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Sábado, 2 de junio de 2012

TEATRO › EL DIRECTOR CARLOS IANNI HABLA DE RIÑON DE CERDO PARA EL DESCONSUELO

Entre el “Ulises” y “Esperando a Godot”

El dramaturgo mexicano Alejandro Ricaño armó un juguete lúdico a partir de las obras cumbre de James Joyce y Samuel Beckett, en quienes Ianni reconoce “el genio como concentración de lo que fueron aportando muchas generaciones”.

 Por Cecilia Hopkins

Escrita por el joven dramaturgo mexicano Alejandro Ricaño, Riñón de cerdo para el desconsuelo narra una historia que enlaza a dos autores emblemáticos de la primera mitad del siglo XX, los irlandeses Samuel Beckett y James Joyce. La obra, que subirá a escena hoy en el Celcit (Moreno 431) bajo la dirección de Carlos Ianni, alude a la biografía de ambos autores desde el marco que aporta la historia ficcional que protagonizan Gustave y Marie, un escritor frustrado (a cargo de Claudio Martínez Bel) y su enamorada (Teresita Galimany), ambos unidos en un insólito plan secreto: ayudar a Beckett a concluir el texto de Esperando a Godot. La acción transcurre en París, pero en tiempos diferentes: a fines de los años ’30 y en 1953, a poco de estrenarse Godot en el Théâtre de Babylone.

Gustave renuncia a escribir su propia obra para ofrendar todo su tiempo a la construcción de una obra de maestra... que será por siempre la obra de otro. En conversación con Página/12, el director se pregunta: “¿Es posible amar algo por encima de uno mismo? ¿Es posible hacer un aporte anónimo y genuino a nuestros semejantes? Y ese aporte anónimo, de existir, ¿es también creación? ¿Cuántos héroes y genios anónimos abarca eso que llamamos arte?”.

–¿Qué aportan los datos verídicos a la obra de ficción?

–Aportan un contexto histórico-social, toda una época y unos personajes que están en el inconsciente colectivo y traen con ellos múltiples resonancias. Así, permiten al público involucrarse más allá de lo que genera lo estrictamente evidente.

–¿Y en esta obra en particular?

–Aquí permiten dar a conocer aspectos de la vida de un grande de la literatura, de un genio del teatro, Samuel Beckett. De su tiempo y circunstancias. Se conoce su obra, pero no tanto las peripecias más significativas de su vida. Este espectáculo las recorre generando muchas veces el suspenso de una película de espías.

–¿El texto juega con la biografía de ambos autores?

–Con su obra, Ricaño arma un juguete lúdico sirviéndose de algunas “piezas” –James Joyce, su Ulises y su protagonista Leopoldo Bloom, por una lado; Samuel Beckett, su esposa Suzanne Deschevaux-Dumesnil y los personajes de Esperando a Godot, por el otro– para contar una conmovedora historia de amor, de la que son partícipes Marie y Gustave, quienes, según alega su relato, ayudaron a Beckett a escribir una de sus obras más conocidas.

–La obra no pretende ser didáctica...

–Es que a veces, cuando se habla de personajes reales inspirando una obra de ficción, cuando se menciona época y contexto histórico, se da por sentado que el público pasará un buen rato muy serio, mirando el escenario. Quiero subrayar la ironía y el humor con que Ricaño trata a sus personajes. Si algo bonito nos dijeron algunos de los colegas que nos han acompañado en este último tramo de los ensayos, es que habían seguido la obra con una sonrisa en los labios. 

–¿Cree que Gustave y Marie podrían ser, como personajes, caras de una misma moneda?

–Ambos tienen un vínculo muy fuerte, lo cual se ve en la riqueza e intensidad de sus intercambios. A su manera, y sin importar lo que digan, se necesitan. Se complementan. Son cómplices y dependen uno del otro.

–¿Qué es lo que la figura de Beckett representa para Gustave?

–Beckett representa para él todo aquello que ama y admira, el punto más alto al que puede llegar la belleza y lo sublime. Gustave es, en definitiva, el retrato de una entrega a un bien mayor, libre de toda consideración mezquina. Es, en el sentido que va develando la obra, una suerte de antihéroe artístico. 

–¿Qué significados adquiere la espera en la obra, dado que se menciona en diversos contextos? 

–Hay un doble plano que está jugando de continuo en la obra. El expresado en la literatura dramática y el que expresan los personajes. Está el de la espera-desesperanzada, en la que sólo resta quedarse allí sin nada que pueda venir en nuestra ayuda o auxilio o contento. Y está el de una espera-esperanzada donde hay algún futuro, donde algo puede surgir en el horizonte para nuestra alegría o consuelo.

–¿Es ésta una obra que habla, aunque de un modo muy poco ortodoxo, acerca de la creación?

–Sin duda. El contexto del que hablábamos al principio está signado por la aparición de Joyce y Beckett, creadores fundamentales de la literatura moderna. Y en contraposición, otro creador, menor y consciente de sus limitaciones, pero capaz de poner toda su inventiva, todas sus capacidades, en función de la grandeza de la creación en sí. La obra plantea un aspecto de la creación donde ésta, en sí misma, se convierte en la protagonista, en aquel valor amado por el cual cualquier sacrificio vale la pena.

–Hasta el sacrificio de desa-parecer en la obra de otro...

–En una cultura que nos ha enseñado a trabajar duro para ser el número uno, a anteponer nuestro yo a todo, que nos ha inculcado el individualismo y lo ha impreso en nosotros a fuego, Riñón de cerdo... nos hace repensar que nadie llega solo ni por generación espontánea a ninguna parte. Creo que el genio es simplemente la concentración de lo que fueron aportando, en un punto específico, muchas generaciones.

* Riñón de cerdo para el desconsuelo, Teatro Celcit (Moreno 431). Sábados, a las 21; domingos, a las 19.

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“¿Cuántos héroes y genios anónimos abarca eso que llamamos arte?”, se pregunta Ianni.
Imagen: Arnaldo Pampillon
 
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