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Miércoles, 25 de mayo de 2011

TEATRO › MARIELA ASENSIO HABLA DE LISBOA, UN VIAJE ETILICO

Entre el vacío y los excesos

La directora y dramaturga, creadora de Hotel melancólico y Mujeres en 3D, concibió como un show su nueva obra, en la que fusionó dos deseos: hablar de su ciudad favorita y de los “perdedores hermosos”, de los que “viven como pueden”.

 Por María Daniela Yaccar

Mariela Asensio se define como “una rockstar frustrada”, así que es probable que haya escuchado alguna vez “Perdedores hermosos”, de Luca Prodan. El título de esa canción es la definición perfecta para los personajes de Lisboa, un viaje etílico (viernes a las 23 en el Teatro del Pueblo, Roque Sáenz Peña 943), la última creación de la dramaturga y directora. Una adicta al sexo, un borracho empedernido, un turista sin cerebro –y con menos ganas de acercarse a la realidad del paisaje que la Moria de los vidrios polarizados– y una mujer abandonada buscan consuelo en la capital portuguesa, cuando cualquiera les sugeriría que lo busquen adentro suyo. En su verborragia, que es más cruda cuando clavan la mirada en el público, los cuatro parecen querer decir: “Nos movemos mientras morimos”. Este “show de la decadencia”, en palabras de la directora, explora la relación entre el vacío y los excesos.

Es cierto que Lisboa... está más cerca de la idea de “show” que de la obra de teatro convencional. El fado viste de melancolía a la escena, en manos de dos músicos-actores (Dolores Ocampo y Ariel Pérez de María) que intercalan otros géneros (de repente suenan Los Piojos, aunque parezca extraño). “Mis obras siempre están atravesadas por la música”, explica Asensio, creadora de Hotel melancólico y la trilogía Mujeres en 3D (la exitosa primera parte, Mujeres en el baño, está próxima a reestrenarse; en tanto que Asensio trabaja en la segunda, Mujeres en el aire, sobre lo femenino en los medios de comunicación). “Quería que el universo del fado, género musical que me encantó siempre, se manifestara teatralmente.” El reiterado contacto visual de los actores con el público, que coincide con monólogos desgarradores, y la disposición de las butacas (alrededor del hecho escénico) también hacen que la obra, más que eso, sea un show.

Asensio aprovechó la elección original –una puesta que pasara por el fado– y ubicó la obra en Lisboa, su ciudad preferida. Finalmente, “esto se fusionó con otro deseo”, cierra la directora. “Hablar de la gente a la que no le va bien. Estaba medio harta de la onda inmediata, exitista, televisiva. Pareciera que hay que ser un ganador todo el tiempo. Me dieron ganas de rebelarme, de hablar de gente que no está interesada en trascender en algo, que vive la vida como puede.” El resultado es “una oda a los perdedores”.

–¿Cuándo estuvo en Lisboa?

–Una vez, en 2006. Es rarísimo: era mi ciudad preferida sin conocerla. No había visto ni fotos. Cuando la conocí fue como estar volviendo a un lugar. Tiene una cosa muy latina y marginal, dentro de lo que es esa parte de Europa. Hay otras ciudades de Europa que son más glamorosas, están más “tuneadas”. En cambio, Lisboa se quedó. Pero es tremendamente hermosa; triste, pero bella en esa tristeza. Es un elogio de la tristeza, y es re particular. Tiene ascensores para ir a otras partes de la ciudad, porque está montada sobre colinas. Una paga un ticket como si fuera el subte y sube a los barrios en ascensores públicos.

–Lo que Lisboa le transmite es la idea que defiende la obra: lo feo o lo triste es poético. ¿Por qué?

–No todo lo que se cuenta es hermoso en ningún arte. Muchas veces el qué no es lindo en sí mismo, pero en cómo está eso llevado adelante radica su esplendor. Una mina hablando de todos los hijos que perdió es un horror, pero de acuerdo a cómo eso esté narrado adquiere poética. Me gusta pensar en términos de qué es poético, más que de qué es bello o feo. Con Idea Vilariño, por ejemplo, te cortás las venas. Pero qué lindo sería ser una fracasada en el amor si te hace escribir así. Lisboa... no es del todo feliz, pero tampoco es depresiva. Tuve miedo de que fuera muy dark, pero cuando empezó el contacto con el público descubrí que tenía humor. Tomó una identidad que trascendió mis ideas. Uno hace el teatro que puede, más que el que quiere.

–¿Hubiera querido hacer otra cosa?

–No, cuando estreno siempre estoy contenta. Me gustan las obras genuinas, auténticas. La perfección no existe. La imperfección de las obras me gusta, en las mías y en las de los otros. Hay gente que va y nada le gusta, sobre todo los teatreros. Fui domando esa parte para disfrutar de lo que veo.

–La mujer abandonada destaca una y otra vez que es sufrida pero no solemne. ¿El teatro como show implica un escape a la solemnidad?

–Siempre mi intención es no ser solemne. El mundo ya es un lugar bastante trash. Me nace narrar de esta manera, no lo elijo. Es el idioma que sé hablar. Van variando los estilos pero hay un lugar en la narración que siempre se parece. Estuve pensando en meterme en un taller de dramaturgia para recuperar una cosa más realista a nivel ejercicio. Evidentemente soy una rockstar frustrada. Nunca toqué un instrumento, pero me encantaría ser como Madonna, entonces hago obras con momentos “madonnescos”. Hay algo del lenguaje del videoclip que me gusta.

–Entonces, cuando crea se deja llevar...

–Al principio, cuando estoy armando el universo, soy caótica, me hago la bohemia, escribo en un papel. Pero después lo hago de manera metódica, como una oficinista. Y en los ensayos me dejo impregnar por lo que a los demás les pasa. El otro adquiere un lugar en la construcción. Si la obra fuera lo que imaginé el día en que dije “la voy a hacer”, qué horror... El primer texto que escribí es un monólogo sobre las borracheras y me parecía demasiado narrativo. Pensé que no iba a haber un actor que lograra decirlo. Cuando lo hizo, me quedé helada. Los actores se apropiaron de una manera muy particular de Lisboa... Es muy carnal: o te metés a hacerla o no la podés hacer.

–Aunque de a ratos parece exagerado, el turista que sólo quiere sacar fotos de verdad existe. Pero, ¿cómo se hace para no caer en el estereotipo? Pareciera haber una delgada línea entre eso y el personaje “de carne y hueso”.

–A veces, en la vida real veo personas que me parecerían exageradas como personajes. Es un trabajo muy arduo y un límite que siempre está en riesgo. En Mujeres..., el riesgo era hacer una obra feminista o a siete taradas haciendo la revista Ohlalá! La actuación en mis obras camina siempre por una delgada línea, porque se trabaja con emociones intensas que hay que hacer en el punto justo.

–Para esta obra, como para Mujeres en el baño, hizo casting. ¿Por qué?

–Sí, se postularon 1300 personas, de las cuales castearon 300 y pico y quedaron cinco, porque hay dos actrices elegidas previamente. Hago casting porque de esa manera me doy la oportunidad de conocer gente que no conocería y de trabajar con gente que no llamaría, y está bueno abrir el juego y que no quede siempre en el mismo círculo. Vi mucha gente con muchas ganas y muy virtuosa. Pero siempre me pasa lo mismo: me cuesta mucho más elegir a los hombres que a las mujeres.

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Mariela Asensio define a su obra como “un show de la decadencia, una oda a los perdedores”.
Imagen: Pablo Piovano
 
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