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Domingo, 18 de agosto de 2013

TEATRO › EL CRITICO, DE JUAN MAYORGA, EN EL CAMARIN DE LAS MUSAS

Reflexiones sobre la escena

Dirigidos por Guillermo Heras, Horacio Peña y Pompeyo Audivert encarnan a un dramaturgo y un crítico enzarzados en un duelo verbal sobre sus roles en el mundo del teatro. La puesta deja un debate interesante, también en lo que respecta a la dirección.

 Por Paula Sabatés

Las ideas de El crítico componen un ejercicio que no todas las obras invitan a hacer.

Es complejo escribir sobre El crítico, pieza teatral del español Juan Mayorga. Lo es porque si la primera escena muestra a un crítico teatral sentado en su escritorio redactando el comentario que al día siguiente publicará el medio de comunicación que lo emplea, las que le siguen no interpelan menos al trabajo de la cronista. Durante 85 minutos, la obra que luego de una temporada en el Teatro San Martín se acaba de estrenar en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960) propone un duelo casi teórico entre un dramaturgo y un crítico de renombre. Debaten acerca de la relación entre teatro y crítica, sobre la injerencia e importancia de la última sobre la primera, y fundamentalmente sobre el rol que ésta cumple para el arte de una sociedad. Pero la metadiscursividad es tal –se llega incluso a representar una obra dentro de la obra–, que termina por trascenderse a sí misma y entonces El crítico ya no habla de todo eso sino que lo hace sobre la vida misma, sobre la necesidad del hombre (o su rechazo) por el reconocimiento ajeno.

El pretexto de la reflexión en la obra es el encuentro entre Volodia, el crítico, y Scarpa, un autor que acaba de estrenar su último espectáculo y que espera ansioso el veredicto del primero. Su relación tiene historia: desde su primer espectáculo, el crítico ha castigado severamente el trabajo del autor. Sus comentarios dejan vislumbrar que podría tener un talento oculto, pero que todavía no salió a la luz. Todo lo que Volodia espera de él es que sea sincero. “¿De qué sirve el teatro si también se entrega al enmascaramiento del mundo? Yo le pido al teatro que me diga la verdad”, dice su personaje. Pero Scarpa no se rinde. Decidido a lograr que esta vez la sentencia lo favorezca, visita a Volodia luego del estreno y le pide observarlo mientras escribe su crítica. Pero el resultado lo decepciona nuevamente y entonces el autor se propone demostrarle que merece de su parte otra consideración. Todo lo que sigue se corresponde con ese intento de-sesperado, que lleva al autor a confesar de lo que ha sido capaz para atraer a su enemigo.

El texto de Mayorga tiene momentos muy interesantes (no por nada es considerado el dramaturgo del momento en España). Sin embargo, si como Volodia esta cronista pretende que el teatro muestre verdad –y lo hace–, no puede dejar de notarse que la pieza presenta algunas incongruencias tanto en el texto mismo como en el paso de éste a la escena. En lo que refiere al texto dramático, Mayorga delinea un crítico dudoso. No por los cambios en sus costumbres (tecnológicos, sobre todo, ya que el crítico de la obra es de otra época y escribe a mano y dicta el texto por teléfono al editor del diario), sino porque la crítica que hace Volodia sobre el espectáculo de Scarpa (que se lee en voz alta) se parece más al capricho de alguien que quiere demostrar que sabe que en “una creación sobre otra”, tal como Mayorga definió la crítica en una entrevista, no hay relación entre la fama del crítico y su trabajo, que carece de análisis y fundamentación. En ese sentido, el espectador no entiende a qué se debe su reconocimiento y por qué Scarpa desea tanto agradarle.

En lo que refiere a la puesta en escena, hay algo en las actuaciones que hace ruido. Volodia y Scarpa son interpretados, respectivamente, por Horacio Peña y Pompeyo Audivert. El madrileño Guillermo Heras, quien dirige la pieza, eligió para ellos dos registros de actuación bien distintos. Al crítico de Peña le calzó un naturalismo que ayuda a resaltar aspectos de su personalidad, tales como la mesura y la pasividad. A Audivert, en cambio, le encomendó un dramaturgo si se quiere grotesco, con una actuación más bien exaltada. Ambos actores interpretan bien a sus personajes y esa diferencia entre uno y otro colabora en mostrar el contraste que Mayorga intenta marcar entre ellos. Sin embargo, esa incompatibilidad en la manera de actuar confunde un poco al espectador, que no sabe bien si Audivert/Scarpa actúa de ese modo porque está en pose frente a Peña/Volodia o si se trata de dos actores con estilos irreconciliables que el director no fue capaz de aunar.

Sí hay algo muy interesante en la obra, además de ciertas reflexiones que otorga el texto dramático, es la mención que allí se hace sobre la relación entre autor y director (quizás más interesante aun que la de autor/crítico). En su intento por hacerlo cambiar de opinión respecto de su trabajo, Scarpa le dice a Volodia que el director que montó su espectáculo no ha sabido comprenderlo y que por eso la obra lo confunde. En una escena memorable actúa para él y le muestra como único espectador privilegiado, ahí en la intimidad de su departamento, cómo debería haber sido su obra en realidad. Además de hacer que el espectador piense en la relación Mayorga-Heras (una asociación inevitable), esa escena le permite más que ninguna otra pensar al teatro como una relación compleja entre distintas partes que pueden entenderse pero que en su naturaleza son bien diferentes. Y, en ese camino, pensarse a sí mismo como un eslabón y un sujeto más de ese todo. Un ejercicio que no todas las obras invitan a hacer.

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