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Domingo, 23 de junio de 2013

TEATRO › GOLPES A MI PUERTA, DE JUAN CARLOS GENE

La huella del maestro

Dirigida y actuada por discípulos del autor de Cosa juzgada, la puesta que se ve en Andamio 90 respeta el texto original, aunque el director Eduardo Graham logra darle un toque personal.

 Por Paula Sabatés

Durante su exilio en Venezuela, Juan Carlos Gené fundó el Grupo Actoral 80 y con él escribió Golpes a mi puerta, un drama circunscripto en los ’70 pero al que no situó en espacio porque, según él, podía hablar de cualquier país de América latina. Transcurre durante una invasión extranjera disfrazada de guerra civil en la cual dos monjas que no usan hábito para no diferenciarse de los pobres dan asilo a un “rebelde” perseguido por esas fuerzas. En 1984, en una de las primeras giras de la compañía, Gené montó la obra. Además de dirigirla, inmortalizó en esa oportunidad al personaje de Cerone, el corrupto alcalde de turno. Verónica Oddó –quien también eligió Caracas para huir de la dictadura chilena y quien desde entonces sería su mujer– hacía de Ana, una de las “hermanitas”. No hubo ni habrá, posiblemente, una puesta más resonante que aquélla. Sin embargo, para quienes no pudieron verla, la que hoy se presenta los domingos en Andamio 90 es significativa. Los encargados de revivir ese texto (tanto los actores como el director, Eduardo Graham) fueron discípulos del gran maestro, que incluso supervisó los primeros ensayos de esta propuesta. Sus huellas, a un año y medio de su muerte, se ven en el resultado.

La puesta de Graham presenta un respeto total por el texto de Gené. Todas las palabras que se escuchan pertenecen a la versión original. Sin embargo, el director logró darle su toque personal. Por un lado, su formación incluye una licenciatura en Teología y además es sacerdote, con lo cual, si bien se remonta a los parlamentos escritos por el dramaturgo, realizó un gran aporte desde la dirección de actores en lo que respecta a la interpretación de las religiosas. Así, logra una coherencia natural y perfecta entre lo dicho y lo hecho. Por otro lado, encontró humor en ciertos pasajes que en la mayoría de las puestas suelen ser solemnes, lo que otorga un respiro entre tanto drama. Esto se ve sobre todo en la escena en la que Ana conversa con el joven militante, en la que él la cuestiona por sus creencias. Nada inocente la decisión, ya que pareciera que es el propio director quien se ríe de algunas contradicciones de la Iglesia Católica. Golpes a mi puerta es la segunda obra que dirige Graham. La primera, con la que debutó hace unos meses, fue Nuestra señora de las nubes, de Arístides Vargas.

La obra está muy bien actuada. Daniela Catz y Maia Francia interpretan respectivamente a Ana y Ursula, las dos monjas. En ambas se ven herencias de Oddó, pero sus actuaciones son frescas y actuales. Con precisión pasan de pelearse a rezar juntas, de la preocupación a la firme voluntad de acción. Conmueven porque sus monjas primero son mujeres y eso se nota en la forma en la que encaran a sus personajes (“Ursula... ¿Nunca pensaste en tener un hijo?”, dice Ana en un momento, y da comienzo a un diálogo que hace pensar). También se destaca Camilo Parodi, que había protagonizado Bodas de sangre bajo dirección de Gené, en la piel del temido Cerone. La capacidad del actor de decir textos tan crueles e irónicos con tanta naturalidad hace que su personaje crezca y que cada una de sus intervenciones modifique a los demás actores/personajes. Por su parte, Ariel Guazzone –que da vida al joven y es el encargado de producir la transformación de las hermanitas– y Mario Petrosini, que encarna al Monseñor, también hacen un gran trabajo.

Además de las actuaciones, otros elementos realzan la puesta en escena, sobre todo la escenografía. A cargo de Carlos di Pasquo, quien también trabajó con Gené, el diseño presenta tres espacios bien diferenciados en la misma planta escenográfica. Más próxima al público está la casa de las hermanitas, que a su vez se divide en tres (a la derecha se ve el pasillo que usa el militante para esconderse en las habitaciones, a la izquierda el sagrario al que le rezan las religiosas y la puerta por la que entra y sale Cerone, y en el centro la sala de estar donde ocurre casi toda la obra). Luego, un plano más atrás, el espacio se divide entre una iglesia y una cárcel. Esta disposición es significativa porque permite al espectador trazar el recorrido de la historia también desde lo visual. Así, podrá ver cómo las religiosas pasan de su casa a la cárcel y cómo todo termina en la iglesia. Esas transiciones están acompañadas además de música en vivo, recurso que Graham ya había usado en Nuestra señora de las nubes.

Cuenta el director que siempre hay un grupito de monjas entre el público. Esta cronista las vio, emocionadas hasta las lágrimas, aplaudiendo de pie. Y es que para rematar, Gené eligió un final que pone en jaque la moral de las religiosas y también de la iglesia como institución que las alberga. Salvando las distancias –sobre todo de época y lugar–, se trata de un final muy parecido al de Las Brujas de Salem, de Arthur Miller. Como John Proctor, el protagonista de esa historia, Ana y Ursula deben decidir entre morir como aquellos pobres a quienes querían parecerse o salvarse del pelotón de fusilamiento, protegidas por su templo. Consecuentes con su actuación durante toda la obra, Catz y Francia llevan esta decisión hasta el máximo dramatismo. Y logran, así, que la puesta esté a la altura de ese texto que es uno de los más grandes de la historia del teatro argentino.

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La puesta está a la altura de un texto notable.
 
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