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Domingo, 6 de mayo de 2012

TEATRO › LA PATRIA FRIA, DE ANDRES BINETTI Y MARIANO SABA

El circo como una metáfora

“El origen del teatro nuestro está en el circo criollo, berreta”, explica Binetti sobre la obra, cuyo tema central es el fracaso, “porque todos hemos perdido algo. Tenemos más claro lo que perdimos que lo que ganamos, y ahí funciona la identificación”.

 Por Sebastián Ackerman

Un circo decadente, con un lanzacuchillos alemán tuerto, una contorsionista paraguaya embarazada, un payaso alcohólico, un enano que creció, un león hambriento y un dueño antiperonista que reclama una gloria que nunca tuvo, recorre en los años ’40 pueblos perdidos en la llanura pampeana buscando espectadores que paguen su entrada. Entre los conflictos que conlleva una convivencia forzada por la necesidad, se presentan en el mismo pueblo por el que pasa el Tren Solidario de Evita. “El circo es como una metáfora de la Argentina”, asegura Andrés Binetti, coautor de La patria fría junto a Mariano Saba, en diálogo con Página/12, y continúa: “El origen del teatro nuestro está en el circo criollo, berreta, en el que los actores tenían que entrar con caballos porque la gente se subía al escenario. Ese tipo de ambiente nos interesa mucho y funciona como una metáfora muy directa del país, porque en el circo están todos, el famoso crisol de razas. ¡Ni siquiera es enano el enano!”, explica sobre lo que puede verse los domingos a las 20.30 en Teatro Anfritrión (Venezuela 3340).

La obra, que recupera la propuesta de teatro grotesco, se desarrolla en el coreto, el trasbambalinas circense, y lo que allí sucede pivotea entre dos escenarios ausentes: la pista del circo, donde cada número es peor que el anterior y el público se va, y el afuera, donde el pueblo espera la llegada de Evita. Así, la propuesta de La patria fría consiste en que el espectador presencie lo que nunca ve: las peleas de los artistas, sus miedos, cómo reaccionan cuando sienten que lo que hicieron en la pista salió mal. Binetti sostiene que esta puesta en escena se apoya en “lo que se sugiere, y lo que no se ve lo construye el espectador. Si se mostrara todo, perdería fuerza, porque lo que construye la imaginación del espectador es mucho más potente que lo que uno puede hacer”, y recuerda la teoría del iceberg: “Uno ve la punta y es el diez porciento; lo otro está sugerido, entonces cada espectador construye su circo y cómo es el fracaso de esos números tan mal hechos”, compara.

–En los personajes hay un aire melancólico de pérdida y de huida. ¿Por qué trabaja con eso?

–Porque el tema es el fracaso. Sería muy difícil contar el éxito en el teatro, por lo menos desde el teatro independiente, por una cuestión ideológica. No es interesante contar el éxito en este tipo de teatro. Por ahí, en las películas de Hollywood es diferente, donde el Bien y el Mal están claramente representados, pero si nosotros hiciéramos ese final feliz perdería efectividad. No tiene mucho sentido mostrar la felicidad. No sé si es interesante contar la historia de un tipo que le va bien, una obra basada en Rockefeller, que empezó vendiendo diarios en la calle y terminó siendo recontramultimillonario. Eso, para el teatro, no me parece interesante.

–Entonces lo que hay es una identificación con el fracaso...

–Todos hemos perdido algo. Tenemos más claro lo que perdimos que lo que ganamos, y desde ahí funciona la identificación. Uno está más constituido por los fracasos que por los logros; son parte del devenir de la vida. El sujeto siempre es incompleto. Por ejemplo, el personaje femenino va a tener un hijo, y el muestrario de quiénes podrían ser los padres es de terror... (risas).

–¿Por qué usar la estructura del circo para contar una historia? El espectador que va a verla se siente dentro de una carpa.

–La idea del circo permite esa idea de endogamia, que puede haber sido hasta real, y es muy teatral. Habla mucho de nosotros la obra, en ese sentido. Además, los creadores de teatro independiente estamos un poco condenados al fracaso.

Con música en vivo, la propuesta permite al espectador presenciar –en un clima que a medida que se va desarrollando la obra pasa de la comedia a la tragedia– los preparativos de la función, las esperanzas, los anhelos, y ver cómo cada uno de ellos se va frustrando, no tanto por vivir cada número como una oportunidad perdida sino como un destino de derrota que ellos parecen decididos a convocar. Los conflictos latentes entre los personajes se van poniendo de manifiesto tras el fracaso de cada número y la angustia de perder al público hace dudar de la pertinencia de continuar luchando por un mundo perdido, el mundo del circo, que se autodenomina cooperativa pero del que nadie saca nada más que desdichas. Pero que continúa, avanza sin respuestas ante las incertidumbres de unas tribunas vacías y unos artistas que parecen sólo desear no tener que desear más, y no lo logran.

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La obra, que recupera la propuesta de teatro grotesco, se desarrolla en las bambalinas circenses.
Imagen: Jorge Larrosa
 
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