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Miércoles, 25 de mayo de 2011

CHICOS › DOS OBRAS CON TITERES QUE PLANTEAN UNA MAGIA SIN EDAD

El viejo encanto del muñeco

Un ovillo con pelusa y Patas a la obra apelan al títere y a los animales, pero están lejos de caer en lugares comunes o facilismos. “No hay temas para grandes y temas para chicos, lo que cambia es el tratamiento”, señalan sus responsables.

 Por Sebastián Ackerman

Algo tienen esos objetos inanimados, que cuando cuentan una historia cobran vida y fascinan a los chicos al contarles una historia. Y parece haber un condimento extra cuando esa historia es protagonizada por animales, con los que logran una empatía inmediata. Los títeres crean un mundo nuevo cada vez. “Es real que la imagen del animal cautiva al chico, lo ayuda a identificarse más rápido”, acuerdan en su encuentro con Página/12 Nelly Scarpitto, autora de Un ovillo con pelusa, y Mariana Barrandeguy, autora y actriz de Patas a la obra, y también coinciden en que “tenemos la fantasía, la ilusión de que ese chico que la pasa bien de grande vuelva al teatro”, porque “si puede disfrutar de ese ritual, de adulto va a elegir ir al teatro. Es un acompañamiento que le hacemos en su entrada al mundo cultural”, se entusiasman al hablar sobre lo que implica para ellas trabajar para una platea de mayoría infantil.

Un ovillo..., la obra interpretada por Puro Grupo, cuenta la historia de un grupo de ovejas que todos los años viaja llevando sus ovillos de lana. Pelusa, en su primer viaje, pierde el ovillo, y la obra transcurre en busca de ese ovillo, lo que hace que se conecte con distintos personajes a lo largo de su búsqueda. “Lo que está detrás de esto es nuestra intención de volver al cuento tradicional”, explica Scarpitto, “donde hay un personaje que se inicia en algo, que hace un viaje, donde hay un elemento fantástico, en este caso el ovillo, que tiene compañeros de camino con los que se va encontrando, y una transformación al final. Es una estructura que quise recuperar”, cuenta la autora.

En Patas a la obra, los animales de un zoológico se están enfermando y la encargada quiere averiguar por qué. Y descubren que hay una fábrica que tira desechos al río del cual los animales toman agua. Entonces piensan un plan para resolver eso con los medios que tienen, que no son muchos. “Básicamente es eso: una encargada de zoológico y unos animales buscándole la vuelta a algo que para ellos es imposible de resolver, y ésa es la peripecia”, resume Barrandeguy, y destaca que “es un espectáculo que habla sobre ecología, pero también otros valores como el ir tras aquello que creemos justo. Todos de alguna manera nos unimos para ‘luchar’ contra algo que nos hace mal y no nos parece justo”, apuesta sobre la lectura del espectáculo.

En ambas obras el papel principal es para los animales, pero también aparecen personajes humanos. Barrandeguy señala que en Patas... que haya actores “está bueno, porque no queremos decir que el hombre siempre hace todo mal; también hay humanos que hacen las cosas bien. Los animales le piden ayuda a la encargada del zoológico y entre todos buscan la solución”, aclara y diferencia su papel del de encargado de la fábrica que contamina, que se niega a ayudar a los animales. Y Scarpitto asegura que “esta vez fue un desafío porque para que se note más ese transitar de la oveja buscando el ovillo, quisimos que el resto de los personajes fuesen más secundarios”, por lo que en esta tercera obra infantil del grupo Pelusa la oveja está humanizada: habla y camina en dos patas, pero “todos los otros personajes son humanos”, compara.

El mundo de los títeres fascina a los chicos, pero también atrae y encanta a los padres que llevan a los chicos al teatro, y a los mismos intérpretes que “acompañan” a los personajes sobre el escenario. “Supongo que hay algo interno de que queremos seguir jugando”, confiesa Scarpitto, que estudió con el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín, y amplía: “Lo del títere está más cercano al músico que a la actuación. Somos personas muy tímidas, nos escondemos atrás de los objetos, aunque también me parece que somos un poco agrandados, porque creamos mundos y los manejamos con nuestras propias leyes. Pero mejor que lo pongamos en el teatro...”, bromea, y Barrandeguy afirma que su llegada al mundo de los títeres fue de grande. “Nunca había trabajado con títeres y verles la cara a los chicos cuando los ven, ver lo que producían esos muñecos me enamoró. Y me enamoré del género. La sola presencia del títere ya es mágica. Para mí la palabra es magia”, define, y se justifica: “Quise seguir teniendo esa magia”.

Ambas autoras charlan, intercambian opiniones y experiencias. Se divierten, bromean y explican por qué se dedicaron a trabajar para los más chiquitos. “Para muchos es su primera vez en el teatro. Eso es emocionante, porque si la pasan bien, si disfrutan del hecho teatral y los padres los ven así, se sorprenden disfrutando ellos también de una obra para chicos”, analiza Scarpitto, y remarca que eso lo tienen muy presente al momento de crear una obra. “Nosotros podemos fundar espectadores. Y si no pasa eso, si es la primera vez y algo no les gusta, después remontar esa primera vez que no fue buena es complicado”, dice, y asumen que la tarea que desarrollan “es una responsabilidad”, más allá de que su rol no sea “educar”: “Para eso están la familia y la escuela, pero dentro de la sala la idea es acompañar al chico y al padre que también viene con un montón de miedos, y tratar de que la pase lo mejor posible para que vuelva a elegir en el futuro estar ahí”, sostienen.

Parte del encanto es, aseguran, enfrentarse a un público totalmente sincero, el que si algo no le gusta, lo expresa sin vueltas. Y si le gusta, también. “Parte de lo receptivos que son es por la sinceridad”, apuesta Barrandeguy. “Muchas barreras que empiezan a aparecer en la adultez no están. Trabajando cerca de los chicos podemos nosotros aprender eso y me dan más ganas de estar con gente que tiene esa forma de vivir tan sincera, tan inocente, porque yo me divierto”, y revela que tiene ganas de volver a ser “un poco más así, pero cuesta un montón porque soy grande, porque me enseñaron a reprimir un montón de cosas, y yo trato de volver. Para eso está bueno trabajar para chicos”, rescata, y Scarpitto agrega que hay que saber a quién se dirigen para que el resultado sea bueno: “Tenemos presente que estamos trabajando para chicos y tratamos de no subestimar ni de sobreestimar”, detalla.

Ya pasó casi una hora del inicio del encuentro y charlaron sobre cómo hablarles a los chicos sin hacer “chico” al espectáculo, de las distintas concepciones de infancia que se dieron en los últimos 40 años que tuvieron injerencia en la concepción de obras infantiles, de la importancia que tiene que los más bajitos concurran al teatro y de cómo los forma como espectadores para el futuro. Se prometieron cruzarse a ver el trabajo de la otra y queda un tema más en el que coinciden las autoras de las historias de un viaje iniciático y un reclamo ecológico: ¿se les puede hablar de cualquier tema a los chicos? “No hay temas para grandes y temas para chicos”, toma la palabra Scarpitto, y recuerda que “Ariel Bufano decía que no hay flores para grandes y flores para chicos; hay flores para todos. Y con los temas es lo mismo. Leés a Shakespeare y ahí están todos los temas. Después ves qué tratamiento le querés dar a eso de acuerdo con a quién se lo querés contar. Pero los temas son los mismos”, concluyen.

* Un ovillo con pelusa se presenta los fines de semana a las 16 en el C. C. de la Cooperación, Av. Corrientes 1543. Patas a la obra, los domingos a las 15 en Liberarte, Av. Corrientes 1555. Ambos tendrán funciones extendidas en las vacaciones de invierno.

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Una obra se presenta en el C. C. de la Cooperación, la otra en Liberarte. Ambas continuarán en las vacaciones.
Imagen: Sandra Cartasso
 
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