se explaya desde la más tierna melancolía, sino desde la dureza de quien vive amarrado y con bronca a las pérdidas sufridas.

El desempeño de Adriana Aizenberg es fundamental: la actriz debe abrir los ojos y la mente del espectador a una situación en la que todo deviene en pregunta: ¿Puede alguien que cobra una mísera pensión entregarla a desconocidos? ¿Qué cruce de imágenes y pensamientos antecedieron a ese acto? ¿Por qué en una sociedad tantas veces violenta alguien elige abandonar su coraza y tener el valor de mostrarse frágil y sensible? Tal vez el presente de la señora Schneider ha comenzado a desvanecerse. ¿Es un signo el malestar que sintió al salir del banco? ¿La realidad le está anunciando que ha llegado a su horizonte?

Un atenuado dramatismo y una áspera comicidad circulan por esta historia en la que se ventilan cuestiones acaso guardadas durante años, quebrando así la armonía que se supone anhela todo ser humano en su última etapa: “Me gusta ser antipática”, asume la mujer. “Los viejos van encogidos, humildes, fastidian a todo el mundo exigiendo atención... odiosa me gusta ser, mala, perversa.”

¿Es cierto que los viejos son libres porque aceptan sus contradicciones, y surrealistas cuando fantasean para ocultar aquello que los humilla? La señora cuenta y reflexiona. De sus dichos se deduce que no está viviendo en el mejor de los mundos: “La gente no sabe qué hacer con su indignación”. “Las palabras que no se pueden decir se vuelven piedras.”

La marcación de Laura Yusem apunta a lo esencial del personaje sin dar respuesta al “misterio de dar”, tampoco la da la autora, pues no se trata aquí de explicar actitudes desde la psicología o la sociología. El montaje sintético de Yusem, directora de otras obras de Gambaro (La malasangre, Del sol naciente, Antígona furiosa, Penas sin importancia y De profesión maternal, entre otras), suma clima a un trabajo singular al que aportan su arte Graciela Galán, escenógrafa y vestuarista; Alejandro Le Roux, a cargo de las luces, y Claudio Koremblit, en la musicalización.

Autora de novelas, cuentos, ensayos y de unas cuarenta piezas teatrales, Gambaro trae un personaje que intenta alejarse del dolor y de la trampa y agradece si alguien le “planta” un beso, pero no “en tierra de nadie”, como se hace con los viejos. A pesar de su molestia al comprobar la avidez de la madre y el hijo ante el dinero, la señora se alegra de lo hecho. Entiende que, como ella, esos marginados tienen el “corazón arrugado”, al punto de que lo recibido no les borra el rictus que deja la tristeza cuando cala hondo. “Me acordé de mi propio rostro”, confiesa en medio de la catarsis que le permite “sacarse de encima las palabras”, ésas que pesan y deben ser dichas antes de que la vida sea soledad y silencio.

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EL MISTERIO DE DAR
De Griselda Gambaro

Intérprete: Adriana Aizenberg
Escenografía y vestuario: Graciela Galán
Iluminación: Alejandro Le Roux
Musicalización: Claudio Koremblit
Asistente de dirección: Marcelo Méndez
Dirección: Laura Yusem
Lugar: Sala Luisa Vehil (Salón Dorado) del Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815. Funciones de jueves a sábado a las 19, y domingo a las 18.30. Hasta el 27 de abril. El 7 de mayo iniciará una gira por ciudades y localidades de provincias. Entradas: 30 pesos. Reservas: 4816-4224.

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“Las palabras que no se pueden decir se vuelven piedras.”
 
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