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Domingo, 18 de agosto de 2013

CULTURA › DARIO SZTAJNSZRAJBER, DIEGO GOLOMBEK Y LA BATALLA DEL CONOCIMIENTO HUMANO

Un debate con rigor, pero con mucho humor

Confrontados en un ring de box montado sobre La Nave del Conocimiento de Tecnópolis, Golombek y Sztajnszrajber se baten dialécticamente sobre distintos ejes que permiten advertir las posturas más radicalizadas de la antinomia entre ciencia y filosofía.

 Por Juan Ignacio Provéndola

Imagen> Jorge Larrosa.

Hubo un tiempo en el que la ciencia y la filosofía eran dos aliadas incondicionales en el camino del conocimiento. Fue hace casi cuatro mil años, cuando el hombre de la Antigua Grecia se encontró con la necesidad de hallar respuestas racionales a preguntas hasta ese entonces sólo resueltas por construcciones mitológicas. Desde el origen del universo hasta el fin de la vida, todo parecía encontrar explicación en fuerzas sobrenaturales que regían los destinos de los hechos y de las personas de manera arbitraria e inexpugnable. Esa ruptura generada por los griegos en la forma de construir sentido sobre la realidad provocó un estallido intelectual cuyos fulgurantes destellos siguen iluminando el saber de nuestros días.

Sin embargo, las necesidades de ciertos poderes dominantes fueron jerarquizando conocimientos según la rigurosidad de sus métodos y la fiabilidad de sus comprobaciones. La filosofía, entonces, empieza a quedar pegada en el fondo de la olla como un saber residual, zonzo e inútil, mientras que las ciencias naturales comienzan a ganar terreno a partir del Renacimiento (y, puntualmente, durante el Positivismo del siglo XIX) ofreciendo con sus descubrimientos un beneficio concreto a las sociedades de aquellos tiempos. Una perspectiva cuanto menos discutible. ¿Es más importante descubrir la vacuna contra el cáncer o entender el sentido de la vida? Más aún: ¿hay una verdad más verdadera de entre todas las verdades postuladas por los amplios campos del entendimiento humano? La respuesta es que no, y a esa conclusión llegan el biólogo Diego Golombek y el filósofo Darío Sztajnszrajber al final de Versus, la batalla del conocimiento humano, un espectáculo en el que ambos utilizan los recursos del teatro como vehículo de divulgación científica para reencarnar esa vieja tensión académica.

Confrontados en un ring de box montado sobre La Nave del Conocimiento de Tecnópolis, Diego y Darío se baten dialécticamente a lo largo de cuatro rounds al pronunciarse sobre distintos ejes que permiten advertir las posturas más radicalizadas de la antinomia entre ciencia y filosofía (o, más ampliamente, entre saber empírico y saber interpretativo). Arbitrados por la mediadora Sofía (Maru Zapata) y asistidos por sus segundos (Daniel Núñez y Lucas Avigliano), el espectáculo dirigido por Enrique Federman y guionado por Mariano Cossa cuenta también con los comentarios entre asalto y asalto de Osvaldo Príncipi. La idea surgió por casualidad cuando ambos participaron en la presentación meses atrás que se hizo de la nueva programación de Canal Encuentro en la ex ESMA. Golombek, como conductor de Proyecto G, y Sztajnszrajber, a la cabeza de Mentira la verdad, improvisaron un paso de comedia en el que reeditaron los lugares comunes de una discusión académica que ahora profundizan a través de cuatro temáticas fundamentales: el método de conocimiento utilizado por cada saber (básicamente, el de la experimentación científica frente al de la interpretación filosófica), el origen de las emociones (con especial ahínco en el amor, donde tal vez se note el contrapunto más irreconciliable), el real grado de libertad de la que goza el ser humano y, por último, un inesperado acuerdo acerca de que nadie puede jactarse de detentar una verdad única y universal.

Un debate con rigor, pero con humor. “Le agregamos ese toque porque está dirigido a toda la familia y porque, a nivel epistemológico, es una discusión perimida”, sostiene Sztajnszrajber. “Esa disputa, muchas veces, es instalada en ámbitos académicos sólo para ver quién se queda con más becas de investigación.” Y Golombek coincide: “Es un debate por ver quién lo tiene más largo. El objeto de conocimiento, aclaro. Nosotros lo parodiamos con posiciones extremas con las que no necesariamente estamos tan de acuerdo”.

–¿La exageración en las posturas ortodoxas en clave de humor es una forma de desarmar ese debate aún vigente?

Diego Golombek: –Sí, pero también es una forma de demostrar a través de la parodia que los problemas que todos nos hacemos en la vida pueden ser abordables desde distintos lados, todos ellos interesantes y complementarios. La exageración permite remarcar un antagonismo del cual también pueden surgir nuevas ideas.

Darío Sztajnszrajber: –Las clásicas tomaduras de pelo entre filósofos y científicos están muy instaladas en el sentido común y nos interesaban explotarlas. La idea de que el filósofo no es un científico me parece grave, porque ese juicio esconde una denostación hacia ese saber. Del mismo modo, creer que un científico es un ser neutral que vive encerrado en un laboratorio sin compromisos sociopolíticos con la realidad en la que vive también es un prejuicio errado.

–Uno de los ejes de discusión se centra en los métodos de estudio utilizados por la filosofía y por las ciencias naturales. ¿Cabe la posibilidad de encontrar un punto conciliador en este sentido?

D. G.: –Es que hay diferencias reales. El lenguaje de las ciencias naturales se asume como unívoco: vos decís algo y lo escribís de una manera que se entienda en Salta y en Singapur. Aunque no siempre funcione, porque la base de las ciencias naturales es la replicabilidad de un experimento.

D. S.: –¿¡La qué!?

D. G.: –La replicabilidad...

D. S.: –¡Qué groso!

D. G.: –Obvio. ¡Yo estudié!

D. S.: –¡Estudiaste palabras difíciles, sobre todo!

D. G.: –Yo escribo la receta del café con leche para que vos la agarres, la repitas y obtengas el mismo resultado. A eso me refiero con el lenguaje unívoco, mientras que la replicabilidad está dada en la medida que puedas refutarlo por la misma vía: la experimentación. Por su parte, la riqueza de la filosofía y de las ciencias sociales es justamente lo contrario: la multiplicidad de interpretaciones sobre un texto. Ahí hay un punto de conflicto o quizás de complementariedad sobre un objeto de estudio.

D. S.: –Estoy completamente de acuerdo. Las ciencias sociales son, antes que nada, hermenéuticas. Basan su diferencia y su poder en la capacidad de abrir cada vez más perspectivas sobre aquello que se está estudiando. Profundizar esta diversidad metodológica es una manera de darle a ambas ciencias el mismo lugar. Cuando lo que se pretende es unificar un método para todas las ciencias, claramente ese método termina siendo el del más poderoso, y eso es lo que tradicionalmente sucedió en los tiempos más positivistas con las ciencias naturales. Hay que entender que no hay posibilidad de unidad. No tiene que haber una sola ciencia. No hay forma, porque mutilarías saberes o dejarías afuera a algunos históricamente oprimidos pero que ahora están emergiendo, como la teología o la astrología.

–La teología parece ser un saber mirado con miedo y distancia por quienes no tienen vínculo con la religión.

D. S.: –¡Es que la teología no es un cura con un Padrenuestro! Hoy es motivo de estudio descargado de la metafísica, trabajado desde los textos y entramado en sus puntos de contacto con otros saberes.

D. G.: –Con la teología pasa algo interesante, porque la ciencia ha tratado justamente de ganarle terreno a la religión como forma de buscar explicaciones del mundo. Estamos entrando en una etapa de diálogo para explicar desde la ciencia por qué abrazamos la religión.

–¿Reivindican las llamadas pseudociencias como, justamente, la astrología?

D. S.: –Yo reivindico toda disciplina que tenga como propósito la búsqueda del saber. Puedo no comulgar con ciertos métodos, pero de ninguna manera los excluiría.

D. G.: –Yo disiento, porque trazo un límite claro en lo que se constituye como un engaño, algo en lo que incurren las pseudociencias. Es cierto que hay engaños y engaños, y los de la astrología, por ejemplo, son bastante inocuos. No veo nada de malo en que te digan que mañana vas a encontrar al amor de tu vida, y si a algunas personas les hace bien, allá ellos, pero impongo mis reparos cuando algo ya conlleva riesgos. El ejemplo sería la homeopatía o las medicinas alternativas. Si lo planteás como efecto placebo, todo bien, pero si tu primer tratamiento para el cáncer va a ser homeopático, automáticamente te considero un criminal. Coincido en que implica una búsqueda del saber, pero no puedo negociar mi límite a eso.

–Definir límites fue siempre objeto de polémicas en los ámbitos de las ciencias...

D. S.: –Es que impone la siguiente pregunta: ¿límites ante qué? En el caso de Diego, la respuesta es muy concreta. Otros lo ponen en el rigor académico. A mí, desde la filosofía, me gusta analizar cómo muchas veces esos límites tiran la pelota, poniendo el problema del lado de afuera y no del lado de adentro. Acuerdo con Diego en que un tumor no puede ser tratado desde lugares que generen mayor mal. Ahora, tampoco quiero ser ciego frente a que muchas veces desde la propia medicina científica, persiguiendo otros intereses, se genera otros problemas. Y ya no estamos hablando de un tema epistemológico, sino de intereses económicos. Es mucho más fácil señalar de truchos a los que están afuera para cubrir a los que están adentro. La medicina se ha constituido en un saber hegemónico al punto que fue desplazando a otras esferas de construcción de sentido de la existencia humana. Un médico hoy te dice ya no cómo manejar tu cuerpo, sino tu vida. Estamos en tiempos biopolíticos, y detrás de eso tenemos a la industria farmacológica. Lo bueno es advertirlo y poder ponerlo en evidencia. Si desplazamos la cuestión de la verdad como uno de los propósitos del saber científico, gana espacio entonces el de la utilidad y caemos en el pragmatismo. En ese sentido, si la astrología te hace bien, no le veo diferencias epistemológicas fuertes con el

I Ching o el psicoanálisis, porque estos tres ámbitos del saber están proveyendo algún tipo de sentido. Desde la racionalidad, podés discutir los enunciados de las teorías freudianas, pero hay un punto en el que caés en un cuestionamiento radical del que no se salva ninguna disciplina científica o pseudocientífica.

D. G.: –Estoy de acuerdo, pero hay diferencias. El I Ching me parece brillante y siempre me pareció un desafío fascinante hacer un oráculo amplio en el que todos pudieran caber, porque de eso se trata. Vos abrís un hexagrama, lo leés y decís: “¡Oh, sí, es verdad, hoy veo todo más claro!”. Pero es algo incomprobable, y es ahí donde yo trazo una línea. El psicoanálisis, en cambio, tiene algunos intentos de universalidad, de comprobación, de unirlo con ciencias naturales. De hecho, ahora muchas intuiciones originales freudianas tienen un asidero duro, cerebral. El inconsciente mismo lo podés pinchar con una aguja.

D. S.: –¿¡Ahora me vas a decir que el inconsciente es una parte del cerebro!?

D. G.: –No, es un funcionamiento, porque el cerebro no está dividido en partes, sino en circuitos. Hay cosas del inconsciente que efectivamente afloran en los sueños o en ciertos comportamientos y por lo tanto permiten cierta búsqueda metódica que claramente no la permiten ni la astrología ni el I Ching, que en sí mismas son tautologías incomprobables. Estoy de acuerdo en que son saberes, y desde ese punto de vista no me resultan desdeñables, pero creo que los separa la posibilidad de comprobación a través de la observación y la experimentación.

–Dudan del rigor del I Ching, que es creación de los chinos, mientras que los árabes nunca fueron reconocidos por extender en Europa con sus traducciones los aportes de la Antigua Grecia. ¿Por qué creen que el mundo de la ciencia desprecia estos aportes de culturas no europeas?

D. G.: –Los árabes no sólo lograron que no murieran las ciencias nacidas en lengua griega, sino que además las enriquecieron de manera notable antes de divulgarlas por toda Europa. Es una etapa desconocida, en parte por la mala prensa de la que goza la cultura árabe hoy. Y mucho más desconocidas son las ciencias del lejano oriente. No sabemos una goma de las ciencias del Japón y de China, salvo por sus avances científicos, que resultan lo menos interesantes de esas culturas.

D. S.: –La ciencia es eurocéntrica porque nuestra cultura occidental también lo es. Hay diversidad religiosa y cultural, pero no científica. Para empezar a trabajar no puedo ir con mi carta astral, sino que debo hacer un psicofísico, que es el diagnóstico de un psicoanalista. Falta el divorcio de la ciencia con el Estado.

–¿Cuáles deben ser los próximos desafíos de las ciencias?

D. G.: –Somos una serie de disciplinas movidas por el afán del conocimiento. Hay un cambio cultural en todo el mundo de tratar que el conocimiento no sea abstracto, y la muestra en Argentina es que hay un ministerio de ciencia, un dato simbólico fuerte, ya que antiguamente la financiación para la investigación estaba en otro lado.

D. S.: –Hay dos variables. Por un lado, la creciente popularización de las ciencias sociales frente a la tendencia histórica de aristocratizar el saber. Ojo, que popularizar no significa perder rigor, sino que los intelectuales ayuden a pensar la realidad desde otras perspectivas. Y lo otro es la necesidad de insertar a los científicos sociales en diversos estratos de la sociedad más allá de la política, como empresas, instituciones, incluso religión y comercio. Hay que perder prejuicios en ese sentido.

–¿Qué pasaría si, un día, las ciencias hallan respuestas a todas sus preguntas?

D. G.: –¿Por qué ponerlo en condicional? Lo fascinante de la pregunta científica es que, justamente, no se agote en una respuesta, sino que te abra veinte más. Cuando agotemos esas, habrá cien nuevas.

D. S.: –Yo creo que la especie humana, por su capacidad autodestructiva, va a desaparecer mucho antes de agotar todas las preguntas. Me interesa saber cómo resolver esos problemas antes que encontrar la verdad. Dios murió hace rato, ahora está muriendo la verdad.

* Versus, la batalla del conocimiento humano es un espectáculo de media hora de duración montado en La Nave del Conocimiento de Tecnópolis. Funciones los domingos 18 y 25 de agosto a las 18, el domingo 1º de septiembre en el mismo horario y también el sábado 31 de agosto a las 15.30.

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