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Miércoles, 26 de julio de 2006

TEATRO › A 150 AÑOS DEL NACIMIENTO DE GEORGE BERNARD SHAW, UN DRAMATURGO FUNDAMENTAL

El arte de la acrobacia intelectual

Es el único escritor cuya obra mereció un Premio Nobel de Literatura y un Oscar de la Academia, pero eso no alcanza para definir a Shaw, un creador que supo retratar y cuestionar con ironía la moral de su época y dejó obras inoxidables.

 Por Alina Mazzaferro

Pocos autores han logrado sacudir la conciencia de la sociedad del siglo XX, atacar la moral contemporánea con sagacidad e ironía, combinar los conflictos intelectuales con una pasión y un sutil sentido del humor, al punto de ser considerados los regeneradores del teatro de su tiempo, como George Bernard Shaw. A 150 años de su nacimiento, el dramaturgo irlandés nacido en Dublín el 26 de julio de 1856 ha sido calificado como “el más significativo autor teatral de la literatura británica después de Shakespeare”. Incisivo, crítico e irreverente con las instituciones, militante tanto del socialismo fabiano (que impulsaba un cambio social paulatino, sin métodos revolucionarios) como de la obra ibseniana y hasta del vegetarianismo, Shaw se atrevió a tocar temas inabordables para su época, convirtiendo la escena en un espacio de debate. Tan paradójica como su producción es el resultado de su labor, que desarrolló a lo largo de 70 años: Shaw es el único escritor cuya obra ha recibido al mismo tiempo el Premio Nobel de Literatura y el Oscar de la Academia hollywoodense.

Los primeros años del autor de Pigmalión transcurrieron en la pobreza. Era hijo de un comerciante perteneciente a la burguesía protestante de Irlanda, poco exitoso y adicto al alcohol, y una maestra de música proveniente de una familia de terratenientes empobrecidos, quien pronto abandonó a su marido para asentarse, junto a sus dos hijas, en Londres. Con tan sólo 15 años, Shaw debió salir a trabajar y continuó sus estudios de forma autodidacta, hasta que en 1876 dejó su tierra natal, adonde no regresaría por treinta años, para reunirse con su madre en la capital inglesa. Fue allí donde comenzó a sentar los cimientos de su carrera literaria: se convirtió en crítico musical del periódico Star (tiempo antes se había iniciado en la composición musical), crítico teatral del Saturday Review, y escribió sus cinco primeras novelas, que fueron rechazadas por las editoriales locales. Entre sus escritos de 1879 y 1883, sólo La profesión de Cashel Byron y Un socialista antisocial fueron publicadas: la primera anticipaba el argumento de una de las piezas teatrales más importantes de su producción, La profesión de la Sra. Warren, y su interés por la problemática de la prostitución. La segunda era un indicio de la posterior afición del autor por los textos de Marx y los debates de su tiempo acerca del socialismo. Pronto Shaw se uniría a la Sociedad Fabiana para defender la transformación de la sociedad y el gobierno inglés mediante la “impregnación” en vez de la revolución. Allí conocería a Charlotte Payne-Townshend, una rica irlandesa con quien se casó en 1898. Y también, entre ese grupo de socialistas de clase media, encontraría a Herbert George Wells, con quien intercambiaría su producción literaria: “Ahora que (Oscar) Wilde está muerto, eres el único dramaturgo en vida que estimo”, le había escrito Wells luego de recibir las Tres obras para puritanos del irlandés.

Influido por la obra ibseniana –a la cual admiró, defendió y estudió en La quintaesencia del ibsenismo (1891)–, Shaw escribió sus primeros dramas de tesis, atacando lo establecido y burlándose de las convenciones del Romanticismo y los modos en boga para escribir teatro. Casas de viudos, Cándida, El hombre del destino, Fascinación, La profesión de la Sra Warren y Lucha de sexos son algunos de ellos, reunidos en el volumen de Teatro agradable o desagradable de 1898. Muchos no fueron bien recibidos por el público y no lograron permanecer en cartel, por sus recurrentes ataques al capitalismo y la continua exposición de los problemas morales y sociales de aquel tiempo. Más aun, La profesión... –en la que se cuenta la historia de una mujer que para sobrevivir se dedica a la prostitución y con el tiempo se convierte en “empresaria” del rubro, enriquecida por el negocio de trata de blancas– fue censurada “por su obscenidad”. En su prólogo, en defensa de la mujer y juzgando el entramado social, el mismo autor decía acerca de la profesión “más vieja del mundo”: “La causa de la prostitución no es la depravación femenina ni el desenfreno masculino, sino simplemente el hecho de que a las mujeres se les paga, se las valora y se las recarga de trabajo tan vergonzosamente que las más pobres se ven obligadas a recurrir a la prostitución para poder vivir”.

Entrado ya el nuevo siglo, las Tres obras para puritanos de Shaw –integradas por El discípulo del diablo, César y Cleopatra y La conversión del capitán Brassbound– lograron un poco más de éxito en el mercado teatral. “No tengo razón para creer que hubieran sido mejor si las hubiera escrito en dos piernas en vez de en una”, escribió el autor, luego de una operación de pie por necrosis (se dice que fue el resultado de haberse atado los cordones del zapato con fuerza), al dramaturgo John Ervine, un destinatario con una pierna menos después de la Primera Guerra Mundial. La acidez, la ironía y el humor sagaz no abandonaron nunca al creador de Hombre y superhombre (de 1903, en la que retoma el tópico de Don Juan) y La isla de John Bull (de 1904, rechazada por el Abbey Theatre de Dublín justamente por satirizar el carácter irlandés). A pesar de las críticas, fueron estas dos últimas piezas las que llevaron el nombre de Shaw a la fama, no sólo en Inglaterra, sino también en Alemania y Estados Unidos. Un año más tarde sería el turno de La comandante Bárbara (1905), que fue llevada posteriormente al cine, y El dilema del doctor (1906), piezas en las que continuó sacando a la luz los problemas morales de su sociedad, mostrando la complicidad de ésta para con sus males y reflexionando acerca de la responsabilidad individual y su principal antagonista, el conformismo. Pronto, con Llegando a casarse (1908), Matrimonio desigual (1910) y La primera obra de Fanny (1911), su comedia intelectual fue invadida de elementos no realistas, acercándose cada vez más a la farsa, género en el que luego se zambulliría por completo.

Shaw no sólo fue un fanático de las letras: también demostró gran afición por el cine y hasta obtuvo algún papel menor como actor. Pigmalión (1913), una de sus comedias de mayor popularidad, fue llevada a la pantalla grande en tres oportunidades: en una versión alemana de 1934 (con la que el dramaturgo no estuvo muy complacido), otra producida por Gabriel Pascal –a quien Shaw le otorgó los derechos para filmar sus obras– dirigida por Anthony Asquith y David Lean. Y finalmente, la exitosa adaptación musical de la pieza, protagonizada por Audry Hepburn, que llevó el nombre de Mi bella dama y recibió ocho premios Oscar en 1964, entre ellos el de Mejor Película.

Ya anciano, el dramaturgo no dejó de escribir. Entre las piezas de su último período se destacan Volviendo a Matusalén (1921), un compendio de obras cortas en las que repasó, en un tono tragicómico, la historia de la humanidad, en un intento por escamotear el pesimismo de posguerra; y Santa Juana (1921), versión de la vida de Juana de Arco por la que recibió en 1925 el Premio Nobel de Literatura. El 2 de noviembre de 1950 murió en la región inglesa de Hertfordshire. Pero dejó la inevitable estela de quien usó la escena como tribuna e hizo de la ironía y la acrobacia intelectual la base de su obra.

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Sus primeros dramas no fueron bien recibidos por el público.
 
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