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Miércoles, 12 de octubre de 2011

TEATRO › NADIE LO QUIERE CREER, POR LA ZARANDA

Tiempos de tragicomedia

Alejada de los clichés del teatro europeo más consagrado, la compañía española recrea situaciones límite a su manera y descubre el lado grotesco de la sociedad contemporánea.

 Por Hilda Cabrera

No hay engaño en las producciones de La Zaranda. Los seguidores de esta compañía que da rienda suelta a su imaginario en su ya mítico galpón de Jerez de la Frontera saben de la autenticidad de este grupo con aquello que le es propio. Admiradas por unos y desconocidas por otros, sus obras parten de cimientos culturales en los que convergen literatura, música, pintura y el arte y el habla popular de la tierra a la que pertenecen, inconfundibles, pero no folklóricos. En Nadie lo quiere creer, los “zarandeños” incorporan, además de objetos hallados en su itinerario por el mundo, fragmentos de un bolero grabado por la Banda Cimarrona Acseri, de Puerto Rico, despegándose de la atmósfera, tan particular, de vida negra, en la que se hallan sumergidos los personajes. A modo de equilibrio, en el plano musical se escuchan fragmentos, también grabados, de O gloriosa Virginum, de Antonio Rodríguez de Hita, acaso por aquello de que la música sacra suele estar presente “en los dos polos de la vida: la cuna y la sepultura”.

Ese mismo contrapunto se advierte en la forma de encarar el final de una señora que en una blasonada casa prepara su funeral, secundada por una mucama y un sobrino. Personajes que, por su condición de marginados sin futuro, describen una coreografía hecha de movimientos ralentados. Son ellos los que disponen el rito y preparan la escena utilizando algún armatoste, sillas, viejos ventiladores de pie y un pavo real embalsamado, despojado del plumaje que, en vida, lució galante en el jardín de algún palacete.

Esa misma coreografía de seres arruinados que acomodan trastos, disponen pliegues en los lienzos, intentando una plasmación pictórica, resguarda la singular estética de esta compañía, que desde mediados de la década del ’80 viene mostrando trabajos de un nivel artístico superlativo. Doce espectáculos vistos en Buenos Aires, y varios de éstos en provincias, figuran en una lista donde, entre los primeros, sorprendió Vinagre de Jerez, de 1989, y, entre los últimos, La puerta estrecha, Ni sombra de lo que fuimos, Homenaje a los malditos, Los que ríen los últimos (la anestesia social); y Futuros difuntos (la ambición por el dominio que engendra violencia).

El espectador no ingresa cómodo al mundo que se le propone en Nadie..., aun cuando el humor, a veces inocente y otras corrosivo, le aliviane el camino. Alejados totalmente de los clichés que son moda en el teatro europeo más consagrado, los integrantes de La Zaranda recrean situaciones límite a su manera y descubren los condicionamientos de una sociedad grotesca e insensible. Lo patentizan sus personajes, incluso en los gestos mecánicos, como los del atontado sobrino que voltea su cabeza de lado a lado como un pájaro en alerta. Sólo que, en su caso, difícil es hallarle sentido. Estas figuras que por momentos juegan a las repeticiones, crean un clima de “sin salida”, que, visto desde la platea, sería asfixiante si no fuera porque cada gesto, movimiento y frase conlleva una intención aviesa, una ironía en estado puro.

Tragicómicos en competencia, lanzan dardos y anticipan hechos. “Me van a enterrar en una bolsa de basura”, dice la señora de los blasones, próxima a expirar. Y no habla en vano. La bolsa negra es el primer destino del cadáver más querido, y el de la basura. Aun en su decadencia física y económica, pues poco o nada le queda por repartir entre su sobrino y su mucama, la mujer clama por un ataúd que “dure toda la vida”. El despegue existencial exige tiempo y ritos: ella ambiciona un féretro con “cabecero egipcio”. Será cuestión de acondicionar la destartalada caja de un antiguo reloj de pie. Imposible cumplir con la exigencia de esta “descendiente de reyes toledanos” que recrimina a los que la asisten: “Todo me lo habéis quitado, menos el dolor”. Igual, mandonea, no pierde su dignidad: “Muero de lo que me dé la gana”, dice, y se da el gusto de elegir el texto que –supone– leerán en su responso. Pide que sea aquel “del doloroso vacío”, simplemente porque la emociona. También, que no la incineren, porque eso es “darle muerte de hereje”. Para amenizar su extinción se presta al teatral juego de las visitas, memorando a las primas, a Doña Puri, la tía Jacinta... Estrenada en Europa en octubre de 2010, Nadie lo quiere creer está lejos de ser un espectáculo obsequioso: no prescribe reconciliaciones. Por el contrario, transparenta lo efímero de la vida y señala, con humor deformante, la persistencia de un deterioro cultural y social semejante al que aniquiló a sus personajes.

9-NADIE LO QUIERE CREER

(La patria de los espectros)

La Zaranda. Teatro Inestable de Andalucía la Baja

Autor: Eusebio Calonge.

Elenco: Gaspar Campuzano; Francisco Sánchez y Enrique Bustos.

Dirección y espacio escénico: Paco de la Zaranda.

Coproducción: Teatro de La Zaranda, Festival Temporada Alta, Festival de Tardor, de Catalunya; Teatro Salt, de Girona. Presentado por MCBA y Sebastián Blutrach en el Teatro 25 de Mayo, Av. Triunvirato 4444. Espectáculo en gira.

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El grupo dirigido por Paco de la Zaranda ya es un clásico de la cartelera porteña.
 
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