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Viernes, 15 de agosto de 2014

TEATRO › EDUARDO ROVNER Y LOS DIFERENTES ABORDAJES REALIZADOS EN UNA LARGA TRAYECTORIA

“Creo que en la escena debe fluir lo pasional”

3 x Rovner: fotografías de un concierto de ilusiones es una buena aproximación a la diversidad del autor y director, que tiene varios proyectos en carpeta. “Me atrae partir de algo aparentemente normal y terminar en el máximo desastre”, dice.

 Por Hilda Cabrera

“Me atrae partir de algo aparentemente normal y terminar en el máximo desastre.” El dramaturgo y director Eduardo Rovner señala con esta frase a sus obras breves, en las que, a semejanza de otras piezas suyas, no se disocia de un entorno enmarcado por la decadencia y la furia. Las piezas en cuestión son ¿Una foto...? (1978), Concierto de aniversario (1982) y Viejas ilusiones (2006), donde el diálogo cotidiano estremece al transparentar delirio y crueldad. Obras que la compañía Altro-Ke, dirigida por Gabriel Fiorito, ha reunido bajo el acertado título de 3 x Rovner: fotografías de un concierto de ilusiones, ofreciendo funciones en el Auditorio UPB (Universidad Popular Belgrano) mañana y los próximos sábados 23 y 30, a las 21, en Campos Salles 2145. Este espectáculo, destacado en el reciente Festival Internacional de Teatro La Científica del Sur (Lima, Perú), participará del 10º Festival Iberoamericano de Teatro “Cumbre de las Américas”, que se realizará en octubre, en Mar del Plata.

Entusiasmado con la propuesta del elenco, Rovner valora especialmente el enfoque de la compañía sobre Viejas ilusiones, fábula de una madre de 120 años y una hija de 100 que quiere independizarse. Dramaturgo premiado con experiencia institucional y académica, ex director general y artístico del Teatro San Martín, ingeniero electrónico y músico, Rovner se sorprende ante las numerosas escenificaciones de sus obras en países europeos, americanos y en Israel. La más reciente de sus creaciones, El misterio de la obra de arte, será su próximo estreno en Buenos Aires, con actuaciones de Ingrid Pelicori y Osmar Núñez y dirección de Corina Fiorillo. Proyecta, además, junto al músico y compositor Martín Bianchedi y el director Manuel González Gil, la versión musical de Volvió una noche y adelanta otros estrenos con distintos elencos y directores: Te voy a matar, mamá, en el Teatro Tadron; y Compañía, dirigida por Diego Velázquez, en El Túnel. Esta última pieza le ha sido solicitada por elencos de la isla Gran Canaria y la ciudad de Caracas (Venezuela). En Houston (Estados Unidos) se pondrá en escena Almas gemelas; y en Munich, Sueño de artistas (reescritura de Lejana tierra mía). La lista es interminable y sigue, entre otras obras, con Noche de ronda, en una puesta barcelonesa; y Sócrates, el encantador de almas, en Valencia.

–¿Se muestra crítico ante las versiones?

–No puedo decir que apruebo todas las que veo, pero voy predispuesto a tomar esos trabajos como otras miradas. Volvió una noche, por ejemplo, la vi en veinticinco países, y siempre algo me encantó. Esta obra cumple doce años en el Teatro Vinohradech de Praga (República Checa), y seis años en un teatro de repertorio de Bratislava, Eslovaquia, donde la obra fue programada para ser emitida por el Canal 2 de la TV. La presentación del año pasado en Cipolletti (Río Negro), dirigida por Carlo Argento, estuvo bárbara y diría que el actor que hacía de Manuel es el mejor de todos los que he visto. La actitud es distinta cuando la obra es nueva, porque uno espera, acaso inconscientemente, que la puesta se acerque al imaginario propio. Mi influencia es poca en la difusión de mis trabajos, pero tengo a mi favor que Ediciones de la Flor, de Daniel Divinsky, que ha publicado mis obras, tiene una distribución internacional importante. Y por otro lado, los estrenos en “teatros faro”... Presentarse en un teatro faro transforma al espectáculo en una “obra faro”.

–¿A qué se debe su predilección por las historias que mudan de lo cotidiano a lo fantástico e incluso a lo siniestro?

–Yo lo ligo a mi viejo. A mi viejo le gustaba escribir y usaba siempre esa estructura, quizá chejoviana. Porque uno lee un texto de Anton Chejov y cree que no pasa nada, pero después percibe el desarrollo de un drama. Mi padre leía a los autores rusos y, como mi madre, había nacido en Moldavia. Sobre esto tengo una anécdota increíble. La ciudad en la que nacieron mis padres, Chisináu (en moldavo), está cerca de la ciudad rumana donde nació Eugène Ionesco, donde se organiza el Festival de Teatro Ionesco. Desde allí llegó el pedido de autorización para representar Volvió una noche. Nunca hubiera imaginado que con esta historia de la madre muerta que regresa iría a la ciudad donde nació mi vieja. Si todo sale bien, estaré allí.

–¿Le importa crearse un estilo, convertirlo en marca?

–No, nada de eso. Llevo escritas cuarenta y cinco obras y puedo decir que son todas diferentes. No planifico, parto de una imagen que, por sí sola, trae un estilo. Por ejemplo, cuando escribí Teodoro y la luna, una obra para títeres, la imagen de partida era un personaje observando cómo aparecía y desaparecía la luna. Me dije que ése sería un relato para chicos, y pensando en ellos pasé a los títeres y de allí a la historia de un viaje. El camino es seguir fielmente las imágenes que van apareciendo. Esto es fundamental cuando se ha escrito sobre temas y géneros diferentes, como el libreto de una ópera que escribimos con Bernardo Carey para Fuego en Casabindo, basado en la novela de Héctor Tizón. Ahora estoy proyectando otra obra para títeres, pero no para niños, sobre los cuentos de E.T.A. Hoffmann, influido por las lecturas en ruso que mi padre me leía. Textos y poemas de Alexander Pushkin que yo, siendo un niño, no entendía. Tampoco entendía el idioma, pero era sensible a la música del idioma.

–¿De ahí la importancia de la música en sus obras y la escritura “con raíces”, tal como se vio en Tinieblas de un escritor enamorado?

–En esa obra de títeres para adultos, que dirigió Adelaida Mangani, me refería a la muerte de mis padres. El director Roberto Aguirre hará una puesta de Tinieblas... en el Teatro de Repertorio, con elenco de actores y sin títeres.

–¿Por qué los personajes de Concierto... simulan tocar?

–Soy de los que piensan que en la escena debe fluir lo pasional, por eso en el teatro le disparo a lo ideológico; pero esta obra es de 1982 y todavía estábamos bajo la dictadura. Esos “ejecutantes” viejos, dispuestos a tocar el primer movimiento de un cuarteto de Beethoven, tenían el discurso de los comandantes. Al comenzar la escritura, los imaginé tocando, pero después me dije “no”, porque ni esa interpretación ni sus discursos eran propios. Eran copia de los nazis, de los fascistas. Ellos simulan, hacen que tocan, son incapaces de tocar, pero capaces de crueldades. Incluso el director los critica porque se desvían de la grabación.

–Una foto tampoco escapa a su época...

–En esa obra, la metáfora política es clara. Dediqué ese texto de 1978 a quienes no aceptaron sonreír ante los crímenes de la dictadura. Refiriéndose al nazismo y a los niveles de crueldad a los que pueden llegar los humanos, el novelista, dramaturgo y poeta austríaco Thomas Bernhard decía que el fanatismo era una enfermedad incurable y el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman alertaba sobre la crueldad, que –decía– no acaba porque dejen de existir personajes como Adolf Hitler y Joseph Goebbels; porque la crueldad reaparece en otros y en sociedades donde la vida pasa a no tener valor.

* 3 x Rovner: Fotografías de un concierto de ilusiones, versión sobre tres obras de Eduardo Rovner. Dirección: Gabriel Fiorito. Elenco: Guillermo Tassara, Mauricio Chazarreta, Romina Pinto, Iván Steinhardt y Javier Guerrero. Escenografía y vestuario: Altro-Ke y Cali Altareli. Música original de Pablo Barreto. Producción: Altro-Ke. Auditorio UPB, Campos Salles 2145. Funciones los sábados a las 21.

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“Voy predispuesto a tomar otras miradas. Volvió una noche la vi en veinticinco países, y siempre algo me encantó.”
Imagen: Pablo Piovano
 
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