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Domingo, 8 de abril de 2012

TEATRO › NEGRAS INQUIETUDES, UNA PROPUESTA DE LA BAILARINA Y COREOGRAFA MARTA LANTERMO

Cuando la oscuridad es develadora

Teatro de sombras con música de Mussorgsky, relato visual y sonoro apto para grandes y chicos, la obra no necesita palabras. “Son imágenes oscuras que permiten que cada uno despliegue su imaginación, como si encerraran muchas historias”, dice la directora.

Una fábula narrada con sombras, música, dibujo en vivo y sin una palabra. Una mujer que enfrenta los miedos y las amenazas en pos del crecimiento. Tres titiriteros que manipulan docenas de siluetas de distintos tamaños hechas en cartón, proyectores de luz y pantallas, mientras suenan melodías inspiradas en la obra del compositor ruso Mussorgsky. Todos estos elementos se combinan en Negras Inquietudes, el nuevo espectáculo dirigido por la bailarina y coreógrafa Marta Lantermo que se presenta los domingos a las 19 horas en Ofelia Teatro (Honduras 4761), fruto de un intenso proceso de experimentación. ¿El resultado? Un universo sutil y metafórico de imágenes planas y cuerpos atravesados por luces. Puro negro sobre blanco.

El proyecto comenzó a gestarse en 2010 en el marco de la Diplomatura en Teatro de Títeres y Objetos de la Universidad Nacional de San Martín, donde Lantermo ofrece un entrenamiento corporal para los estudiantes. Ella había comenzado a investigar con luces sobre distintos materiales y Tito Loréfice, director de la carrera, quería generar una producción de teatro de sombras con música de Mussorgsky. Así se potenciaron los intereses de ambos y Lantermo comenzó a trabajar con tres egresados a los que convocó: Gabriela Civale, Gabriel Von Fernández e Igor Alfaro. Comenzaron a experimentar a partir de la proyección de luz en siluetas de cartón y de las sombras que los cuerpos y los objetos generan. Las imágenes planas convocaron el interés de la directora: “Son imágenes oscuras que permiten que cada uno despliegue su imaginación, como si encerraran muchas historias. Y además son bien netas, como si la oscuridad develara y tuviera su propia claridad. Es que las sombras tienen mucha contundencia y síntesis”, explica Lantermo a Página/12. A partir del encantamiento con la materia intangible que empezaron a generar en escena, bucearon en improvisaciones y en acciones físicas directas. “No buscamos movimientos que representan, que imitan algo, sino que el cuerpo y el movimientos pueden ser materias en sí mismos. Fue una experimentación más bien abstracta”, advierte.

Fueron siete meses de investigación en el marco de la Unsam, luego vino un work in progress y después las ganas de continuar profundizando en el trabajo hasta dar forma a un relato visual y sonoro apto para grandes y chicos. “Es una obra para todas las edades con una primera parte más näif, otra más oscura y un final muy luminoso”, anticipa. La protagonista es un personaje duplicado: una mujer de carne y hueso encarnada por Gabriela Civale, y su réplica en cartón (una pequeña silueta que la actriz manipula). “Es el tránsito de una mujercita a una mujer con las dificultades que supone dejar de ser una niña. Pero no se trata de una historia femenina, puede leerse en forma más general”, agrega la directora. La primera parte transcurre en un campo soleado y poblado de animales y plantas, donde la muchacha se enamora para después atravesar una zona más tenebrosa, un bosque oscuro donde surgen miedos y amenazas. Estos ambientes cobran vida a partir de las increíbles siluetas en cartón que el elenco manipula, y de las imágenes que se generan a partir de las proyecciones sobre los objetos y sobre los propios cuerpos de los intérpretes. Las pantallas son varias, como una muy grande y plana de papel madera, y otra que es un enorme papel blanco con el que la protagonista se arma una pollera.

Si bien no tiene coreografías ni baile, Negras Inquietudes es danza. Lantermo lo explica así: “No hay momentos bailados pero sí hay mucho movimiento en la manipulación de los objetos, en los desplazamientos y en las acciones que los intérpretes realizan con sus cuerpos. Son secuencias físicas muy precisas. Por eso es danza aunque no haya baile. Además la manipulación de objetos y de proyectores de luces está a la vista y forma parte de la obra”. Tanto la directora como el elenco coinciden en que no es teatro negro. “El teatro negro trabaja con figuras y objetos pintados en colores flúo e iluminados con luz negra. Lo que no-sotros hacemos es teatro de sombras: lo que se ve no son los objetos mismos sino las sombras que producen esos objetos. Vemos las sombras planas de esos objetos tridimensionales”, señala Gabriel Von Fernández.

¿Cómo llega una artista dedicada a trabajar con cuerpos y objetos en movimiento a concentrarse en imágenes planas como las sombras? Tal vez la respuesta esté en el deseo de experimentar e incursionar en terrenos nuevos, y en la atracción que le despertó el mundo de las sombras. En la paradójica claridad que surge de esas figuras. “La oscuridad genera un clima de extrema concentración en lo pequeño, en la miniatura, como en el teatro kamishibai de Japón”, compara.

El camino artístico de Lantermo es bien diverso. Comenzó como profesora de educación física antes de volcarse a la danza. Como bailarina se formó con reconocidos maestros del país y del exterior como Marina Gianscaspro, Susana Tambutti, Fabiana Capriotti, Juan Cruz Díaz de Esnaola y Trisha Baumann. Fue intérprete del Grupo de Danza Teatro de la UBA y de la Compañía Eléctrica, dirigida por la bailarina Mariana Bellotto, además de egresar del Conservatorio Nacional de Música y de incursionar en videodanza, disciplina en la que plasmó varias obras. En 1989 creó junto a Patricia Dorín El Redondel, compañía dedicada a la producción de espectáculos de danza y teatro para niños. De ahí surgieron trabajos como El Redondel, Tres hechizadas y Oceánica. Un cuento de sirenas, con dramaturgia de Ana Alvarado. Lantermo considera que nunca hizo danza en sentido puro, ya que suele incorporar objetos en el escenario. En El Redondel, por ejemplo, la legendaria pieza para chicos que se mantuvo por años en cartel y fue reversionada, el elenco utilizaba todo tipo de pelotas y tubos inflables. “Los necesito. Creo que cada vez voy más hacia lo plástico y menos hacia el movimiento bailado a la hora de componer. Y además, últimamente, mis trabajos son cada vez más para todo público, integran a grandes y chicos”, advierte la mujer de voz pausada y mirada cristalina, que dirige un escuela de danza y acrobacia para niños de dos a doce años.

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El espectáculo se presenta los domingos en Ofelia Teatro.
 
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