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Domingo, 25 de junio de 2006

TEATRO › ENTREVISTA CON ROBERTO “TITO” COSSA Y RUBENS CORREA

“Los argentinos tenemos una tendencia a la irrealidad”

Los dos teatristas participan del Programa de Proyección Federal del Teatro Cervantes con la puesta de Los compadritos, una obra escrita en 1984 que ironiza sobre “el fascismo latente en los argentinos”. En su concepción, Cossa utilizó el episodio del acorazado alemán “Graf Spee” en el Río de la Plata.

 Por Hilda Cabrera

Un programa federal de teatro que generó discusiones entre autores, intérpretes, directores y técnicos se ha convertido en ponderada alternativa ante la falta de presupuesto y las trabas burocráticas que impiden sostener la temporada del único teatro nacional en la ciudad. Se trata del Teatro Nacional Cervantes, la joya arquitectónica de Av. Córdoba y Libertad donde se viene ofreciendo como única producción integral propia para adultos la obra En auto, de Daniel Veronese, un estreno de 2005. En opinión de Rubens Correa, director de Los compadritos, obra de Roberto “Tito” Cossa que integra el programa federal, ha sido una decisión inteligente frente al escaso dinero disponible y a los conflictos gremiales. Esta obra entusiasmó al público que acudió al Teatro Independencia de Mendoza y se supone que sucederá algo semejante en su gira por otras provincias y en su presentación final en agosto, en el Cervantes, con el mismo elenco mendocino. Escrita en 1984 y estrenada al año siguiente, ironiza sobre “el fascismo latente en los argentinos”, señala sus contradicciones, patetismos y avivadas. Parte de un episodio real de 1939. Ese año, el acorazado alemán “Admiral Graf von Spee” arde cerca del puerto de Montevideo tras los enfrentamientos con tres cruceros ingleses. El hecho de que algunos de los sobrevivientes permanecieran en Buenos Aires abrigó sospechas de todo tipo, y en Cossa avivó el deseo de bromear sobre la creación de un frente nazi en el Río de la Plata.

–¿Cómo definirían el fascismo de 1939, el de la época de escritura de la obra y el actual?

Rubens Correa: –El clima de la dictadura se sentía como algo muy cercano en 1984, por lo tanto se podía asociar el fascismo a la dictadura militar, aunque creo que en esta obra Tito está preguntando cómo fue que llegamos a ese extremo. Previo al debut, organizamos en Mendoza funciones especiales para los estudiantes de teatro de la Facultad de Artes y Diseños y los vimos reír con gran libertad. Ellos nacieron en democracia y no tienen, como nosotros, una referencia emocional directa sobre aquella época. Entonces uno se pregunta qué leen estos chicos. Parecen entender muy bien el mercantilismo exagerado de algunos personajes, semejante a ese desenfreno por la guita que se vivió durante el gobierno del compañero Carlitos Saúl. Teniendo en cuenta este dato, supongo que el fascismo puede asociarse a sacar ventaja. Recién ahora que el liberalismo acabó como pensamiento hegemónico es probable que se produzca un cambio y se inicie un período de “humanización” de la vida cotidiana.

Roberto Cossa: –Por ahí es cierto lo que dice Rubens. La dictadura era todavía algo cercano, pero éste no era un tema nuevo para mí. Desde siempre me interesó ese argentino de clase media, o media baja, que tiende al fascismo, que se potencia cuando no existe un proyecto de país solidario. A lo mejor, bajo cierta etapa del peronismo de Perón fue diferente. No sé por qué pensé escribir entonces sobre ese fascismo, cuando, creo, fue el mejor año en democracia.

–¿Se acabó el liberalismo?

Correa: –No, digo que está en baja, que la debacle económica que sufrimos trajo un cambio.

Cossa: –Los liberales tienen otra estrategia: se dieron cuenta que lo salvaje no va y es mejor negociar.

Correa: –Tampoco los proyectos extremos tienen salida, como los de la lucha armada en los ’70. En este momento los cambios pasan por los movimientos antiglobalización, por los ecologistas y las políticas que tienden a preservar cierta identidad en la economía y la cultura.

–¿Por qué se eligió el episodio del hundimiento del “Admiral Graf von Spee”?

Cossa: –Quería contar una historia que me divirtiera y se me cruzó ésta de los nazis, pero no para hablar de ellos sino de los argentinos.

–¿De sus delirios?

Cossa: –¡Claro!, hablar de los que inventan otra Argentina como si no quisieran vivir acá. Fue así que nuestros revolucionarios inventaron su Cuba y los menemistas su Miami. Esa tendencia a la irrealidad enajena y conduce a estropicios, como haber tenido de presidente a Fernando de la Rúa, por no hablar de Menem. Esta característica nuestra me fascina. Digamos que es nuestra poética.

–¿A qué se debe?

Cossa: –Nunca lo pensé demasiado. Recuerdo lo que decía un italiano, Atilio Dabini, investigador y escritor que vivió en Buenos Aires. El opinaba que ése era el comportamiento del inmigrante que no logra instalarse, que no se apega y sueña con otro país. Yo creía que se nos iba a pasar después de tanta dictadura y tanto liberalismo desatado, pero no, seguimos igual.

Correa: –Esto de armar proyectos delirantes y de imaginar conspiraciones tiene algo de la novela Los siete locos, de Roberto Arlt.

Cossa: –Pero la apuesta de los personajes de Arlt era más generosa: querían la revolución.

Correa: –Financiada con las ganancias de una red de prostíbulos, otro delirio, como en Los compadritos querer instalar en Argentina un Tercer Reich y empezar por una cervecería alemana en un recreo del Tigre.

–¿Ese tipo de comicidad fue una decisión previa a la escritura?

Cossa: –Para un autor el humor aparece con el primer bocadillo. Después se sostiene si uno quiere realmente divertirse. Aquí puse un poco de ironía sobre nuestro ser nacional y otro poco sobre el peronismo, que es mi debilidad.

Correa: –Tito tiene un humor crítico sobre lo cotidiano que a veces duele como si nos clavaran un puñal.

Cossa: –De pibe era el gracioso de la escuela. Esa era mi pequeña fama, como la de quien juega bien al fútbol, dibuja o silba bien. Es una forma de vivir, algo incorporado, y una ventaja, porque mejora el vínculo con los otros. Uno puede estar triste pero no solemne. El humor ayuda a descubrir lo ridículo, la chantada.

–¿Quiénes serían hoy compadritos?

Cossa: –Ya tenemos por lo menos dos Fernández, porque los milicos, aunque quieran ser compadritos ahora son cacheteados. Pero no quiero hablar de estos compadritos sino de la compadrada, que es bastante común. Están los que dicen “vengan, que les presentaremos batalla” como si lo que nos importa a todos fuera un asunto personal. Esto es algo bien argentino, y eso quiero criticar.

Correa: –El compadrito es un tipo admirado. Los argentinos nos derretimos ante el poder y la trampa. ¿En qué otro país un gol hecho con la mano pasa a ser una heroicidad? Eso es apología de la compadrada, y se la disfruta.

Cossa: –Ahí nos parecemos a los italianos.

Correa: –Recuerdo que en Padua me señalaban un catafalco diciendo que allí descansaba el fundador de la ciudad. Estaba comprobadísimo que no era así, y lo sabían pero lo afirmaban como cierto.

Cossa: –Estando en un bar de Roma con Marta Degracia, pedí dos cafés y una grapa. Me cobraron doce mil liras. Tres horas después volvimos al mismo café y a la misma mesa. La segunda vez atendió otro mozo y le encargué lo mismo pero por separado, primero los cafés y después la grapa. Le pregunté cuánto era, me contestó quince mil y dio las razones del caso: no fue un pedido sino dos. Como decía el gordo Osvaldo Soriano: “Lo más lindo es la explicación”.

–¿La trampa es entonces simpática?

Cossa: –No, ésa es una picardía. La trampa es un vicio que a los argentinos nos cuesta caro.

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Cossa y Correa apostaron por Los compadritos, que se reestrenó en Mendoza y girará por otras provincias hasta llegar al Cervantes.
Imagen: Pablo Piovano
 
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