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Martes, 13 de julio de 2010

TEATRO › PATRICIO CONTRERAS ANTES DEL ESTRENO DE LA VIDA ES SUEñO

“El teatro siempre nos está recordando que somos mortales”

En la célebre obra de Calderón de la Barca, el actor chileno compone a un Basilio “contradictorio, lleno de dudas y mezquindades”, impulsado por el miedo a perder el poder. La puesta es del catalán Calixto Bieito, artista múltiple con fama de trasgresor escénico.

 Por Hilda Cabrera

Una de las claves para entender el comportamiento del rey Basilio, de Polonia, es “el complejo de Urano”, el miedo a perder el poder a manos de su hijo Segismundo, a quien mandó encerrar en una torre apenas nacido. Esto se desprende del diálogo con el actor Patricio Contreras, intérprete de Basilio en la puesta de La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca, que se estrena el jueves en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín, dirigida por el catalán Calixto Bieito, artista múltiple de intensa actividad en los teatros europeos y con fama de trasgresor escénico. En la versión de esta pieza de 1635 –una de las más celebradas del Barroco español–, el actor chileno compone a un Basilio “contradictorio, lleno de dudas y mezquindades”. Contreras conoció a Bieito en 1992, en París, cuando éste asistía en la dirección al catalán Lluís Pasqual, en el montaje de Tirano Banderas, de Ramón del Valle Inclán, estrenado en el Teatro Odeón. “Aquella fue una linda conjunción”, cuenta hoy Contreras mientras recuerda a algunos integrantes de ese elenco de latinoamericanos y españoles, donde actuaban el también chileno Lautaro Murúa, Leonor Manso y Walter Vidarte. “Fue una producción en el marco del Quinto Centenario, generosa en cuanto a presupuesto”, apunta.

–¿Equipara el miedo de Basilio a la furia de Segismundo con el hecho de dejar el trono en la vejez?

–Presumo, y no lo digo sólo yo. Se han hecho estudios sobre ese miedo y el mito (donde Urano es “el dios derrotado, castrado por su hijo Saturno”). Pensemos en Edipo, el hijo que se ocultó porque el oráculo vaticinaba que mataría al padre. Basilio teme que Segismundo lo esclavice, o lo destruya, como a su madre, que murió en el parto. De ahí que lo confine en una torre, como si fuera una bestia. A medida que pasa el tiempo, tal vez porque siente culpa, decide poner a prueba al muchacho: si éste se muestra positivamente, reinará; si se comporta como un bárbaro, lo devolverá a prisión.

–¿Esa libertad momentánea significa compasión hacia el hijo?

–Piensa que es un monstruo, pero resulta extraño su planteo, tan detallado, sobre la experiencia que llevará a cabo transportando a Segismundo dormido a la corte. La impresión es que está esperando que esa estrategia fracase. Esa lectura es –a mi juicio– evidente en esta puesta. El fracaso permitirá a Basilio reinar libre de culpa hasta que llegue el momento de legar el reino a sus sobrinos. Después, sabrá que se ha cavado su propia tumba: al querer librar a su pueblo de un rey tirano –conclusión que extrae de los astros– pondrá en su contra a los rebeldes que apoyan a Segismundo. Por supuesto, ésta no es una obra psicologista, pero aun así el personaje revela temor a la decrepitud. Se le notan las intenciones.

–¿Es por eso el personaje menos enigmático?

–Previene, admite errores y los comunica; siente culpa y se indigna ante el salvajismo de Segismundo, que mata a un criado, pero cuando lo ve nuevamente narcotizado, y en la torre, se hace cargo de la victimización del muchacho. Admite que ha sido derrotado, que el dictamen de los astros, se cumplió y no pudo huir del riesgo. Aquí no hay un final feliz.

–¿Plantea una oposición entre el destino que no se puede torcer y la posibilidad de tomarse la libertad de cambiarlo?

–Parece imposible cambiar la suerte porque es cierto que domina la furia, distinta de la violencia, a veces calculada. Hay furia en esta versión de Calixto, que es un gran organizador musical de la energía. De acuerdo al tono de esas energías compone lo visual y sonoro del espectáculo. Ahí es donde se notan más la furia y el paso de una época de oscurantismo a otra de iluminación del intelecto.

–¿Sería una forma de apertura sobre el tema de la fragilidad de la vida, característica del Barroco?

–Aun siendo creyente, Calderón se aleja aquí del dogma católico que pretende explicar todo. Eso está muy bien retratado en la brutalidad de lo primitivo y lo que vendrá, en el confinamiento y la exclusión que convirtió a Segismundo en una fiera.

–¿Segismundo es el equivalente del joven convertido en víctima?

–Esa es una constante en el teatro, la historia y la política: los viejos se agarran al mantel y no lo sueltan. Podemos comparar a Basilio con Agamenón, rey de Argos, quien, por conservar el poder manda matar a su hija (en Ifigenia en Aulide, de Eurípides). Si uno observa a los políticos ve que, en general, están absolutamente desacreditados por su propia tarea; sin embargo insisten en quedarse, como si dejar ese lugar fuera morir. Calixto ha hecho una puesta muy jugada y con mucha vida. Las connotaciones son enormes. Pienso que Segismundo puede muy bien representar a los jóvenes de hoy, a los que no dejamos entrar. Otra relación interesante es la referida a la identidad. Segismundo no sabe quién es hasta el momento que se lo traslada a la corte, y todo para decirle después que no fue ese que estuvo en palacio, que lo suyo era un sueño.

–¿Qué significa actuar en una obra que expone tan crudamente temas como el sueño y la realidad, el poder y la compasión, el destino y el llamado “libre albedrío”?

–Descubrir algo nuevo cada día. Esto nos pasa a los actores con estos señores enormes, tan vastos en sus obras. Calderón nos habla de la filosofía de la existencia, del mito de la caverna que utiliza Platón para explicar nuestra situación frente al conocimiento. Calderón se mete con las pulsiones humanas, el rencor, la injusticia y esta patraña de Basilio que deja abierta la puerta al daño, vendiéndole al hijo la experiencia de que todo lo visto por él fue soñado.

–¿Lo entrampa?

–Y cruelmente.

–El director tomó para este montaje la primera edición de La vida es sueño, la de Zaragoza, compuesta entre 1627 y 1629, más “vulgar” que la segunda, de Madrid, según sus palabras. ¿Referirse a la vida como una ficción es un tema de época?

–Supongo que debía estar en el aire. Lo plantea Calderón, y también Shakespeare a través de sus personajes de Próspero (La Tempestad) y Lear (Rey Lear). Próspero (que representa el final de un mundo mágico) habla de la vida como un teatro, una ilusión. Y Calderón crea El gran teatro del mundo. En nosotros los actores se renueva la idea de que pasamos por el escenario haciendo morisquetas, o gracias... El teatro es una metáfora extraordinaria de lo que es la existencia, y eso, creo, está en la concepción filosófica de esos autores.

–¿La acción, en todo caso, es para demostrar que se está vivo?

–Todos nos iremos, quedará lo que hicimos, y nuestra calavera, como en Hamlet queda el cráneo de Yorick, el bufón. Hace tiempo leí que un actor (David Tennant) contó que en las representaciones de la Royal Shakespeare Company se utilizó en más de veinte representaciones un cráneo real y no uno de utilería. Había sido donado por Andrew Tchaikowsky (pianista y sobreviviente de la Shoá, que murió de cáncer en 1982). Esa es una muestra magnífica del deseo de trascendencia. El teatro siempre nos está recordando, con humor a veces, que somos mortales. Y eso está clarísimo en La vida es sueño.

–¿Cómo es pasar a un clásico después de trabajar en una comedia dramática como El regreso del Tigre, donde interpretó a un rockero viejo?

–Esa es la maravilla de nuestro oficio. Cuando me probaba el vestuario de Basilio, le comentaba al escenógrafo Héctor Calmet lo lindo de este trabajo. ¿Qué otro oficio me puede hacer creer por un momento que soy todopoderoso? Por eso me conmueve la imagen del teatro como metáfora de lo que es la vida. Los actores somos tal vez gente con apetito de vivir más vidas, y ya que es tan corta, vivamos muchas. De niño me gustaba jugar al cowboy, veía mucho cine, y a los 40 años, cuando me planté en Gringo viejo (película que dirigió Luis Puenzo sobre la novela del escritor mexicano Carlos Fuentes) me vi llevando una canana de cartuchos, una pistola tremenda y un sombrero mexicano. No era un cowboy, pero viví esas escenas como la realización de un sueño.

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“Los actores somos tal vez gente con apetito de vivir más vidas, y ya que es tan corta, vivamos muchas...”
Imagen: Pablo Piovano
 
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